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Chapter 3 - LA NOCHE EN QUE MURIÓ SU PADREAquella sola frase cambió el peso de toda la casa.

Hasta ese instante, Sebastián se movía dentro del espanto de una amenaza presente: su esposa, su hijo, Camila herida, Victoria con un látigo y un veneno escondido. Pero la mención de su padre rompió algo más antiguo y más profundo.

Don Ramiro Valcárcel había muerto oficialmente de un infarto severo una madrugada de invierno, un año después de casarse con Victoria. La versión siempre fue simple: estrés, edad, corazón frágil. Sebastián jamás creyó del todo en la paz de esa explicación, pero el duelo, las obligaciones y el nacimiento tardío de cierta resignación lo empujaron a no investigar más.

Ahora, de pronto, el pasado volvía con forma de frasco.

—Repítelo —dijo.

Julián sostuvo el pañuelo entre los dedos temblorosos.

—Vi un frasco parecido en el escritorio de su padre. No puedo jurar que sea el mismo, pero…

—Pero qué.

El abogado miró de reojo a Victoria.

—Su padre me pidió que no firmara nada esa noche. Dijo que se sentía mareado, que la medicina tenía un sabor raro. Yo creí que deliraba por el dolor.

Sebastián sintió una presión brutal en el pecho.

Victoria soltó una risa suave, casi cansada.

—Qué convenientemente poético se vuelve todo cuando una sirvienta sangra y una mujer embarazada llora.

Amelia se incorporó del escalón con una fuerza que sorprendió incluso a la enfermera.

—Cállate.

La palabra salió llena de una furia tan limpia que el vestíbulo entero pareció inclinarse hacia ella.

Camila apretó el borde del sillón.

—Señor… yo también vi ese frasco antes.

Sebastián volvió hacia ella.

—¿Cuándo?

—Hace meses. En el gabinete gris del despacho del señor Ramiro. La señora Victoria me mandó limpiar allí, pero me ordenó no tocar una caja de terciopelo. Yo la abrí sin querer… y dentro había dos frascos iguales.

La enfermera de Amelia tomó el pulso de la futura madre mientras Julián, pálido, pedía agua sin atreverse a servirse él mismo. El jefe de seguridad cerró aún más el perímetro del vestíbulo. Todos entendían que aquello había dejado de ser un escándalo familiar para convertirse en una posible cadena de crímenes.

Sebastián se volvió hacia Julián.

—¿Qué más sabes?

—Hay un codicilo —dijo el abogado al fin—. Un anexo testamentario de su padre que se agregó pocos días antes de su muerte.

Victoria dejó de fingir aburrimiento.

Fue apenas un microsegundo de rigidez.

Pero Sebastián la vio.

—¿Qué codicilo?

Julián apretó el maletín contra el pecho.

—No debía mencionarlo sin revisar primero los archivos, pero…

—Ahora.

—Su padre dispuso que, cuando usted tuviera un hijo biológico legítimo, una parte mayoritaria de los activos principales pasaría a resguardo para ese niño.

Amelia se quedó inmóvil.

Sebastián sintió que por fin aparecía el motivo con toda su crueldad desnuda.

—Entonces si mi hijo nace…

—Victoria pierde el control administrativo de la fundación familiar, de la mansión y de varias sociedades intermedias —concluyó Julián—. Quedaría con rentas, pero sin poder real.

El vestíbulo se llenó de un silencio tan helado que parecía cristalizar el aire.

Victoria alzó el mentón, furiosa de ser desenmascarada y, al mismo tiempo, incapaz de negarlo del todo.

—Ese viejo delirante quería entregarle el imperio a un bebé que ni siquiera había nacido.

Amelia bajó lentamente la mirada hasta su vientre.

Ahora no era solo su hijo.

Era el heredero que Victoria necesitaba borrar.

Sebastián dio un paso hacia su madrastra.

—¿Por eso lo mataste? ¿Y ahora ibas por mi hijo?

Victoria sonrió con una serenidad delirante.

—Tu padre se estaba muriendo desde mucho antes de conocerme. Y ese niño que espera Amelia no será más que el final de esta casa.

La fiscalía aún no llegaba, pero Julián, aterrado por su propia complicidad pasiva, hizo algo que jamás había hecho en años de trabajar para los Valcárcel: abrió el maletín y sacó una carpeta cerrada con una cinta negra.

—Traje esto porque recibí una llamada anónima hace una hora diciendo que “si quería salvar mi licencia, llevara el archivo gris a la mansión”.

Sebastián tomó la carpeta.

Dentro estaba la copia del codicilo.

Y una segunda hoja manuscrita de puño y letra de su padre.

Si muero antes de ver nacer al hijo de Sebastián, desconfíen de Victoria. Su interés por mis medicamentos y por esta cláusula no es normal.

Amelia dejó escapar un sollozo corto.

Camila se llevó ambas manos al rostro.

La pieza central del horror ya estaba ahí.

Pero aún quedaba algo peor.

Junto con la nota había una fotografía antigua, tomada de forma furtiva: mostraba a Victoria en el estudio de Ramiro, inclinada sobre la mesa, con el mismo tipo de frasco ámbar en la mano. A su lado, medio de espaldas, aparecía otro hombre.

Sebastián reconoció el perfil al instante.

—No…

Amelia lo miró.

—¿Quién es?

Sebastián apretó los dientes.

—El doctor Esteban Moya.

El obstetra de Amelia.

El mismo hombre que supervisaba el embarazo de su esposa desde el cuarto mes.

Y antes de que nadie terminara de asimilarlo, Amelia se llevó una mano al vientre y se dobló un poco hacia adelante.

La enfermera se agachó de inmediato.

—¿Qué pasa?

Amelia alzó la cara, blanca como el mármol.

—Me duele.

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Luego apretó el brazo de Sebastián con desesperación.

—El bebé acaba de dejar de moverse.

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