Chapter 4 - EL CASETE DE VINCEDom apagó de inmediato la linterna del teléfono.

El sótano quedó casi a oscuras, salvo por una franja mínima de luz gris colándose desde la escalera. Hannah notó que su respiración se volvía demasiado ruidosa y se obligó a contenerla.
Otro golpe arriba.
Pasos.
Al menos dos personas.
Dom metió el casete y el sobre marrón dentro del abrigo sin hacer ruido, luego cerró a medias el armario 17. Con un gesto breve, indicó a Hannah que se agachara detrás de unas cajas apiladas junto a la caldera vieja. Ella obedeció.
Las pisadas bajaron un escalón.
Se detuvieron.
Después una voz masculina dijo en tono bajo:
—Revisa abajo.
Hannah reconoció la voz al instante.
Marcus Castellano.
No lo veía desde hacía más de un año, pero seguía sonando exactamente igual: educado, pulido, y con ese filo artificial de quien aprendió a amenazar sin levantar demasiado la voz.
Dom también lo reconoció. Se le endureció el cuerpo entero.
Otro hombre descendió en su lugar. No era Marcus. Era más alto, más ancho, vestido con impermeable oscuro. Llevaba una linterna profesional.
El haz de luz barrió el sótano lentamente.
Cajas.
Archivadores.
Tuberías.
Armarios metálicos.
Hannah sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas.
El hombre avanzó dos pasos más.
Dom esperó.
Cuando la luz pasó demasiado cerca de su escondite, se movió con una violencia exacta. Salió de entre las sombras, agarró el brazo del intruso y lo estrelló contra la pared. La linterna cayó al suelo. Hannah oyó un gemido, luego el sonido seco de un golpe, luego silencio.
Marcus, arriba, gritó:
—¿Qué demonios pasa?
Dom no respondió. Le quitó al hombre inconsciente un pequeño revólver del cinturón y lo lanzó lejos.
—Corre —le dijo a Hannah.
Subieron la escalera justo cuando Marcus daba un paso hacia abajo. La sorpresa cruzó su rostro por una fracción de segundo al ver a Dom salir del sótano con el abrigo manchado de polvo y el arma del guardaespaldas en la mano.
—Dominic —dijo, componiéndose enseguida—. Qué escena más dramática.
Marcus Castellano tenía cuarenta años, traje gris claro, cabello castaño perfectamente peinado y una expresión que podría parecer amable si uno no miraba demasiado tiempo. A diferencia de Dom, su elegancia era blanda. Estaba hecha para tranquilizar, no para imponer.
Dom avanzó despacio.
—¿Mandaste a alguien a envenenarme?
Marcus abrió las manos en un gesto casi ofendido.
—No sé de qué hablas.
Hannah vio que no estaba solo. Otro hombre vigilaba la entrada lateral con el coche encendido afuera.
Marcus reparó por fin en ella.
—Vaya… Hannah Cole. La camarera del nuevo Marlowe. No esperaba encontrarte metida en esto.
—Yo sí esperaba encontrarte metido en algo sucio —replicó ella.
Una sonrisa fina rozó la boca de Marcus.
—Siempre tuviste más carácter del que convenía.
Dom dio otro paso.
—¿Sabías quién era ella?
Marcus miró a Hannah un segundo más de la cuenta.
—Claro. Trabajó aquí hace años.
Hannah frunció el ceño.
—Solo dos semanas.
—Algunas personas dejan impresión rápido —dijo él, sin calor.
Dom comprendió algo en esa mirada cruzada.
—¿La llamada de esta mañana la organizaste tú?
Marcus negó con calma.
—Si hubiera querido hablar contigo, te habría citado en un sitio más cómodo. No en esta ruina.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
La respuesta no llegó.
En cambio, Marcus miró el bolsillo del abrigo de Dom, donde estaba guardado el casete.
—Porque eso que te llevaste no te conviene escuchar delante de terceros.
—Demasiado tarde —dijo Hannah.
Marcus la evaluó.
—No tienes idea de lo que estás tocando.
—Pues explícalo —soltó ella.
Marcus perdió por fin una parte de la máscara.
—Mi tío Vince estaba paranoico al final. Veía enemigos en todas partes. Grababa mensajes, escondía dinero, acusaba a socios. Si Dom encuentra esos delirios y los cree, va a destruir el negocio entero.
Dom sostuvo el casete dentro del abrigo.
—Tal vez el negocio merezca caer.
Marcus lo miró con algo nuevo: miedo verdadero.
Y fue tan leve que quizá nadie más lo habría notado.
—No escuches ese casete —dijo—. Si lo haces, no solo descubrirás por qué mataron a tu padre. También descubrirás por qué tu madre desapareció tres meses después.
El golpe emocional fue tan brusco que incluso Hannah quedó inmóvil.
—Mi madre no desapareció —dijo Dom con voz baja, peligrosa—. Se fue de la ciudad.
Marcus no respondió enseguida.
Solo lo observó.
Después sonrió de una manera pequeña y terrible.
—Eso es lo que te dijeron.
Afuera, el motor del coche rugió.
Y antes de que Dom pudiera lanzarse sobre él, Marcus retrocedió hacia la puerta lateral y gritó hacia el exterior:
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—¡Quítenles el casete!
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