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Chapter 4 - CUARENTA Y SIETE GRABACIONESElena Morales parecía haber envejecido diez años en dos días.

Cuando Daniel entró en la sala de entrevistas, apenas reconoció a la elegante asistente que solía caminar detrás de Victoria cargando su agenda y su teléfono.

Ahora llevaba una sudadera gris.

No tenía maquillaje.

Sus manos temblaban.

Marcus estaba sentado junto a ella.

—Señor Harrison.

Elena levantó los ojos.

—Lo siento.

Daniel se sentó frente a ella.

—Quiero saber qué le hicieron a mi hija.

Elena comenzó a llorar.

—Yo no sabía todo al principio.

—Empiece desde el principio.

Elena respiró profundamente.

Había comenzado a trabajar para Victoria dieciocho meses antes.

Al principio, el trabajo parecía normal.

Reservas.

Eventos.

Compras.

Organización de reuniones.

Pero seis meses después empezaron las citas secretas.

Richard Collins.

Margaret Blake.

Y Thomas Harrison.

Daniel sintió el estómago endurecerse.

—¿Mi tío estaba presente?

—Muchas veces.

Elena explicó que Victoria se había acercado a Daniel inicialmente por interés económico.

Margaret conocía la estructura patrimonial de la familia Harrison.

Pero descubrieron rápidamente que gran parte del control futuro de la empresa no pertenecía realmente a Daniel.

Pertenecía a Emily.

—Su padre protegió las acciones —explicó Elena—. Victoria estaba furiosa cuando lo descubrió.

—¿Cómo lo sabía?

—Thomas se lo dijo.

Daniel cerró los ojos.

Continuó escuchando.

El plan inicial consistía simplemente en casarse con Daniel.

Después tratarían de convencerlo de modificar voluntariamente el fideicomiso.

Pero Thomas advirtió que Daniel jamás tocaría la herencia de su hija.

Entonces cambiaron de estrategia.

Necesitaban crear una razón legal para alterar la custodia.

—¿Por qué grabaste las conversaciones?

Elena miró sus manos.

—Porque empezaron a hablar de Emily como si fuera un problema que había que eliminar.

Daniel sintió rabia.

—¿Eliminar?

—No matar.

Elena aclaró rápidamente.

—Querían enviarla lejos. Un internado primero. Después una institución especializada.

—¿Y tú seguiste trabajando para Victoria?

La acusación en la voz de Daniel fue evidente.

Elena bajó la cabeza.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo.

Daniel no respondió.

Elena continuó.

—Mi madre necesita cuidados médicos. Victoria sabía cuánto debía. Cuando intenté renunciar, me dijo que podía asegurarse de que nunca volviera a trabajar.

—Eso no justifica lo que pasó con Emily.

—Lo sé.

Por primera vez Elena lo miró directamente.

—Por eso grabé todo.

Cuarenta y siete archivos.

Reuniones.

Llamadas.

Conversaciones.

En una grabación, Thomas decía:

—Una vez que la niña esté fuera, Daniel será mucho más fácil de controlar.

En otra, Margaret respondía:

—Victoria tendrá que quedar embarazada rápidamente. Cuando haya otro heredero, Emily perderá importancia emocional.

Daniel detuvo el audio.

No podía seguir escuchando.

Pero Marcus insistió.

—Necesitamos hacerlo.

La siguiente grabación era todavía peor.

Victoria hablaba con Collins.

—¿Qué pasa si Daniel descubre que las evaluaciones psicológicas son falsas?

Collins respondió:

—No lo descubrirá hasta que sea demasiado tarde.

Victoria rio.

—A veces siento que estoy haciendo demasiado trabajo por una niña de ocho años.

Daniel apretó los puños.

Marcus lo observaba.

—Mantenga la calma.

Después apareció la voz de Thomas.

—No subestimes a Daniel. Si alguna vez cree que Emily corre peligro, quemará el mundo entero.

Victoria contestó:

—Entonces nos aseguraremos de que crea que ella quiere irse.

Daniel sintió un escalofrío.

Finalmente entendía el documento de la boda.

Querían la firma de Emily para mostrar que la niña aceptaba voluntariamente.

Pero algo había salido mal.

—¿Por qué lo hicieron precisamente el día de la boda?

Elena respondió:

—Porque Collins recibió información de que usted pensaba revisar el fideicomiso después de la luna de miel.

Daniel miró a Sarah, que estaba detrás del cristal de observación.

Solo tres personas conocían aquella decisión.

Él.

Sarah.

Y su tío Thomas.

Elena explicó que habían entrado en pánico.

Necesitaban conseguir la firma de Emily antes de que Daniel modificara las protecciones.

—¿Y cómo escapó Emily?

Elena sonrió por primera vez.

—Yo dejé la puerta abierta.

Daniel quedó inmóvil.

—¿Tú?

Elena asintió.

—Victoria la había encerrado en el despacho. Yo escuché llorar a Emily.

—¿Y el teléfono?

—También lo dejé yo.

Daniel sintió que la rabia hacia Elena disminuía ligeramente.

No podía perdonar sus meses de silencio.

Pero había ayudado a su hija en el momento decisivo.

—¿Por qué huiste?

Elena palideció.

—Porque Thomas descubrió que yo grababa.

—¿Cómo?

—No lo sé.

Marcus intervino.

—Después de abandonar la mansión, alguien siguió su coche.

Elena asintió.

—Conduje hasta la estación. Dejé el coche y me fui en autobús.

Daniel pensó en la amenaza enviada al teléfono.

—¿Quién envió el mensaje?

—Probablemente Thomas.

En ese momento Marcus recibió una llamada.

Escuchó durante veinte segundos.

Su expresión cambió.

—Entendido.

Colgó.

—¿Qué pasó? —preguntó Daniel.

Marcus miró a Elena.

—Acabamos de ejecutar una orden de registro en el despacho de Richard Collins.

—¿Y?

—Está vacío.

—¿Vacío?

—Ordenadores, archivos, teléfonos. Todo desapareció.

Elena susurró:

—Se está escapando.

Marcus negó.

—No exactamente.

Puso una fotografía sobre la mesa.

Un vehículo negro destrozado junto a una carretera.

—El coche de Collins apareció esta mañana.

Daniel miró la imagen.

—¿Dónde está él?

Marcus respondió:

—No lo sabemos.

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Había sangre en el asiento del conductor.

Pero ningún cuerpo.

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