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Chapter 1 - EL LÁTIGO EN EL VESTÍBULOEl vestíbulo de la mansión Valcárcel parecía diseñado para impresionar y humillar al mismo tiempo.

El suelo de mármol reflejaba la luz dura de las lámparas altas. La escalinata curva subía hacia el segundo piso con una elegancia fría, y la gran puerta principal de madera tallada dominaba el espacio como la entrada a un palacio donde siempre debía respirarse obediencia.

Camila apenas podía respirar.

Estaba tirada en el suelo, con el uniforme blanco y negro rasgado a la altura del hombro, el labio roto y una línea roja, viva y cruel, cruzándole la espalda. Su cuerpo se encogía por puro reflejo, tratando de cubrirse con los brazos mientras el siguiente golpe aún no había caído.

Frente a ella, Victoria Valcárcel levantó otra vez el látigo.

El vestido gris le caía impecable, como si el refinamiento y la brutalidad pudieran convivir sin contradicción. Sus ojos no mostraban rabia descontrolada, sino algo mucho peor: una crueldad metódica, satisfecha, acostumbrada a castigar.

—¡Inútil! ¡Basura desobediente! ¡Te dije que obedecieras!

Camila soltó un gemido y trató de arrastrarse hacia la base de la escalera.

—Señora… por favor…

Victoria dio un paso hacia ella.

—Solo tenías que poner unas gotas en su infusión.

El látigo volvió a subir.

Y en ese mismo instante, la gran puerta principal se abrió de golpe con un estruendo violento.

Sebastián Valcárcel irrumpió como una tormenta contenida.

Traje oscuro. Cabello peinado hacia atrás. El gesto rígido de un hombre acostumbrado a mandar y a controlarse. Pero todo eso desapareció en cuanto vio la escena.

Vio el látigo.

Vio la sangre en el labio de Camila.

Vio el miedo absoluto en los ojos de la sirvienta.

Y corrió.

No preguntó nada.

No esperó explicación alguna.

Se lanzó sobre Victoria y la empujó con una fuerza brutal.

La mujer salió despedida hacia una mesa lateral cargada de vasos y copas de cristal. Su cuerpo golpeó el borde, la mesa volcó por completo y el cristal estalló en mil pedazos contra el mármol. Victoria cayó entre los restos con un grito ahogado, aturdida, incapaz de asimilar que alguien se atreviera a tocarla así.

Sebastián no la miró más.

Ya estaba arrodillado junto a Camila.

—Camila.

La voz le salió baja, tensa, casi incrédula.

La ayudó a incorporarse con cuidado, sosteniéndola entre sus brazos. Ella temblaba de pies a cabeza. Tenía la respiración rota, el cuerpo vencido por el dolor y el terror, pero en cuanto sintió el contacto de Sebastián se aferró a su chaqueta como si la tela fuera lo único firme en el mundo.

—Mírame —dijo él—. ¿Qué te hizo?

Camila intentó hablar.

No pudo.

Tragó saliva. El labio le sangró más.

Victoria, desde el suelo, trató de incorporarse entre cristales.

—Sebastián, ella miente. Esa mujer me desobedeció, intentó—

Él levantó la mano sin mirarla.

El gesto fue suficiente para hacerla callar.

Camila alzó la cara, empapada en lágrimas.

Y confesó.

—¡Señor... ella me azotó porque me negué a envenenar a su bebé!

El tiempo se detuvo.

Sebastián se quedó helado.

No fue una inmovilidad teatral, sino el vacío repentino de un hombre cuya mente tarda un segundo en aceptar algo demasiado monstruoso para ser posible.

Su bebé.

Arriba, en el ala oeste de la mansión, dormía o descansaba Amelia, su esposa embarazada de ocho meses. El hijo que llevaban años esperando. El niño por el que había remodelado la casa, despedido a viejos socios y hecho las paces con un legado familiar que nunca le gustó del todo.

Y Camila acababa de decir que Victoria quería matarlo.

Victoria logró sentarse entre los cristales. Tenía el cabello desordenado y una cortadura en la muñeca, pero aún conservaba esa expresión helada que tanto terror inspiraba en la servidumbre.

—Está delirando —dijo—. Esa muchacha roba, miente y se victimiza.

Sebastián ayudó a Camila a ponerse de pie, pero no la soltó.

Luego se incorporó lentamente.

Cada músculo de su cuerpo parecía tensarse alrededor de una sola idea.

Miró a Victoria.

La furia en su rostro no era ruido.

Era devastadora porque estaba completamente contenida.

—¡Monstruo... destruiré todo lo que posees por haberle puesto una mano encima!

Victoria quedó en el suelo, inmóvil, rodeada de cristales rotos y del desastre que había provocado. Por primera vez desde que llegó a la mansión años atrás, algo parecido al miedo cruzó sus ojos.

Sebastián permaneció delante de Camila como un escudo humano.

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Arriba, en algún lugar del segundo piso, se oyó una puerta abrirse.

Y la voz adormecida de Amelia llamando su nombre.

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