Chapter 7 - EL CUARTO DE GRASALa primera patada contra la puerta retumbó en toda la habitación.

Agnes no esperó la segunda. Disparó a través de la madera justo cuando el pomo empezaba a ceder. Se oyó un grito afuera. Eso compró apenas unos segundos.
—¡Salida trasera! —gritó Hannah.
No había una puerta trasera real, solo una pequeña ventana del baño que daba a un pasillo lateral del estacionamiento. Demasiado estrecha para todos con calma, pero suficiente si el miedo hacía su trabajo.
Dom ayudó primero a Helen.
Luego a Agnes.
Hannah salió tercera.
Él último.
La puerta principal se vino abajo justo cuando Dom caía al otro lado.
Corrieron por detrás del motel bajo la lluvia. Marcus no estaba a la vista, pero sus hombres sí. Uno de ellos rodeó el edificio y vio a Helen. El reconocimiento le cambió la cara.
—¡La tiene! —gritó.
Dom respondió disparando al suelo cerca de él para obligarlo a cubrirse.
Consiguieron llegar al coche. Hannah subió con Agnes y Helen detrás. Dom arrancó antes incluso de cerrar bien la puerta del copiloto. Las ruedas patinaron sobre el pavimento mojado.
Un SUV los siguió.
—Van detrás —dijo Hannah, mirando por el espejo.
—Ya lo vi.
Dom tomó la carretera secundaria hacia la autopista vieja en lugar de volver a la ciudad.
Helen comprendió enseguida.
—Vas al diner.
—Si el libro sigue ahí, se acaba hoy.
Agnes apretaba el revólver con manos temblorosas.
—Marcus llegará también.
—Perfecto —dijo Dom.
El local original apareció de nuevo como una silueta oscura entre la lluvia y el neón roto. Dom frenó detrás del edificio para quedar oculto de la carretera principal.
—Tú te quedas con mi madre —le dijo a Hannah.
Ella negó de inmediato.
—Ni hablar.
—Hannah.
—Si hay un conducto inferior y un panel extraño, probablemente yo pueda encontrarlo más rápido que tú. Además, alguien tiene que vigilar a Agnes por si decide morirse de terquedad.
Agnes soltó un resoplido indignado.
Helen tocó el brazo de su hijo.
—No la apartes. Tu padre confió en ella por una razón.
Dom la miró un segundo. Luego asintió.
Entraron por la cocina trasera del diner. El piso pegajoso, las campanas extractoras apagadas y el olor a grasa vieja hacían que el lugar pareciera un cadáver industrial conservado en sal.
El cuarto de grasa estaba detrás del área de limpieza, una habitación baja donde se almacenaban bidones, filtros y tuberías de desecho. Hannah reconoció enseguida una trampilla de mantenimiento casi oculta bajo una tarima oxidada.
—Debe ser ahí.
Dom apartó la tarima. La tapa metálica cedió con esfuerzo. Un conducto ancho descendía en ángulo hacia un pequeño espacio de servicio entre tuberías.
—Yo bajo —dijo Dom.
—Yo también —respondió Hannah antes de que él terminara.
No discutieron.
Bajaron uno detrás de otro con la linterna del teléfono. Abajo olía a óxido, grasa seca y humedad rancia. El espacio era estrecho, pero no imposible. Al fondo se veía un panel atornillado con una rejilla circular.
Hannah pasó la mano por el borde.
—No son tornillos normales.
Dom iluminó mejor.
En uno de los laterales había una ranura apenas visible, del tamaño de una moneda.
Agnes, desde arriba, gritó:
—¡La llave pequeña del casete!
Dom metió la mano en el abrigo, sacó la llave roja número 17 y la acercó. En la base de la etiqueta había un diente metálico auxiliar que hasta entonces parecía decorativo.
Encajó perfecto.
Giró.
El panel se soltó.
Detrás había un compartimento de metal impermeabilizado.
Y dentro, envuelto en plástico grueso, descansaba un libro contable grande de tapas negras, varios sobres sellados y una grabadora más moderna.
Hannah lo miró sin respirar.
—Lo encontró de verdad.
Dom extendió la mano… y en ese exacto instante, la voz de Marcus sonó desde arriba, en la puerta del cuarto de grasa.
—Qué conmovedor. Toda mi familia reunida alrededor del basurero.
Dom alzó la vista.
Marcus no estaba solo.
Tenía un arma apuntando hacia Helen, a quien uno de sus hombres sujetaba del brazo.
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Y sonreía como un hombre que por fin había dejado de fingir paciencia.
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