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Chapter 2 - LA GRABACIÓN BORRADAEthan no habló durante varios segundos.

Sostuvo el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—Repítelo.

El jefe de seguridad tragó saliva al otro lado de la línea.

—El acceso se hizo con sus credenciales administrativas.

—Yo no fui.

—Lo sé, señor. El registro muestra una conexión desde la red interna de la mansión.

Emily lo observó desde la cama.

—Entonces alguien sigue allí.

Ethan colgó.

Su primera reacción fue llamar a la policía.

La segunda, a Daniel Cross, un experto en seguridad digital que había trabajado para la empresa familiar durante años.

Daniel llegó al hospital esa misma tarde con un portátil.

—Si borraron el archivo de forma normal, quizá podamos recuperarlo.

—¿Y si no?

—Entonces buscaré copias de respaldo.

Emily escuchaba desde la cama.

—Margaret sabía que había una cámara.

Ethan la miró.

—¿Estás segura?

—Cuando se lo dije, cambió la cara.

Daniel abrió el sistema remoto.

—El problema es que alguien no solo borró el video.

Ethan se inclinó.

—¿Qué más?

—Desactivó la copia automática.

—¿Cuándo?

Daniel revisó los registros.

—Hace tres semanas.

Emily sintió un escalofrío.

—Tres semanas.

Ethan la miró.

La implicación era obvia.

Aquello no parecía una reacción impulsiva.

Alguien había preparado el sistema antes.

—¿Quién podía hacerlo? —preguntó.

Daniel respondió:

—Usted. Yo. El jefe de seguridad. Y cualquier persona con acceso físico al panel maestro del sótano.

—¿Margaret?

—No oficialmente.

Ethan soltó una risa amarga.

—Mi madre nunca hace nada oficialmente.

Esa noche, mientras Emily dormía, Ethan regresó a la mansión acompañado por Daniel y dos policías.

Margaret estaba sentada en el salón principal tomando té.

Cuando los vio, levantó una ceja.

—¿Trajiste policías a mi casa?

Ethan caminó directamente hacia ella.

—La casa es mía.

Margaret sonrió.

—Eso es discutible.

Ethan se detuvo.

—¿Qué dijiste?

La mujer tomó otra sorbo.

—Nada.

Uno de los agentes comenzó a hacer preguntas formales.

Margaret negó haber tocado el sistema.

Negó haber empujado a Emily.

Negó haberla amenazado.

—Tu esposa se cayó —repitió—. Después entró en pánico.

Ethan la miró con un desprecio que jamás había sentido hacia su madre.

—¿Y por qué desapareció exactamente ese video?

—Pregúntale a tu personal.

—Alguien usó mis credenciales.

Margaret encogió los hombros.

—Entonces deberías cuidar mejor tus contraseñas.

Daniel Cross bajó al sótano.

Ethan lo acompañó.

El panel de seguridad estaba dentro de una habitación cerrada.

La cerradura no había sido forzada.

Daniel revisó el equipo.

—Alguien conectó un dispositivo externo.

—¿Qué dispositivo?

—Probablemente una memoria o un ordenador.

—¿Puedes saber cuándo?

Daniel tardó unos minutos.

—Sí.

Giró la pantalla.

—Ayer por la noche.

Ethan frunció el ceño.

—Antes del ataque.

—Exacto.

El aire pareció volverse más frío.

—Entonces sabían que iban a necesitar borrar algo.

Daniel no respondió.

No hacía falta.

Encontraron otra anomalía.

La cámara del vestíbulo había sido redirigida durante doce minutos a un servidor secundario.

—¿Qué significa eso? —preguntó Ethan.

—Que alguien quizá hizo una copia antes de borrar el original.

Ethan sintió una pequeña chispa de esperanza.

—¿Dónde está el servidor?

Daniel señaló una dirección IP.

—No está en la empresa.

—¿Dónde?

—En una propiedad privada registrada a nombre de una sociedad.

—¿Qué sociedad?

Daniel buscó.

El nombre apareció.

Crownwell Holdings.

Ethan se quedó completamente inmóvil.

Conocía ese nombre.

Era una empresa creada por su difunto padre, Richard Harrison, para gestionar ciertos activos familiares.

Después de la muerte de Richard, Margaret aseguró que Crownwell había sido cerrada.

—Eso no puede ser.

Daniel siguió investigando.

—Pues sigue activa.

—¿Quién la controla?

—Legalmente…

Daniel frunció el ceño.

—Margaret Harrison.

Ethan cerró los ojos.

Así que su madre había mentido sobre la existencia de la empresa.

Cuando subieron de nuevo, Margaret ya no estaba en el salón.

Uno de los policías caminaba desde el corredor.

—Se fue a su habitación.

Ethan subió detrás.

La puerta estaba cerrada.

—Mamá.

Nada.

—Abre.

Silencio.

El policía tocó.

—Señora Harrison, necesitamos hablar con usted.

No hubo respuesta.

Finalmente abrieron con llave maestra.

La habitación estaba vacía.

La ventana del balcón abierta.

Pero Margaret no había huido.

Sobre la cama había un vestido beige.

Sus joyas.

Su bolso.

Su teléfono.

Todo perfectamente ordenado.

En el centro del colchón había un sobre dirigido a Ethan.

Él lo abrió.

Dentro encontró una fotografía antigua.

Su padre, Richard.

Margaret.

Y un tercer hombre al que Ethan reconoció inmediatamente.

El doctor Alan Mercer, médico privado de la familia.

En el reverso había una frase escrita por Margaret:

Antes de culparme, pregúntate por qué tu padre dejó instrucciones para que ese bebé nunca heredara nada.

Ethan sintió que el corazón se detenía.

Daniel miró la fotografía.

—¿Qué quiere decir con “ese bebé”?

Ethan no respondió.

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Porque en ese instante su teléfono recibió un mensaje del hospital.

Emily había empezado a sangrar.

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