Chapter 8 - MARCUS DEJÓ DE MENTIREl espacio se volvió irrespirable.

Helen forcejeó apenas, pero el hombre que la retenía apretó más fuerte el arma junto a su costado. Agnes levantó el revólver, aunque sus manos temblaban. Hannah seguía agachada dentro del conducto, demasiado abajo para moverse rápido sin quedar expuesta.
Marcus se acercó dos pasos al borde de la trampilla.
Bajo la luz sucia del cuarto de grasa, su traje gris parecía más oscuro, casi manchado por lo que ya no podía esconder.
—Saca el libro —dijo mirando a Dom—. Con cuidado.
Dom no obedeció de inmediato.
—¿Mataste a mi padre?
Marcus sostuvo su mirada con una calma inquietante.
—Tu padre iba a hundirlo todo. No solo el negocio. A todos nosotros. Era incapaz de adaptarse.
—No respondas con negocios —escupió Dom—. Responde con la verdad.
Marcus ladeó la cabeza.
Por primera vez no intentó negar.
Ni disfrazar.
Ni seducir.
—Sí —dijo—. Yo aceleré lo que ya estaba en marcha.
Hannah sintió un golpe helado en el pecho.
Helen cerró los ojos.
Agnes murmuró un insulto entre dientes.
Marcus siguió hablando, como si una parte de él llevara años esperando la oportunidad de pronunciar aquello sin máscara.
—Tu padre se negaba a vender la cadena a nuestros socios externos. Se negaba a lavar el dinero. Se negaba a entender que el viejo Marlowe ya no daba suficiente. Leonard Pike consiguió una sustancia casi indetectable. Dosis pequeñas. Daño acumulativo. Cuando por fin Vince empezó a sospechar, ya estaba demasiado débil para pelear limpio.
Dom apretó la mandíbula hasta hacerla temblar.
—Y luego fuiste por mi madre.
—Tu madre encontró las cuentas antes de que pudiera limpiar todo. Quise negociar. No aceptó. Así que la hice desaparecer sin necesidad de ensuciar las noticias.
Helen alzó la voz desde arriba, furiosa por primera vez.
—¡Me robaste seis años de vida!
Marcus ni siquiera la miró.
—Te conservé viva porque no sabía si habías hecho copias.
Dom habló con una quietud tan fría que daba más miedo que un grito.
—Hoy se acaba.
Marcus sonrió apenas.
—No. Hoy me entregas el libro, la grabadora y cualquier copia. Después decidiré cuántos de ustedes siguen respirando.
Hannah vio entonces algo al lado del compartimento oculto: un pequeño interruptor industrial conectado a la bomba vieja de grasa. Tal vez nada. Tal vez algo útil. No podía saberlo sin arriesgarse.
Dom, en cambio, comprendió otra cosa.
Sacó del hueco el libro grande.
Luego uno de los sobres.
Y finalmente la grabadora.
La levantó para que Marcus la viera.
—¿Qué hay aquí?
Marcus bajó el arma apenas un centímetro, absorbido por el objeto.
—La segunda confesión de Vince. Nunca alcancé a encontrarla.
Agnes abrió mucho los ojos.
—Entonces grabó dos veces…
Dom asintió casi imperceptiblemente. Luego miró a Marcus.
—Si la quieres, baja tú mismo.
—Lánzala.
—No.
Los hombres que sujetaban a Helen y vigilaban la entrada se tensaron.
Hannah vio cómo el dedo de Marcus se afirmaba sobre el gatillo.
Era ahora o nunca.
Movió el pie con lentitud, buscando el interruptor.
Marcus siguió hablando, pero ya no parecía tan seguro.
—Siempre fuiste el hijo favorito de Vince. El heredero del gesto duro, del apellido limpio, del supuesto honor. Pero seamos sinceros, Dominic: si hubieras estado aquí aquella noche, tampoco habrías podido salvarlo.
Dom levantó la vista lentamente.
—Tal vez. Pero hoy sí puedo salvar algo.
Marcus frunció el ceño.
Demasiado tarde.
Hannah golpeó el interruptor con el talón.
La vieja bomba industrial rugió de repente con un estallido mecánico brutal. El sonido ensordecedor sacudió la habitación y lanzó una nube de vapor aceitoso desde una tubería lateral. Uno de los hombres gritó al perder visibilidad. Helen se soltó de su agarre con un tirón desesperado. Agnes disparó. El proyectil no dio a Marcus, pero sí a una lámpara colgante que explotó en chispas.
Todo se convirtió en caos.
Dom salió disparado del conducto como un golpe de acero humano. Embistió a Marcus antes de que este pudiera apuntar bien. Ambos cayeron contra unos bidones. El arma del primo salió deslizándose por el suelo.
Hannah trepó fuera del compartimento y corrió hacia Helen. Juntas lograron apartarse del segundo hombre, que estaba tosiendo por el vapor. Agnes volvió a disparar y lo obligó a cubrirse tras una mesa metálica.
Dom y Marcus se golpeaban sin contención. Ya no había elegancia en ninguno de los dos, solo años de rabia familiar finalmente liberados.
Marcus consiguió sacar una navaja pequeña del tobillo.
Hannah lo vio.
—¡Dom!
Él giró justo a tiempo para esquivar el primer tajo, pero no el segundo. La hoja le abrió la manga y le rozó el brazo. Dom respondió con un puñetazo brutal a la mandíbula que hizo a Marcus tambalearse.
Entonces se oyeron sirenas.
Lejanas.
Pero acercándose.
Agnes había apretado discretamente el botón de alarma vieja conectado a la línea municipal del local cuando empezó el enfrentamiento.
Marcus lo oyó también.
Y sonrió de una forma rota, desesperada.
—No importa —jadeó—. Aun si me encierran, no saben quién financia esto de verdad.
Dom lo inmovilizó contra el suelo.
—Entonces dilo.
Marcus se rio, sangrando por la boca.
—No te lo diré a ti.
Y antes de que nadie pudiera detenerlo, giró la cabeza hacia la grabadora caída junto al bidón y murmuró:
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—Porque ella ya viene por todos.
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