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Chapter 3 - EL DINER ORIGINAL Y LA CHICA QUE RECORDABA DEMASIADOHannah no habló de inmediato.

Se quedó quieta, observando la expresión de Dom, midiendo si debía o no decir lo que acababa de recordar. Él notó la vacilación enseguida.

—¿Qué pasa?

Ella se cruzó de brazos, todavía tensa por lo ocurrido.

—Cuando tenía diecinueve años trabajé unas semanas en el primer Marlowe Diner. El de la autopista vieja. Antes de que lo cerraran.

Dom no parpadeó.

—¿Y?

—En el sótano había varios armarios metálicos con etiquetas rojas. Los usaban para archivar registros viejos, libros de proveedores y… no sé, cosas que nadie quería tirar. Recuerdo que uno tenía el número 17.

Por primera vez desde el intento de envenenamiento, Dom mostró algo parecido a sorpresa real.

—Ese local está clausurado.

—Sí —dijo Hannah—. Pero no demolido.

Los demás clientes empezaron a hablar entre ellos otra vez, aunque más bajo. Ben había pedido que se preservara la taza y la cafetera para análisis. Un compañero suyo ya venía en camino para recoger pruebas. Hannah sabía que el diner no volvería a la normalidad aquella tarde.

Dom dejó un billete sobre la barra, demasiado grande para cubrir cualquier café.

—Cierra el local.

Hannah arqueó una ceja.

—No eres mi jefe.

—No. Pero hoy intentaron matarme aquí. Si sigues atendiendo mesas como si nada, eres imprudente o suicida.

Ella casi sonrió, pero no lo hizo.

—¿Y qué pasa si cierro?

Dom se puso el abrigo con un movimiento limpio.

—Vienes conmigo al local original.

Hannah soltó una risa breve, incrédula.

—¿Perdón?

—Fuiste tú quien vio el veneno. Fuiste tú quien notó el bolsillo. Y fuiste tú quien recordó la etiqueta roja. Si esto es una trampa, prefiero tener cerca a la única persona en esa habitación que prestó atención.

Ella lo sostuvo con la mirada.

No le gustaba que la mandaran.

Pero tampoco le gustaba la idea de quedarse sola en un diner donde acababan de intentar asesinar a alguien delante de sus ojos.

—Te estoy ayudando a investigar un intento de homicidio —dijo—. No a jugar a los detectives.

—Llámalo como quieras.

Hannah miró la puerta, la lluvia, el mostrador, el oficial recogiendo declaraciones en voz baja. Entonces tomó una decisión.

—Diez minutos. Solo diez. Bajo la persiana, dejo un cartel y cojo mi bolso.

Dom asintió.

Cuando salieron, la lluvia ya caía con más fuerza. El coche de Dom, un sedán negro elegante, estaba aparcado frente al local. Hannah subió al asiento del copiloto con el corazón aún acelerado. Olía a cuero limpio y a una colonia masculina discreta, cara, sin exageración.

Mientras conducían hacia la autopista vieja, el silencio entre ellos fue denso pero no incómodo.

Hannah terminó rompiéndolo.

—¿De verdad crees que tu primo tuvo algo que ver con la muerte de tu padre?

Dom mantuvo la vista al frente.

—Creo que mi padre no murió cuando debía morirle a un hombre fuerte de cincuenta y ocho años que nunca pasaba una revisión médica y jamás mostraba fatiga. Creo que Marcus se benefició demasiado. Y ahora creo que alguien decidió que yo también debía beber algo parecido.

—Eso no es lo mismo que una prueba.

—Lo sé.

Hannah observó su perfil.

—¿Y por qué estabas en el diner hoy?

Dom tardó un momento en responder.

—Porque recibí una llamada anónima esta mañana. Una mujer me dijo que si quería saber quién robó a mi padre antes de enterrarlo, me sentara a las cuatro y quince en el Marlowe Diner y pidiera café.

Hannah giró la cabeza de golpe.

—¿Una mujer? ¿Conocías la voz?

—No. Pero había algo extraño.

—¿Qué?

Dom redujo la velocidad al tomar la salida hacia la carretera vieja.

—Parecía conocerme demasiado.

El local original apareció quince minutos después, solitario, húmedo, olvidado al borde de la carretera. El viejo letrero de neón MARLOWE estaba medio roto. Las ventanas tenían polvo por dentro. Una cinta de clausura colgaba torcida del marco lateral, envejecida por el sol.

Dom bajó del coche.

Hannah lo siguió.

La puerta principal estaba cerrada, pero una entrada lateral de servicio cedió con una patada seca de Dom.

Entraron.

El olor a grasa antigua y madera húmeda estaba intacto. El tiempo parecía haberse detenido en aquel lugar: taburetes volteados sobre la barra, calendarios desfasados, una caja registradora vieja cubierta con plástico.

—El sótano es por allí —susurró Hannah, casi sin saber por qué bajaba la voz.

Las escaleras crujieron bajo sus pies.

Abajo, la luz no funcionaba. Dom usó la linterna del teléfono. El haz recorrió tuberías, cajas, archivadores y finalmente una pared de armarios metálicos alineados.

Etiquetas rojas.

Hannah contuvo el aliento.

Dom metió la llave antigua en la cerradura del armario 17.

Giró.

Abrió.

Dentro no había libros contables como ella esperaba.

Había una caja fuerte pequeña, un sobre marrón, y encima de ambos un casete de grabadora con una etiqueta escrita a mano:

“Para Dominic. Si estoy muerto, no confíes en Marcus.”

Hannah sintió que se le helaba la nuca.

Era la letra de Vince Castellano, porque aunque ella solo lo había visto un par de veces en su juventud, aquella firma ancha y agresiva había estado en cada aviso interno del viejo local.

Dom extendió la mano lentamente hacia el casete.

Pero justo antes de tocarlo, se oyó arriba un golpe de puerta.

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No estaban solos.

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