Chapter 8 - EL MÉDICO QUE SE ENTREGÓSebastián llegó a la clínica convencido de que se trataba de una trampa.

Clara pensó lo mismo. Por eso ya había ordenado trasladar a Moya a un despacho aislado, esposado a la silla y vigilado por dos agentes armados. El médico no parecía un fugitivo derrotado, sino un hombre calculando cuánto podía entregar para salvarse.
Tenía el rostro agotado, la barba desordenada y una calma repulsiva.
Cuando Sebastián entró, Moya alzó la vista.
—Ella va a matarlos a todos si no la encuentran antes del amanecer.
No sonó como una advertencia altruista.
Sonó como el precio de una negociación.
Clara se sentó frente a él.
—Empiece por decirnos dónde está.
Moya apretó los labios.
—Primero quiero inmunidad parcial.
Sebastián dio un paso hacia él, pero Clara levantó una mano para frenarlo.
—No está en posición de pedir nada.
Moya sonrió con cansancio.
—Sí, lo estoy. Porque solo yo sé cuál era el plan B.
El silencio se tensó.
—¿Qué plan B? —preguntó Clara.
—Si Amelia no perdía al bebé con las gotas o con la falsa intervención, Victoria iba a esperar al parto y luego iba a culpar a una crisis respiratoria del recién nacido.
Sebastián sintió náuseas.
—Habla claro.
Moya lo miró.
—Tenía preparada una ampolla para provocar un paro neonatal que pareciera una falla pulmonar espontánea. Una dosis minúscula. Difícil de rastrear.
Clara cerró la carpeta con fuerza.
—¿Dónde está Victoria?
Moya respiró hondo.
—En la casa del lago de los Valcárcel. La del embarcadero viejo.
Sebastián lo conocía bien.
Su padre la usaba para apartarse cuando quería estar solo. Victoria detestaba ese lugar… o al menos eso fingía.
—¿Por qué fue allí?
—Porque guardó algo más. La copia del testamento original y… —hizo una pausa— un frasco final.
—¿Final para quién?
Moya no respondió de inmediato.
—Para el que sobreviviera.
La frase cayó como una losa.
No importaba si ese “superviviente” era Amelia, el bebé, Camila o incluso Sebastián. Victoria ya había cruzado todos los límites posibles.
Clara ordenó un operativo inmediato hacia la casa del lago. Sebastián quiso ir. Laura apareció en el pasillo antes de que se marchara.
—No.
Él se giró.
—No puedo quedarme aquí.
—Amelia está dilatando.
Sebastián se quedó helado.
—¿Ahora?
Laura asintió.
—Sí. Vamos a llevarla a quirófano si esto sigue. Y ella no quiere entrar sin verte.
El choque entre ambas urgencias casi lo partió por la mitad.
Clara tomó la decisión por él.
—Yo voy al lago. Usted se queda con su esposa.
Sebastián dudó.
Luego asintió con rabia impotente.
Entró a ver a Amelia.
Ella estaba ya preparada, con oxígeno suave y monitores alrededor. El miedo era visible, pero aún había fuego en sus ojos.
—¿La encontraron? —preguntó.
—Tenemos una pista.
—No te vayas.
Él besó su frente.
—No me moveré de aquí.
Amelia lo miró fijamente.
—Si algo sale mal, salva a nuestro hijo.
Sebastián sintió que aquello le partía algo por dentro.
—No me pidas elegir.
—No te lo pido. Te digo que no le dejes esta casa a ella.
Él apoyó la frente contra la suya.
—Te los voy a salvar a los dos.
Amelia cerró los ojos.
Mientras la preparaban para una posible cesárea de urgencia, Clara partió hacia el lago con agentes especiales y un equipo de captura. Moya fue dejado bajo custodia reforzada.
El tiempo empezó a dividirse en dos frentes.
En la clínica, latidos, monitores, respiraciones cortas.
En la casa del lago, faros atravesando árboles oscuros, barro y armas desenfundadas.
Clara llamó a Sebastián desde el coche.
—Si Victoria está allí y confirma lo del frasco, ¿quiere que intentemos detenerla viva a toda costa?
Sebastián cerró los ojos.
—Sí.
—Aunque haya matado a su padre y casi mate a su hijo.
—Viva habla. Muerta se convierte en mito.
Clara guardó silencio un instante.
—Entendido.
En ese momento Laura abrió la puerta del box.
—Sebastián.
Él levantó la vista.
La doctora estaba más tensa.
—El bebé entra en sufrimiento fetal. Tenemos que sacar al niño ya.
May you like
Y a la vez, en el auricular del teléfono, Clara dijo la frase que unió ambas noches en un mismo borde de abismo:
—Acabamos de entrar a la casa del lago… y Victoria no está sola.