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Chapter 6 - AGNES DOYLE SABÍA DÓNDE ESTABA HELENDom apretó el auricular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Quién habla?

La mujer al otro lado respiró con dificultad.

—No tienes tiempo para desconfiar de todo, Dominic. Soy Agnes Doyle.

Hannah dio un paso hacia él al oír el nombre.

Dom activó el altavoz.

—Demúestralo.

La voz se endureció.

—En tu séptimo cumpleaños escondiste un cuchillo de mantequilla bajo el mantel porque dijiste que nadie volvería a discutir en tu fiesta. Tu madre lo encontró antes del pastel y tu padre se rio tanto que casi lloró. ¿Te basta?

La mirada de Dom cambió.

—¿Dónde está?

—En el viejo motel Brighton, salida 8 de la interestatal. Habitación 3. Y escucha bien: no vengas solo ni vengas con la policía. Si Marcus sabe que me moví, nos mata a las dos antes de que pongas un pie aquí.

—¿Mi madre está contigo?

La pausa duró una eternidad.

—Está viva —dijo Agnes—. Y eso es lo máximo que puedo decir por esta línea.

La llamada se cortó.

Hannah miró a Dom.

—Tu madre está viva.

No fue una pregunta.

Fue una detonación verbal.

Dom permaneció inmóvil, como si una parte de él se negara a respirar hasta comprobarlo con sus propios ojos.

—Se suponía que había elegido irse —dijo al fin, en voz más baja de lo normal—. Eso me dijeron durante seis años. Marcus, los abogados, todos.

—Y ahora sabes que casi todo lo demás era mentira —respondió Hannah.

Dom guardó el casete en el bolsillo interior del abrigo y abrió un cajón lateral. Sacó una pistola, revisó el cargador y se la puso en la cintura. Luego tomó llaves y un pequeño maletín negro.

—Vamos al motel.

—¿Vamos? —repitió Hannah.

Él la miró de forma directa.

—Puedes bajarte ahora si quieres. Ya me ayudaste más de lo que debería pedirte.

Ella pensó en la taza manipulada, en el casete, en Vince recordándola por su nombre, en una madre supuestamente desaparecida y en un primo elegante mandando asesinos a diners.

—Demasiado tarde para fingir que esto no es asunto mío —dijo.

Condujeron hacia la salida 8 en silencio tenso.

El motel Brighton era un edificio de una sola planta, con pintura descolorida, puertas verdes y un cartel intermitente donde faltaban dos letras. La habitación 3 estaba al fondo, junto a la máquina de hielo.

Dom se bajó primero.

Hannah fue detrás.

Él se colocó junto a la puerta, sacó el arma pero la mantuvo baja. Golpeó dos veces.

Una voz femenina mayor respondió desde dentro:

—Sola.

Dom abrió.

La habitación olía a desinfectante barato y café recalentado. Las cortinas estaban cerradas. En una silla junto a la cama se encontraba Agnes Doyle, unos setenta años, estadounidense blanca, cabello corto gris, rostro lleno de surcos y cansancio. Llevaba un abrigo encima del camisón y sostenía un revólver pequeño sobre las rodillas.

En la cama, medio incorporada, estaba una mujer de unos sesenta años, blanca, cabello oscuro ya casi completamente gris, rostro delgado y una elegancia rota incluso en la fragilidad.

Dom dejó de moverse.

—Mamá.

Helen Castellano levantó la vista hacia él. Sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato.

—Dominic…

La palabra se quebró al salir.

Él cruzó la habitación en dos pasos y cayó de rodillas junto a la cama. No la abrazó de inmediato, como si todavía necesitara asegurarse de que era real. Luego ella le tocó el rostro con una mano temblorosa, y eso bastó.

Hannah apartó la mirada por un segundo, dándoles intimidad sin dejar de vigilar la puerta.

Agnes habló primero.

—No hay tiempo para esto.

Dom se puso de pie lentamente, sin soltar la mano de su madre.

—Empieza a explicar.

Helen tragó saliva.

—La noche que murió tu padre, yo encontré el libro principal de contabilidad. Vince me dijo que si él no amanecía, debía sacarlo de la ciudad y llevártelo. Pero Marcus llegó antes. No me mató porque necesitaba saber si yo había hecho copias. Me tuvo vigilada. Luego fingió que me fui de la ciudad. Cuando empecé a enfermar, Agnes me escondió.

Hannah se volvió hacia Agnes.

—¿Cómo?

La anciana levantó la barbilla.

—Yo cocinaba para los Castellano desde antes de que Dominic naciera. Cuando Vince me entregó la llave del cuarto de grasa, entendí que se acercaba algo feo. Después de su muerte ayudé a Helen a huir. No pudimos sacar el libro. Pero sí una página.

Agnes metió la mano dentro del abrigo y sacó una hoja doblada, amarillenta.

Dom la tomó.

Era una copia de la contabilidad con nombres y transferencias. En medio de la página, una línea sobresalía:

“L. Pike / laboratorio / sustancia gradual / pago final aprobado por M.C.”

Hannah sintió un escalofrío.

—Leonard Pike —murmuró Dom—. Padre de Ryder y antiguo químico de la planta de suministros.

Helen asintió.

—Ellos preparaban la dosis. Marcus aprobaba los pagos. Tu padre lo descubrió demasiado tarde.

Dom cerró la mano sobre la hoja.

—¿Dónde está el libro grande?

Agnes respondió:

—Sigue en el cuarto de grasa, detrás del panel del desagüe. Pero Marcus ya debe estar buscándolo. Y si no lo ha encontrado, hay una razón.

—¿Cuál?

La anciana miró a Helen. Luego volvió a Dom.

—Porque el panel solo se abre desde dentro del conducto inferior. Y Vince construyó el acceso para que pareciera una trampa de mantenimiento.

Dom entendió de inmediato: necesitaban volver al diner original.

Entonces se oyeron neumáticos sobre grava afuera.

Hannah corrió a la cortina y apartó apenas una esquina.

Un sedán gris.

Un SUV negro.

Tres hombres bajando.

—Nos encontraron —susurró.

Agnes alzó el revólver.

Helen se incorporó con pánico.

Dom miró a la puerta, luego a su madre, luego a Hannah.

Y por primera vez aquella noche no tenía una sola salida limpia, porque los hombres que se acercaban no venían solo por él.

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Venían por Helen.

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