Chapter 6 - EL HOSPITAL YA NO ERA SEGUROEl trayecto de regreso a la clínica fue un túnel de puro instinto.

Sebastián no escuchó del todo lo que Clara Valls decía a su lado sobre órdenes de captura, ampliación de cargos y cadena de custodia. Solo retenía tres ideas: Amelia estaba entrando en trabajo de parto antes de tiempo, alguien había intentado entrar con una credencial falsa y Victoria seguía libre.
La fiscal, sin embargo, sí pensaba con una claridad feroz.
—Si intentaron entrar al cuarto, ya no quieren solo silenciar pruebas. Quieren terminar el trabajo.
Sebastián apretó el volante de la camioneta de seguridad hasta sentir dolor en los dedos.
—No van a tocarla.
Cuando llegaron, el piso de maternidad estaba cerrado y blindado por vigilancia privada improvisada y agentes policiales. Laura Serrat los recibió en el pasillo, todavía con bata quirúrgica.
—La situación es delicada —dijo—. Amelia tiene contracciones fuertes, pero aún podemos intentar frenar el parto. El bebé está estresado. Necesita estabilidad.
—¿Quién intentó entrar?
Laura señaló una tarjeta de identificación guardada en una bolsa de evidencia.
—Un hombre vestido como camillero. Huyó al verse descubierto. La credencial llevaba el nombre de un técnico muerto hace dos años.
Clara la tomó de inmediato.
—Profesional.
—Sí —dijo Laura—. Y no habría venido solo.
Eso significaba que Moya, o Victoria, o ambos, seguían operando.
Amelia pidió ver a Sebastián antes de recibir más medicación.
Él entró al cuarto.
La encontró pálida, con el cabello pegado a la frente por el sudor, pero con los ojos todavía llenos de esa firmeza que tanto la caracterizaba.
—No quiero dormir —dijo apenas él se acercó.
—No te van a sedar más de la cuenta.
—Prométemelo.
Él tomó su mano.
—Te lo prometo.
Amelia cerró los dedos alrededor de los suyos.
—Si me pasa algo, no dejes que Victoria toque a nuestro hijo.
Sebastián sintió una punzada brutal.
—No te va a pasar nada.
—Escúchame.
Él asintió.
—Victoria odia a los niños que pueden heredar. Pero no es eso lo único. Ella no soporta ver en otra mujer lo que perdió.
Sebastián pensó en la prueba de embarazo escondida en la capilla.
—Lo sabemos.
Amelia lo miró.
—No. No lo sabes todo.
Él frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Amelia hizo un gesto hacia el bolso que habían traído desde la mansión.
—En el bolsillo interior hay una carta que encontré hace una semana en el escritorio de Victoria. No te la mostré porque quería estar segura de no haber entendido mal.
Sebastián buscó la carta.
Era un papel plegado varias veces, dirigido a E.M.
La letra no era de Victoria.
Era de un hombre.
La leyó.
Cada línea lo fue endureciendo más.
Esteban, si Sebastián descubre que el embarazo que perdí era tuyo, ambos estaremos arruinados. Ramiro ya sospecha demasiado. Manténlo calmado con las gotas y evita que Julián registre la cláusula antes de tiempo.
El aire pareció desaparecer del cuarto.
Esteban Moya.
El obstetra de Amelia.
El médico que estuvo la noche de la muerte de Ramiro.
El hombre que quizás era el verdadero amante de Victoria y, posiblemente, el padre del hijo que ella perdió años atrás.
La red ya estaba cerrada.
Solo faltaba atraparlos.
Clara Valls leyó la carta en el pasillo y la calificó al instante como pieza central para solicitar la captura internacional de Moya si intentaba cruzar frontera.
Pero el golpe siguiente llegó desde otro lugar.
Un agente se acercó corriendo con una tableta.
—Doctora, fiscal… encontraron algo en los registros de laboratorio del embarazo de Amelia.
Laura tomó la tableta.
Palideció.
—¿Qué es?
El agente tragó saliva.
—Alguien alteró la tipificación sanguínea del bebé en el sistema. Cambiaron el grupo fetal para que parezca incompatible con la madre y así justificar una intervención de urgencia.
Clara cerró los ojos un segundo.
—Querían provocar una cesárea crítica bajo su control.
Laura asintió.
—Y en un quirófano equivocado, un sangrado mal manejado o una dosis incorrecta podía costar dos vidas.
Sebastián sintió auténtica necesidad de matar a alguien.
Clara, en cambio, reaccionó con precisión.
—Retiren a todo el personal no validado. Nadie entra a ese quirófano sin triple verificación.
La clínica se convirtió en una fortaleza.
Afuera ya esperaba prensa, atraída por rumores de escándalo familiar, pero adentro el tiempo se medía solo en latidos fetales, registros alterados y la posibilidad de que Victoria o Moya intentaran el último movimiento.
Entonces el teléfono de Camila, custodiado por la policía, recibió un mensaje.
No de la sirvienta.
Para la sirvienta.
Lo leyó Clara en voz alta.
Si todavía quieres salvar a la señora Amelia, dile a Sebastián que mire dentro del piano del vestíbulo. Allí dejé lo que prueba que su padre no murió esa noche… murió dos días antes. — V
El silencio fue total.
Sebastián levantó la vista lentamente.
—¿Qué significa eso?
Clara respondió con frialdad.
—Que Victoria acaba de admitir que manipularon la escena de la muerte de Ramiro.
May you like
Y eso solo podía significar una cosa:
en la mansión aún quedaba la prueba más grande de todas.
Related Stories