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Chapter 7 - EL PIANO DEL VESTÍBULOSebastián no quería dejar la clínica.

No mientras Amelia y el bebé siguieran al borde.

Pero tampoco podía ignorar un mensaje así. Si Victoria realmente había dejado una prueba en el piano del vestíbulo, entonces tal vez no se trataba de un acto de soberbia sino de un cálculo desesperado: quizá quería seguir manejando el juego desde la distancia, enfrentar a unos con otros o dejar una bomba final antes de caer.

Clara Valls decidió enviar un equipo forense a la mansión inmediatamente.

Sebastián insistió en acompañarlos.

Laura Serrat le pidió diez minutos para estabilizar a Amelia y prometió llamarlo solo si la situación cambiaba. Las contracciones habían cedido un poco. Todavía había una ventana.

La mansión, cuando regresaron, parecía otro lugar.

El lujo seguía allí: el mármol, la escalinata, la puerta monumental, el rastro parcial del cristal ya recogido. Pero ahora todo estaba invadido por policías, técnicos, flashes y un silencio hostil.

El piano negro ocupaba un rincón del vestíbulo, a pocos metros del lugar exacto donde Camila había sido azotada.

Un perito revisó primero la estructura exterior.

No encontró nada.

Después examinó la tapa inferior.

Tampoco.

Entonces Marta, todavía llorosa, dio un paso adelante.

—La señora Victoria tocaba aquí algunas noches. Pero nunca abría el compartimento de partituras. Decía que estaba roto.

El perito levantó la tapa.

No estaba rota.

Dentro, en lugar de partituras, había una caja plana envuelta en tela gris.

Sebastián sintió un golpe seco en el pecho incluso antes de verla del todo.

La tela estaba manchada.

No mucho.

Pero lo suficiente.

El contenido eran dos objetos.

Una grabadora digital antigua.

Y un sobre marcado con la letra de su padre:

Si escuchas esto, es porque Victoria volvió a adelantarse.

El vestíbulo entero pareció quedarse inmóvil.

Clara ordenó grabar la apertura formal.

Sebastián, con manos tensas, abrió el sobre.

Dentro había una carta breve y otra llave.

La carta explicaba que Ramiro había escondido una copia de ciertas grabaciones “por si el estudio principal era registrado”. Decía que si él moría de forma repentina, debía revisarse no la madrugada declarada oficialmente, sino “las cuarenta y ocho horas previas, especialmente tras mi cena con Moya y Victoria”.

La grabadora fue conectada de inmediato.

La primera pista contenía una conversación entre Ramiro y Julián.

Su padre sonaba débil, enojado.

—No voy a firmar ninguna ampliación para Victoria. Ni para ese médico.

Después la voz de Julián, nerviosa.

—Señor, si la señora descubre que usted ya presentó la cláusula del nieto, habrá un escándalo.

Ramiro respondió:

—Que lo haya.

La segunda pista fue peor.

Era una discusión nocturna entre Ramiro y Victoria.

—Ese niño no será mío —decía Ramiro con furia contenida—. Y tampoco será heredero de esta casa.

Victoria respondió con veneno frío:

—Entonces el tuyo tampoco lo será.

La tercera voz apareció después.

Esteban Moya.

—No hagan esto más difícil.

El resto fue ruido, un golpe, respiración agitada y una frase final que dejó a todos helados.

Ramiro decía:

—Si me das otra gota de eso, me vas a matar.

Luego la grabación se cortaba.

Sebastián se quedó inmóvil.

No era solo sospecha.

Era casi una confesión en bruto.

Clara tomó aire.

—Con esto ya podemos sostener tentativa de homicidio previa y homicidio consumado si la autopsia indirecta y los registros lo respaldan.

Pero aún faltaba el detalle más inquietante.

Junto a la grabadora había una libreta pequeña de tapas negras.

No era de Ramiro.

Era de Victoria.

Un registro meticuloso, casi obsesivo.

Dosis.

Fechas.

Reacciones.

Nombres.

Ramiro.

Amelia.

Camila.

Incluso una entrada que heló la sangre de Sebastián:

“Bebé: si nace antes, hay menos riesgo de reparto. Si nace muerto, todo vuelve al orden.”

Marta se desplomó en un sillón.

Julián se llevó ambas manos al rostro.

La fiscal mantuvo la compostura, pero solo a fuerza de voluntad.

Y entonces sonó el teléfono de Sebastián.

Laura.

Contestó de inmediato.

La voz de la doctora llegó ahora más urgente que nunca.

—Sebastián, vuelve ya.

—¿Qué pasó?

—Amelia entró otra vez en trabajo de parto… y un hombre acaba de entregarse en recepción diciendo que sabe dónde está Victoria.

—¿Quién?

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Laura tardó medio segundo.

—El doctor Esteban Moya.

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