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Chapter 2 - LAS PUERTAS CERRADASApenas treinta minutos después, el salón de bodas parecía el escenario de una batalla silenciosa.

La música había desaparecido.

Los camareros retiraban lentamente las copas.

Los invitados abandonaban la mansión hablando en voz baja.

Daniel había llevado a Emily hasta su habitación.

La niña seguía temblando.

—¿Puedo dormir contigo esta noche?

Daniel sintió una punzada de culpa.

—Puedes dormir conmigo todas las noches que quieras.

Emily miró hacia la puerta.

—¿Victoria va a volver?

—No.

—¿Lo prometes?

—Sí.

Daniel cerró la puerta y se sentó junto a ella.

—Necesito preguntarte algunas cosas, pero puedes decirme que pare cuando quieras.

Emily asintió.

—¿Victoria había hablado antes de enviarte fuera?

La niña tardó varios segundos en responder.

—Sí.

Daniel sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Cuándo?

—Muchas veces.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Emily jugueteó con sus dedos.

—Lo intenté.

Aquellas dos palabras golpearon a Daniel.

—¿Cuándo?

—Cuando fuimos al lago.

Daniel recordó aquel fin de semana.

Emily había intentado hablar con él durante la cena.

Victoria la había interrumpido diciendo que la niña estaba celosa.

Él había creído a Victoria.

—¿Alguna otra vez?

—En tu cumpleaños.

Otra memoria apareció.

Emily había entrado en su despacho llorando.

Victoria había explicado que la niña había tenido una rabieta porque no quería compartir a su padre.

Daniel había terminado castigándola.

Ahora sintió náuseas.

—Dios mío.

Emily lo miró.

—¿Estás enfadado conmigo?

—No.

Daniel la abrazó.

—Estoy enfadado conmigo.

En el despacho de la planta baja, Michael había extendido los documentos sobre una mesa.

Junto a él estaba Sarah Miller, directora financiera de Harrison Development y amiga de Daniel desde la universidad.

Daniel entró.

—¿Qué encontraron?

Sarah señaló varias líneas.

—Esto no es únicamente sobre custodia.

—¿Qué quieres decir?

—Mira la página catorce.

Daniel comenzó a leer.

El documento establecía que, en caso de que Emily residiera fuera de la propiedad principal durante más de doce meses, ciertas cláusulas del fideicomiso familiar podían ser revisadas.

—¿Qué significa exactamente?

Sarah respiró profundamente.

—Tu padre dejó cuarenta por ciento de las acciones de Harrison Development en un fideicomiso destinado a Emily.

Daniel asintió.

—Lo sé.

—El fideicomiso establece que tú administras esas acciones mientras seas su tutor principal.

Michael terminó la idea.

—Si Emily dejaba legalmente de estar bajo tu custodia…

Daniel lo miró.

—El administrador podría cambiar.

Sarah asintió.

—Y después de tu matrimonio, Victoria podría solicitar convertirse en administradora conjunta.

Daniel se quedó sin palabras.

—¿Cuánto dinero?

—Actualmente, unos ciento ochenta millones de dólares en activos.

El silencio fue absoluto.

Daniel miró nuevamente los papeles.

Ya no estaba viendo crueldad.

Estaba viendo un plan financiero.

—Victoria quería apartar a Emily para controlar el fideicomiso.

Michael levantó un dedo.

—Quizá.

—¿Quizá?

—Necesitamos pruebas.

Sarah señaló la firma falsa.

—Y necesitamos averiguar quién falsificó esto.

Daniel llamó inmediatamente a su abogado de confianza.

David Rosen llegó una hora después.

Examinó los documentos.

—Esto es grave.

—¿Podemos arrestar a Victoria?

—No funciona así. Primero debemos demostrar quién preparó cada documento y quién sabía que las firmas eran falsas.

Daniel golpeó la mesa.

—Mi hija tiene ocho años.

David lo miró fijamente.

—Precisamente por eso debemos hacerlo correctamente.

Después sacó su teléfono.

—Voy a pedir una orden para preservar cualquier comunicación relacionada con estos documentos.

Michael preguntó:

—¿Y Collins?

—No lo contacten.

Daniel frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque si sabe que sospechamos de él, empezará a destruir pruebas.

Sarah levantó la mirada.

—Hay otra cosa.

Sacó una carpeta.

—Durante los últimos seis meses se hicieron tres intentos de modificar las instrucciones del fideicomiso.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Quién los hizo?

—Las solicitudes llegaron desde tu oficina.

—Eso es imposible.

—Tienen tu autorización electrónica.

Daniel comenzó a caminar.

—Alguien dentro de la empresa está trabajando con ellos.

Michael murmuró:

—Entonces esto no termina con Victoria.

Daniel pensó en todas las personas que tenían acceso a sus sistemas.

Asistentes.

Directivos.

Abogados.

Contables.

Cientos de empleados.

En aquel momento llamaron a la puerta.

Era uno de los guardias.

—Señor Harrison.

—¿Sí?

El hombre parecía incómodo.

—Encontramos esto cerca de la entrada de servicio.

Le entregó un pequeño teléfono.

—¿De quién es?

—No lo sabemos.

El aparato no tenía contraseña.

Michael lo encendió.

Había únicamente una aplicación de grabación.

Cuarenta y siete archivos de audio.

Daniel pulsó el más reciente.

Primero escucharon ruido.

Después, la voz de Victoria.

—Firma, Emily.

La voz de la niña respondió:

—Quiero llamar a mi papá.

—Tu padre está ocupado.

—No quiero irme.

Entonces apareció una voz masculina.

Richard Collins.

—Solo escribe tu nombre. No tienes que entenderlo.

Emily comenzó a llorar.

Daniel cerró los ojos.

Victoria continuó:

—Si realmente quieres a tu padre, dejarás que sea feliz.

Daniel detuvo la grabación.

Nadie habló.

Sarah tenía lágrimas en los ojos.

Michael apretaba los puños.

Daniel sintió una mezcla de rabia y vergüenza.

Su hija había vivido aquello dentro de su propia casa.

Y él no había sabido verlo.

David tomó el teléfono cuidadosamente.

—Esto podría cambiar todo.

Daniel levantó la mirada.

—Quiero saber quién dejó ese teléfono.

El guardia dudó.

—Las cámaras muestran a una mujer.

—¿Quién?

—Una de las empleadas de Victoria.

—¿Nombre?

—Elena Morales.

Daniel la conocía.

Era la asistente personal de Victoria.

—Encuéntrenla.

El guardia negó con la cabeza.

—Ya intentamos llamarla.

—¿Y?

—Su número está desconectado.

Daniel miró nuevamente el teléfono.

Si Elena había grabado aquellas conversaciones, significaba que sabía lo que estaba ocurriendo.

Pero también significaba otra cosa.

Había decidido esconder las pruebas.

Quizá por miedo.

Quizá porque alguien la estaba buscando.

El teléfono vibró de repente.

Todos se sobresaltaron.

Había llegado un mensaje.

Número desconocido.

Daniel lo abrió.

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Solo contenía una frase:

Si quieren encontrar a Elena viva, dejen de investigar.

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