lucky

Chapter 9 - LA CASA DEL LAGO Y EL NACIMIENTOLa vida de Sebastián se rompió en dos escenas simultáneas.

En una, Amelia era empujada hacia el quirófano con el rostro pálido y los ojos clavados en él.

En la otra, Clara Valls avanzaba por la casa del lago con una linterna y un arma reglamentaria, describiendo en voz baja lo que veía por teléfono abierto.

—Hay una mesa puesta… documentos… una cuna pequeña.

Sebastián sintió un escalofrío.

—¿Una cuna?

—Sí. Vacía. Preparada como si esperaran un bebé.

Aquella imagen tenía una crueldad casi ritual. Victoria no solo quería impedir que naciera el heredero. Quería apropiarse de la idea misma de ese niño, reescribir el desenlace a su favor.

Laura le tocó el brazo.

—Sebastián, tengo que entrar ya.

Él besó a Amelia en la frente por última vez antes de que cerraran las puertas.

—Te espero al otro lado.

—No dejes que toque a nuestro hijo —susurró ella.

Luego desapareció detrás del quirófano.

Sebastián quedó en el pasillo con la bata de protección aún sin ajustar del todo, el corazón fuera de ritmo y el teléfono pegado al oído.

Clara seguía narrando.

—Encontramos el testamento original. Y una carpeta médica con el nombre de Amelia.

—¿Victoria?

—Todavía no.

Se oyó un golpe.

Un agente gritó algo ininteligible.

Después, Clara volvió al teléfono con la respiración agitada.

—La encontramos en el embarcadero trasero.

Sebastián se apoyó contra la pared.

—¿Está armada?

—No con pistola. Tiene un frasco en la mano y un bidón de gasolina abierto.

El aire se volvió irrespirable incluso a distancia.

—No dejen que lo rompa.

—Lo intentaremos.

Los siguientes segundos se llenaron de ruido: órdenes, pasos sobre madera, la voz de Clara dando instrucciones. Entonces la voz de Victoria irrumpió clara, captada por el altavoz abierto del teléfono.

—¡Atrás! ¡Si me encierran, no se quedan con nada!

Sebastián cerró los ojos.

Podía verla perfectamente: de pie sobre las tablas húmedas del embarcadero, el vestido gris recortado contra el agua negra, aferrada a su último símbolo de control.

Clara intentó negociar.

—Victoria, ya terminó.

—No. Solo termina si ese niño no respira.

Sebastián sintió que la sangre se le helaba.

En la clínica, una enfermera salió del quirófano.

—La anestesia está entrando. El bebé sigue en sufrimiento.

El mundo no daba tregua.

Clara seguía.

—Deje el frasco, Victoria.

La respuesta llegó cargada de una locura fría.

—Ramiro me quitó el futuro. Sebastián se quedó con el apellido. Amelia se quedó con el hijo que era mío. Todos tuvieron algo que yo perdí.

Sebastián apretó el teléfono hasta el dolor.

—Pónmela.

Clara dudó.

Luego obedeció.

—Victoria —dijo él.

Del otro lado se hizo un silencio corto.

Ella reconoció su voz.

—Sebastián.

—Mira a tu alrededor. Ya no controlas nada.

Victoria soltó una risa quebrada.

—Te equivocas. Aún controlo el final.

—No. El final lo elegiste cuando azotaste a Camila.

—Camila era una criada.

—Y tuvo más humanidad que tú.

El viento se coló por el teléfono.

—¿Ya nació? —preguntó Victoria de pronto.

Sebastián miró la puerta del quirófano cerrada.

—No.

—Qué lástima —susurró ella—. Quería saber si llegaba a odiarlo en cuanto le viera la cara.

Clara aprovechó ese segundo de distracción.

Sebastián oyó un forcejeo, un grito, madera crujiendo y algo de vidrio rompiéndose.

Luego un disparo.

Él dejó de respirar.

—¡Clara!

La voz que respondió fue la de la fiscal, agitada pero firme.

—Estoy bien. Un agente recibió un corte. Victoria cayó al agua. La estamos sacando.

Sebastián cerró los ojos.

—¿Y el frasco?

—Lo tengo.

El quirófano se abrió justo en ese instante.

Laura salió con el gorro puesto y el rostro tenso.

Por un momento Sebastián pensó que todo se había acabado.

Entonces oyó un sonido.

Pequeño.

Agudo.

Un llanto.

Laura lo miró.

Y por primera vez en toda la noche sonrió.

—Es un niño. Está vivo.

Sebastián se llevó una mano al rostro.

No lloró de inmediato. Fue más como si el cuerpo por fin aceptara volver a sentir después de tantas horas funcionando solo por choque y rabia.

—¿Amelia?

Laura asintió.

—Está débil, pero bien. Tuvimos que actuar rápido. El bebé necesitará observación, pero llegó bien.

Sebastián soltó el aire con una violencia que se parecía al alivio.

Clara seguía al teléfono.

—¿Cómo está?

—Vivo —respondió él, casi sin voz—. Mi hijo está vivo.

Hubo un silencio breve al otro lado.

Luego Clara habló con una gravedad nueva.

—Entonces necesito que se prepare para escuchar lo último que dijo Victoria antes de caer al agua.

Sebastián sintió un frío mínimo, agudo.

—¿Qué dijo?

May you like

Clara miró algo, quizá el frasco, quizá a la mujer siendo esposada y sacada del lago.

—Dijo: “El niño puede vivir. Igual no es suyo”.

Related Stories

Other posts