Chapter 2 - LA INFUSIÓN DE LA NOCHESebastián no permitió que Victoria se moviera ni un solo paso.

Llamó al jefe de seguridad desde el vestíbulo, con Camila apoyada todavía contra su brazo. En menos de un minuto, dos guardias entraron corriendo al salón y se quedaron congelados al ver el suelo cubierto de cristales y a la dueña de la casa tirada entre ellos.
—Nadie sale —ordenó Sebastián—. Nadie toca nada. Y ella no sube.
No hacía falta señalar. Todo el mundo sabía a quién se refería.
Victoria apretó la mandíbula.
—No puedes tratarme como a una criminal.
Sebastián la miró.
—Si Camila dijo la verdad, eso es lo más amable que voy a hacer contigo esta noche.
Tomó a Camila por los hombros y la condujo a un sillón del vestíbulo. La sirvienta casi no podía mantenerse en pie. Temblaba y se llevaba una mano al costado como si le costara incluso llenar los pulmones.
—Necesito que resistas un poco más —le dijo él, arrodillándose frente a ella—. ¿Qué veneno? ¿Dónde?
Camila cerró los ojos un segundo.
—En la bandeja de la infusión de la señora Amelia.
Sebastián sintió que el mundo se estrechaba hasta quedar reducido a una sola dirección: la escalera.
—¿Ya se la llevaron?
Camila asintió con un sollozo.
—La señora ordenó subirla hace diez minutos.
Sebastián no recordó el trayecto al segundo piso.
Solo la sensación salvaje de correr por el mármol, subir los escalones de dos en dos y golpear la puerta de la habitación de Amelia sin esperar respuesta.
Entró.
Su esposa estaba sentada en la cama con una bata color marfil y la mano sobre el vientre. El embarazo la había vuelto más luminosa y más frágil al mismo tiempo. Sobre la mesita, humeaba todavía una taza de porcelana blanca con infusión de hierbas.
Amelia lo miró, desconcertada.
—Sebastián, ¿qué pasa?
Él cruzó la habitación, apartó la taza de un golpe y la lanzó al suelo antes de que ella alcanzara a tocarla.
La porcelana se hizo añicos.
Amelia dio un respingo.
—¿Estás loco?
Sebastián respiraba tan fuerte que no logró hablar enseguida.
—No la bebas.
—¿Por qué?
Él apoyó las manos sobre la cama, tratando de recuperar el control sin perder la urgencia.
—Porque Camila dice que Victoria quiso envenenarte.
Amelia palideció.
No preguntó si hablaba en serio.
No hizo falta.
Conocía demasiado bien a Victoria para entender que aquella acusación no era imposible, solo insoportable.
—¿Dónde está Camila?
—Abajo. Herida.
Los ojos de Amelia se llenaron de horror.
—¿Herida cómo?
—Victoria la azotó.
La palabra flotó entre los dos como una brutalidad medieval caída en mitad del lujo.
Amelia se llevó una mano a la boca.
—Dios mío.
Sebastián llamó al médico de guardia de la familia y exigió un análisis inmediato de la infusión y de cualquier comida o bebida que hubiera entrado esa noche en la suite.
Cuando bajó nuevamente al vestíbulo con Amelia detrás, cubierta con una manta y sostenida por la enfermera nocturna, encontró una escena aún más tensa.
Camila había recuperado apenas el aliento suficiente para hablar.
Victoria, retenida por los guardias, fingía serenidad.
Y un hombre delgado con traje azul oscuro acababa de entrar por la puerta lateral, nervioso, con el maletín pegado al pecho.
Era Julián Bermejo, el abogado de la familia.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó.
Victoria fue la primera en responder.
—Mi hijastro perdió el control y agredió a su propia madre.
Sebastián sintió náuseas de puro desprecio.
Victoria era técnicamente su madrastra, viuda de su padre desde hacía cuatro años. Había llegado a la familia como una mujer elegante, eficiente, supuestamente dedicada a “poner orden” en la casa tras la enfermedad del patriarca. Él nunca la quiso, pero tampoco imaginó lo que era capaz de hacer.
Julián miró a Camila y después a Amelia bajando la escalera.
El horror en su rostro fue breve. Luego lo sustituyó una cautela profesional.
—Antes de que nadie diga nada más, debemos…
—No —dijo Sebastián.
La palabra le salió como una cuchillada.
—No vas a empezar a manejar esto como un asunto de imagen.
Se acercó a Camila.
—Dime qué pusieron en la infusión.
Camila respiró hondo.
—No sé el nombre. Era un frasco pequeño, de vidrio ámbar. La señora dijo que eran “solo unas gotas para detener el problema antes de que nazca”.
Amelia se sostuvo del pasamanos.
La enfermera corrió a tomarle el brazo.
—Señora, por favor, siéntese.
Pero Amelia no apartaba los ojos de Victoria.
—¿Querías matar a mi hijo?
Victoria sonrió apenas, con los dedos sangrando por los cristales.
—Quería proteger esta casa de una tragedia mayor.
Julián cerró los ojos como si deseara no estar allí.
Sebastián avanzó un paso.
—¿Qué tragedia?
Victoria lo miró con una calma de hielo.
—La de un heredero que jamás debió existir.
El silencio fue total.
Camila empezó a llorar otra vez.
Amelia, con una mano en el vientre, se dejó caer lentamente en el último escalón.
Y antes de que Sebastián pudiera responder, el jefe de seguridad volvió al vestíbulo con un pequeño frasco de vidrio entre los dedos, protegido por un pañuelo.
—Señor —dijo—, estaba escondido dentro del bolso de la señora Victoria.
La etiqueta estaba arrancada.
Pero Julián lo vio y perdió el color.
—Ese frasco… —murmuró.
Sebastián se giró hacia él.
—Habla.
Julián tragó saliva.
—Yo ya lo había visto antes.
—¿Dónde?
May you like
El abogado levantó los ojos, pálido.
—En el estudio de su padre… la noche antes de que muriera.
Related Stories