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Chapter 7 - LOS COMPRADORES YA ESTABAN EN LA CASAEl silencio duró apenas un segundo.

Luego se oyeron voces masculinas en el vestíbulo, pasos firmes y la tensión inmediata del personal de seguridad intentando contener a personas que claramente no estaban allí para una visita cordial.

Sebastián se volvió hacia Ramona.

—Llévate a Lucía y al bebé al cuarto de costura del ala norte. Cierra por dentro. No abras a nadie salvo a mí.

Lucía negó de inmediato.

—No pienso esconderme otra vez.

Él la miró con ternura feroz.

—No te estoy escondiendo. Estoy protegiendo a Mateo.

Eso bastó.

Ramona las condujo por el corredor lateral mientras Sebastián mantenía a Beatriz a la vista. La mujer parecía escuchar las voces de abajo con una mezcla enfermiza de alivio y pánico.

—Diles que se vayan —ordenó Sebastián.

Beatriz soltó una risa rota.

—Ya no obedecen palabras. Solo contratos.

Sebastián salió del despacho y bajó la escalera principal. En el vestíbulo lo esperaban dos hombres desconocidos de traje oscuro y un tercero más mayor, elegante, con acento extranjero: Eduardo Bianchi. El nombre de la tarjeta.

Los guardias de la mansión estaban tensos, pero no habían llegado aún al enfrentamiento físico.

Bianchi sonrió apenas al ver a Sebastián.

—Señor Valdés. Lamento la confusión. Venimos a recoger documentación pendiente.

—Se equivocó de casa.

Bianchi no perdió la compostura.

—Me temo que no.

Mostró una carpeta de cuero.

—Su madre y yo teníamos un acuerdo.

Sebastián descendió el último escalón muy despacio.

—Ese acuerdo terminó cuando decidió tocar a mi familia.

Bianchi entrecerró los ojos.

—No es aconsejable incumplir cuando hay dinero de por medio.

La amenaza era evidente.

—Ni vender un niño —respondió Sebastián.

El hombre dejó de fingir cortesía.

—Entonces ya sabe demasiado.

Uno de los guardias de Sebastián dio un paso al frente, pero Bianchi levantó la mano.

—No he venido a causar escándalo. Solo quiero aquello por lo que pagué un anticipo.

Las palabras hicieron hervir la sangre de Sebastián.

En ese instante se oyó un pequeño sonido electrónico desde la planta superior.

Un llanto tenue.

Ampliado.

Distante.

El monitor del bebé.

Bianchi levantó la vista de inmediato.

También uno de sus hombres.

Demasiado tarde Sebastián entendió el error: al mover a Lucía al ala norte, el transmisor del monitor seguía activo en el cuarto principal del niño.

Bianchi sonrió apenas.

—Así que el bebé sigue aquí.

Y todo estalló.

Uno de sus hombres empujó al guardia más cercano. El segundo se lanzó hacia la escalera lateral. Sebastián golpeó a Bianchi en pleno rostro antes de que terminara de reaccionar. El hombre cayó sobre una mesa de mármol y tiró al suelo un jarrón enorme.

El vestíbulo se llenó de gritos.

Los guardias forcejearon con los otros dos.

Sebastián corrió hacia la escalera lateral al ver que uno de ellos había escapado del control y subía en dirección al ala norte.

No pensó.

No midió.

Subió tres escalones de un salto, lo alcanzó a mitad de rellano y lo derribó contra la baranda. El golpe sonó seco. El hombre intentó sacar algo del bolsillo, pero Sebastián le retorció el brazo hasta que una pequeña ampolla de sedante cayó al suelo.

Aquello confirmó que habían venido preparados para llevarse al niño por la fuerza.

Abajo, Bianchi se incorporaba con sangre en el labio y una ira helada.

—¡Esto no va a terminar aquí!

Sebastián volvió a bajar unos pasos y lo miró desde la escalera.

—Sí va a terminar. Y en prisión.

Desde el ala norte apareció de pronto Lucía, no escondida sino firme, con el bebé en brazos y una pequeña cámara en la mano.

Sebastián se quedó inmóvil.

—¿Qué haces aquí?

Lucía alzó la cámara, todavía respirando agitadamente.

—El monitor del bebé graba audio y video cuando detecta movimiento. Todo esto quedó registrado. Incluida su amenaza.

Bianchi palideció.

Beatriz, que había bajado a medias desde el despacho, cerró los ojos con una expresión derrotada.

Sebastián miró la cámara.

Luego a los hombres.

Luego a su madre.

Y cuando las sirenas de la policía empezaron a escucharse a lo lejos, Bianchi soltó una frase que abrió una nueva grieta en la noche:

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—No sé qué le sorprende tanto, Valdés. Su madre no fue la primera en ofrecer un hijo de esta familia.

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