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Chapter 4 - LA CLÍNICA TENÍA UN ARCHIVO CON EL NOMBRE DE LUCÍALa desaparición de Beatriz desató el caos.

Sebastián ordenó revisar la casa completa. El salón azul tenía la ventana lateral abierta y una silla movida junto a la pared. No podía haber ido demasiado lejos, pero el solo hecho de que escapara confirmaba que sabía lo grave que era todo.

Lucía abrazó a Mateo con más fuerza.

—Va a intentar llegar antes que nosotros a la clínica.

Sebastián pensó lo mismo.

Dejó a dos guardias registrando la mansión, pidió a Ramona que subiera a buscar una manta extra para el bebé y salió con Lucía hacia el coche. Lloviznaba apenas, lo suficiente para que la noche se sintiera más fría y más peligrosa.

Durante el trayecto a la clínica San Jerónimo, nadie habló los primeros minutos.

Mateo por fin se había calmado y dormía contra el pecho de su madre, ajeno aún al abismo en el que estaba su familia. Lucía miraba por la ventana, tensa, como si esperara ver el coche de Beatriz en cada semáforo.

Sebastián conducía con una sola idea fija: llegar antes de que Salas borrara todo.

—Debí verte antes —dijo de pronto, con la voz áspera—. Debí darme cuenta de algo.

Lucía lo miró.

—Ahora sí me estás viendo.

Aquella frase le dolió más que una acusación.

La clínica los recibió con silencio de madrugada y brillo aséptico. Sebastián no pasó por admisión. Mostró la tarjeta de acceso del doctor Salas y condujo a Lucía directamente por el corredor privado del ala médica.

Un vigilante nocturno quiso detenerlos.

—Señor, no puede entrar ahí.

Sebastián lo fulminó con la mirada.

—Mi hijo nació aquí y alguien intentó secuestrarlo usando documentos de esta clínica. Si quiere detenerme, llame a la policía ahora mismo y explíqueles por qué me impide recuperar pruebas.

El vigilante palideció y se apartó.

El archivo 3B estaba detrás de una puerta gris de seguridad. La tarjeta de acceso abrió el primer cierre. La pequeña llave abrió un archivador metálico dentro del cuarto.

Sebastián lo abrió con manos tensas.

Dentro había carpetas con nombres y fechas.

Una de ellas llevaba escrito en rotulador negro:

LUCÍA VALDÉS / POSPARTO

Otra, más fina, decía:

MATEO V. / TRASLADO AUTORIZADO

Lucía casi dejó de respirar.

Sebastián abrió primero la carpeta de Lucía.

Dentro encontró un informe médico firmado por Salas donde se la describía como “paciente con riesgo de episodio psicótico posparto, comportamiento posesivo y probable incapacidad temporal para el cuidado del recién nacido.”

Bajo ese informe había una orden de sedación preventiva.

Lucía rompió a llorar.

—Yo nunca vi eso...

—Porque nunca debiste verlo —murmuró Sebastián.

Pasó a la carpeta de Mateo.

Lo que encontró le dio náuseas.

Había una autorización de traslado neonatal a una “unidad especializada”, firmada con una burda copia de la firma de Lucía. Junto a ella, un formulario de cesión temporal por razones de salud materna y una ficha de salida prevista para las seis de la mañana del día siguiente.

Todo estaba listo.

El niño iba a desaparecer legalmente.

Lucía tuvo que apoyarse en una silla.

—Si no volvías esta noche...

No terminó la frase.

No hacía falta.

Sebastián siguió revisando y encontró una fotografía más. Era la misma imagen del bebé que había caído del bolso de Beatriz, pero al reverso había un número de expediente y una nota manuscrita: “confirmar entrega al llegar el comprador.”

El horror ya no admitía interpretación.

De pronto se oyó un ruido detrás de la puerta.

Sebastián cerró el archivador de golpe y se volvió.

El doctor Salas estaba allí.

Traje oscuro. Rostro pálido. Un maletín en la mano. Y detrás de él, una enfermera de unos cincuenta años que parecía no saber si debía huir o quedarse.

Salas levantó ambas manos muy despacio.

—Puedo explicarlo.

Sebastián se adelantó como una tormenta contenida.

—Empieza por el informe psiquiátrico falso.

Salas miró la carpeta en sus manos y entendió que ya no tenía salida limpia.

—Las cosas se complicaron —dijo—. Su madre estaba desesperada.

Lucía soltó una risa rota.

—¿Y por eso ibas a drogarme y robarme a mi hijo?

La enfermera, todavía detrás de Salas, tragó saliva y alzó de pronto la voz.

—No fue así al principio.

Todos la miraron.

Salas palideció.

—Teresa, cállate.

Pero la mujer ya no parecía dispuesta.

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—Yo vi cuándo cambió todo —dijo con lágrimas contenidas—. Y si él abre la última carpeta, va a entender por qué Beatriz estaba tan desesperada por sacar al niño de la familia antes del amanecer.

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