lucky

Chapter 9 - BEATRIZ HIZO SU ÚLTIMO MOVIMIENTOSebastián corrió.

El ala privada estaba llena de agentes, pero el caos había abierto una grieta suficiente para lo impensable. Lucía estaba de pie junto a la cuna vacía, temblando, con la manta gris del bebé apretada entre las manos. Una enfermera asignada a la vigilancia yacía inconsciente junto al baño, sedada.

—Estaba aquí hace dos minutos —sollozó Lucía—. Fui al lavabo y cuando salí...

Sebastián no la dejó terminar.

Miró el ventanal abierto.

La manta caída.

La cerradura sin forzar.

Solo había una persona en esa casa capaz de moverse con tanta precisión en medio del desastre.

—Beatriz.

El inspector Leiva entró detrás de él y dio órdenes inmediatas.

Revisión total.

Puertas cerradas.

Jardines iluminados.

Nadie salía de la propiedad.

Lucía estaba al borde del colapso.

—¡Encuéntralo!

Sebastián tomó su rostro entre las manos.

—Lo haré.

Una idea le atravesó la mente como un relámpago.

La casa de campo.

El archivo secundario.

Si Beatriz aún conservaba un plan final, no intentaría huir al azar. Buscaría el lugar donde había escondido otras cosas lejos de la mansión.

Leiva decidió acompañarlo con dos agentes. Salieron de inmediato hacia la vieja casa de campo familiar, a cuarenta minutos de la ciudad. Lucía quiso ir, pero Sebastián logró convencerla de quedarse protegida y comunicada en todo momento.

El camino fue un infierno silencioso.

Cada minuto parecía una traición al llanto de su hijo ausente.

La casa de campo estaba oscura cuando llegaron, salvo por una luz encendida en el antiguo granero anexo. La puerta principal de la vivienda estaba abierta. Dentro, el polvo y el olor a madera húmeda daban la impresión de un lugar detenido en el tiempo.

Un llanto de bebé rompió la oscuridad.

Venía del granero.

Sebastián no esperó al protocolo.

Empujó la puerta de un golpe.

Allí estaba Beatriz.

Sentada en una vieja silla junto a una mesa de trabajo. Tenía a Mateo en brazos, envuelto todavía en la manta gris, y una pequeña maleta abierta a sus pies. Sobre la mesa había documentos, dinero en efectivo y un pasaporte.

Pero lo más estremecedor era su expresión.

Ya no parecía arrogante.

Parecía rota.

—No des un paso más —dijo, aunque su voz no tenía la fuerza de antes.

Sebastián avanzó igual, despacio, con las manos visibles.

—Dame a mi hijo.

Beatriz apretó al bebé, que lloraba cada vez más.

—No entiendes. Si no cumplo, vendrán por mí.

—Que vengan.

—No solo por mí —susurró ella, con ojos desorbitados—. Por todos.

Leiva y los agentes aparecieron detrás de Sebastián, armados pero sin invadir aún el espacio.

—Señora Beatriz, entréguenos al menor —ordenó el inspector.

Ella negó con la cabeza y soltó una carcajada breve, rota.

—Todo esto por un niño que ni siquiera habría importado si Ernesto me hubiera dejado respirar.

Sebastián dio otro paso.

—Importa porque es mi hijo.

Beatriz lo miró largamente.

Por un segundo, pareció recordar que también era su nieto.

Luego el odio volvió.

—Tu esposa quería quitarme todo. Igual que tu padre.

—Nadie te quitó nada que no hubieras perdido sola.

El bebé lloró más fuerte.

Beatriz lo miró con un extraño terror, como si por fin comprendiera lo monstruoso del camino al que había llegado.

—Yo solo quería una salida...

—Y elegiste vender a un recién nacido.

El silencio cayó como una piedra.

Finalmente, muy despacio, Beatriz soltó un suspiro tembloroso y extendió al niño hacia Sebastián.

Él lo tomó de inmediato y lo apretó contra el pecho.

El alivio casi lo hizo caer.

Mateo lloraba, pero estaba vivo. Caliente. A salvo.

Cuando Sebastián levantó la vista, Beatriz ya no luchaba. Solo miraba una vieja caja de hierro al fondo del granero.

Leiva siguió su mirada.

—¿Qué hay ahí?

Beatriz sonrió con una amargura devastada.

—La prueba de que esto empezó hace mucho más de lo que creen.

Dentro de la caja encontraron contratos viejos, registros de pagos, fotografías antiguas... y la evidencia de aquel caso de hace catorce años que Ernesto había enterrado.

Pero Sebastián apenas pudo procesarlo.

Porque mientras los agentes esposaban a Beatriz, ella lo miró por última vez y dijo algo que convirtió la liberación de Mateo en otra herida abierta:

May you like

—Tu padre me detuvo una vez... porque el bebé que iban a llevarse entonces no era ajeno. También era sangre de esta familia.

chapter

Related Stories

Other posts