Chapter 5 - LA MUJER DEL CASETETodo se desordenó en segundos.

El hombre de la entrada sacó un arma.
Dom se lanzó contra Marcus.
Hannah agarró la linterna caída y se la estrelló en la muñeca al guardia antes de que apuntara bien. El disparo salió desviado y rompió una ventana del local. Los restos de cristal saltaron sobre la barra polvorienta.
Marcus logró soltarse y huyó hacia el estacionamiento.
Dom fue detrás de él, pero el primo ya había subido al coche. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto mojado y el vehículo arrancó como una sombra negra tragada por la lluvia.
Dom se quedó quieto unos segundos, respirando fuerte.
El guardia herido había escapado también.
Solo quedaron el local vacío, el olor a pólvora y Hannah con la linterna todavía en la mano.
—Esto ya pasó de “problema familiar” —dijo ella.
Dom la miró.
—Lo sé.
Volvieron al coche y condujeron hasta un lugar más seguro: la oficina privada de Dom, encima de un antiguo almacén de suministros de la cadena Marlowe, en la zona industrial del barrio. Allí había cerraduras dobles, cámaras y, sobre todo, privacidad.
Cuando por fin estuvieron dentro, Dom sacó el casete y una vieja grabadora portátil del cajón de un escritorio.
—No me digas que todavía usas eso.
—No la uso —respondió él—. La guardé porque mi padre nunca confiaba en nada digital.
Insertó el casete.
Apretó play.
Se oyó primero un siseo de cinta vieja, luego una respiración, y por fin la voz grave de Vince Castellano llenó la habitación.
—Si estás oyendo esto, Dominic, significa que me pasó algo o estoy demasiado cerca de que me pase.
Hannah se quedó inmóvil junto a la mesa.
La voz continuó:
—No sé cuánto tiempo tendré antes de que Marcus, Leonard Pike o cualquiera de esos hijos de puta encuentre este escondite. Así que escucha bien. El dinero que desaparece de la cadena Marlowe no se está yendo a proveedores fantasmas. Se está yendo a una cuenta común armada por Marcus y por un socio externo que todavía no identifiqué. Si me muero de un infarto, no lo creas. Si aparezco borracho, loco o caído, tampoco lo creas. Están intentando envenenarme lento desde hace meses.
Dom cerró los ojos un segundo.
Hannah miró la taza mentalmente, la bolsita de polvo, la libreta con el horario.
Vince siguió:
—La única persona que encontró una de las tazas manipuladas antes que yo fuera tan ingenuo como para beberla fue una chica nueva del local original. Rubia. Se llamaba Hannah. La mandé a su casa esa noche y le dije que no volviera. Si la encuentras algún día, escúchala. Tiene mejores ojos que casi todos los hombres que me rodean.
Hannah quedó helada.
—¿Qué…?
Dom giró lentamente hacia ella.
—¿Mi padre te conocía?
Ella tardó unos segundos en encontrar la voz.
—Yo… trabajé aquí dos semanas, sí. Una noche vi a un proveedor raro saliendo de la cocina y le dije al señor Vince que había algo extraño en una taza apartada. Él se puso muy serio, me pagó la quincena completa y me dijo que no volviera, que el local estaba por cerrar. Pensé que solo quería librarse de una chica entrometida.
El casete no se había detenido.
La voz de Vince bajó un poco, volviéndose más áspera.
—Hay otra cosa. Si Marcus me mata, va a ir después por Helen.
Dom se tensó.
Helen era su madre.
—Mi esposa descubrió la segunda contabilidad, los nombres de los socios y la ubicación del libro principal. Si desaparece, tampoco te creas la historia oficial. El libro grande no está en la oficina corporativa. Está debajo del primer Marlowe, pero no en el armario. Está en el cuarto de grasa, detrás del panel del desagüe. La llave del cuarto la tiene una mujer que jamás pensarías buscar: Agnes Doyle. Si llegas tarde, que Dios te ayude.
La cinta hizo un chasquido.
Luego la grabación terminó.
Durante varios segundos, ninguno de los dos habló.
El silencio ya no era duda.
Era confirmación.
—Agnes Doyle… —murmuró Hannah—. La antigua cocinera.
Dom asintió lentamente.
—Siguió trabajando para la familia dos años después de la muerte de mi padre. Luego desapareció.
Hannah se llevó una mano a la frente, procesando.
—Entonces tu padre sabía que lo estaban envenenando. Sabía que Marcus estaba robando. Y sabía que tu madre corría peligro.
Dom se apoyó en el escritorio.
—Y ahora Marcus sabe que yo también lo sé.
Hannah lo observó en silencio. Bajo la luz de la oficina, él ya no parecía solo poderoso. Parecía herido de una manera más antigua y más peligrosa.
—¿Qué vas a hacer?
Dom respondió sin vacilar.
—Encontrar a Agnes Doyle.
—¿Y si ya está muerta?
Él levantó la mirada.
—Entonces encontraré el panel del desagüe sin ella.
Pero en ese mismo instante, el teléfono fijo de la oficina sonó.
No el móvil.
No una línea pública.
El teléfono privado que casi nadie conocía.
Dom levantó el auricular con cautela.
No habló primero.
Una voz femenina, mayor, áspera y urgente, sonó del otro lado:
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—Si escuchaste el casete, ya van tarde. Marcus no busca solo el libro grande. Busca a tu madre.
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