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Chapter 4 - EL DOLOR EN EL VIENTREEl pánico sustituyó al horror en menos de un segundo.

Sebastián cayó de rodillas junto a Amelia en mitad de la escalera. La enfermera apoyó una mano sobre el vientre tenso de la mujer y otra en su muñeca. Julián retrocedió como si de pronto todo el vestíbulo se hubiera convertido en un campo minado.

—¿Desde cuándo no se mueve? —preguntó la enfermera.

Amelia respiró con dificultad.

—Hace… unos minutos. Tal vez más. No lo sé.

Camila se puso en pie del sillón por pura culpa, como si aún pudiera hacer algo desde su dolor.

—La infusión… aunque no la bebió, antes la señora le trajo unas gotas para dormir.

Sebastián giró hacia Victoria con una violencia contenida que asustó incluso a los guardias.

—¿Qué gotas?

Victoria no respondió.

Amelia apretó los ojos con fuerza.

—La noche pasada… me diste algo para el insomnio.

La enfermera la miró.

—¿Lo tomó?

Amelia asintió, pálida.

El vestíbulo pareció derrumbarse.

No había hecho falta que bebiera la infusión de esa noche si el intento serio había empezado antes.

Sebastián ordenó el traslado al hospital de inmediato, pero la enfermera lo detuvo un instante.

—No la lleve con el doctor Moya.

Julián, todavía con la foto en la mano, la miró con desconcierto.

—¿Por qué?

La mujer tragó saliva.

—Porque yo trabajé un año en su clínica privada y lo vi firmar sedaciones innecesarias para pacientes “difíciles”. Por eso renuncié.

Amelia palideció aún más.

Sebastián la tomó en brazos.

No dejó que nadie más la tocara mientras cruzaba el vestíbulo hacia la puerta. El jefe de seguridad corrió a abrir paso y a llamar a una ambulancia de confianza que no perteneciera a la red habitual de la familia.

Camila dio un paso torpe hacia ellos.

—Señor…

Sebastián se detuvo.

Ella tenía la espalda marcada, el uniforme destrozado y el labio roto, pero aun así hablaba solo para proteger a Amelia.

—No la deje sola ni un minuto. La señora Victoria dijo hoy por la tarde que, si el bebé llegaba a nacer, todavía existían “otras formas de hacerlo desaparecer”.

Amelia empezó a llorar.

No con escándalo. Con esa forma silenciosa de quien de pronto entiende que la casa en que dormía ya estaba llena de asesinos antes de que ella lo supiera.

Sebastián la sostuvo con más fuerza.

—No te va a pasar nada. A ninguno de los dos.

Victoria, esposada provisionalmente por seguridad interna en espera de la policía, soltó una frase casi en un susurro.

—Eso también dijo tu padre.

Sebastián no respondió.

Si lo hacía, la habría matado.

La ambulancia llegó en siete minutos.

Amelia fue trasladada a la clínica Santa Regina, dirigida por una médica de confianza de la madre de Sebastián. Camila insistió en acompañarlos para declarar en cuanto pudiera. Julián fue detrás con la carpeta. El jefe de seguridad quedó a cargo de custodiar la mansión y mantener a Victoria retenida legalmente hasta que llegara la fiscalía.

En el trayecto, Amelia apretó la mano de Sebastián tan fuerte que los dedos le dolieron.

—Si algo le pasa al bebé…

—No va a pasarle nada.

—Mírame.

Él la miró.

Amelia tenía la voz rota, pero la lucidez intacta.

—Si yo pierdo a este hijo por culpa de esa mujer, no quiero que la perdones porque sea la viuda de tu padre.

Sebastián cerró los ojos un segundo.

—No existe ningún mundo donde yo la perdone.

La clínica los recibió con una rapidez feroz.

No se llamaría al doctor Moya. Ni a ninguno de sus asociados.

La doctora Laura Serrat, una perinatóloga de rostro sereno y manos firmes, examinó a Amelia inmediatamente. Sebastián esperó fuera del box con Camila en silla de ruedas y Julián sentado a dos metros, temblando como si por fin comprendiera cuántos silencios lo convertían también en cómplice.

Pasaron once minutos que parecieron horas.

Laura salió.

Su rostro no era bueno.

—El bebé tiene latido —dijo primero, y Sebastián sintió que podía volver a respirar—. Pero hay contracciones uterinas adelantadas y restos de un sedante extraño en sangre. No puedo asegurar todavía si fue la causa, pero sí puedo afirmar que alguien medicó a Amelia con una sustancia no indicada para el embarazo.

Julián se cubrió el rostro.

Camila soltó un gemido de impotencia.

Sebastián apoyó una mano en la pared.

—¿El bebé está en peligro?

Laura asintió con honestidad brutal.

—Sí.

—¿Podemos estabilizarla?

—Eso estamos intentando.

La doctora entregó entonces un sobre a Sebastián.

—Y esto estaba en el bolso de Amelia.

Él lo abrió.

Era un sobre sin remitente.

Dentro solo había una nota escrita a mano.

Todavía están a tiempo de perderlo todo. Dejen de buscar la cláusula y dejen a Victoria en paz.

Sebastián sintió un frío instantáneo.

Julián miró el papel y palideció aún más.

—Esa letra…

—¿La reconoces?

El abogado tragó saliva.

—Sí.

—¿De quién es?

Julián levantó los ojos, completamente aterrado.

—Del doctor Esteban Moya.

Y en ese mismo instante, el teléfono de Sebastián vibró con una llamada del jefe de seguridad desde la mansión.

—Señor —dijo la voz al otro lado—, la fiscalía ya llegó.

Hubo una pausa breve.

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Luego añadió:

—Pero Victoria ha desaparecido.

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