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Chapter 3 - EL MÉDICO YA HABÍA PREPARADO A LA MADRESebastián no respondió enseguida.

Apretó el teléfono contra la oreja mientras sentía que todo el vestíbulo se contraía a su alrededor. Lucía lo miraba con el rostro descompuesto. Ramona había retrocedido un paso, como si temiera que hasta el aire de la casa estuviera contaminado.

Del otro lado de la línea, la voz del doctor Salas sonó otra vez, más impaciente.

—Beatriz, ¿sigues ahí? No podemos retrasarlo. Si la muchacha empieza a hablar con alguien, el informe psiquiátrico no servirá mañana.

Sebastián cerró los ojos un segundo.

—No habla Beatriz —dijo al fin—. Habla Sebastián.

El silencio al otro lado fue brutal.

Luego, un clic.

La llamada se cortó.

Lucía dejó escapar una respiración temblorosa.

—¿Oíste? —preguntó—. Querían sedarme...

—Y tenían un informe psiquiátrico listo —respondió él, todavía helado.

Aquello daba sentido a demasiadas cosas.

Los últimos días después del parto, Beatriz insistió constantemente en que Lucía descansara, tomara “infusiones calmantes”, evitara amamantar si se sentía “demasiado emocional”. También había traído al doctor Salas dos veces sin que Sebastián lo supiera, siempre en horas en que él estaba resolviendo asuntos de la empresa.

De pronto, el retrato completo empezó a mostrarse.

No querían solo separar a Lucía del bebé.

Querían convertirla en una madre incapaz sobre el papel.

Sebastián guardó el teléfono en el bolsillo y volvió los ojos hacia Ramona.

—Dime la verdad. ¿Has visto algo?

La mujer anciana tragó saliva.

—No todo, señor... pero sí demasiado.

—Entonces habla.

Ramona se secó las manos en el delantal, nerviosa.

—La señora Beatriz recibió a un hombre extranjero hace tres noches en su despacho. Cerró la puerta, pero yo llevé café y escuché que hablaban del niño... y del dinero que iba a “salvarlo todo”. Luego me ordenó que no comentara nada.

Lucía apretó los labios con rabia.

—Yo escuché la parte del precio.

Ramona asintió.

—También vi al doctor Salas subir a su habitación esta mañana con una carpeta. Dijo que era “por el bienestar de la señora Lucía”.

Sebastián sintió un impulso feroz de ir al salón azul y arrancarle la verdad a su madre a golpes de preguntas. Pero había algo más importante todavía: proteger a Lucía y al bebé.

Se arrodilló frente a su esposa.

—Mírame. Desde este momento no tomas nada que no veamos juntos. No te separas de Mateo ni un segundo. Y si tienes escondida esa pulsera del hospital, necesito verla.

Lucía asintió. Con una mano temblorosa metió los dedos en el bolsillo interior de su vestido y sacó una pequeña pulsera plástica de recién nacido.

Nombre: Mateo Valdés

Hora de nacimiento.

Número de historia clínica.

Sebastián la observó con el corazón acelerado.

—¿Por qué la escondiste?

—Porque la vi revisando sus cosas en la habitación del bebé. Luego encontré otra pulsera en su bolso, igual... pero con una numeración diferente.

El aire se volvió helado.

—¿Una pulsera falsa?

Lucía lo miró con los ojos llenos de horror.

—No sé si falsa... o de otro traslado. Pero desde que la vi, entendí que ya no solo estaba loca por el dinero. Estaba organizando algo con el hospital.

Sebastián apretó la mandíbula.

Había demasiadas variables oscuras: tutelas, certificados, transferencias, sedantes, un médico cómplice y un intermediario privado. Todo en torno a un recién nacido de apenas nueve días.

En ese momento, uno de los guardias apareció de nuevo.

—Señor... la señora Beatriz exige ver a su abogado. Y dice que, si no la deja hablar ahora mismo, usted lamentará abrir ese sobre.

Sebastián no se movió.

—Que espere.

El guardia dudó.

—Hay algo más. En el bolso encontramos una llave pequeña y una tarjeta de acceso del ala médica de la clínica San Jerónimo.

Lucía se estremeció de inmediato.

—Esa fue la clínica donde nació Mateo.

Sebastián extendió la mano. El guardia le entregó ambos objetos.

La llave tenía una etiqueta apenas visible: archivo 3B.

La tarjeta de acceso llevaba el nombre del doctor Salas en relieve.

Lucía respiró con dificultad.

—Sebastián... si hay un archivo, ahí tiene que estar todo.

Él apretó la pequeña llave entre los dedos.

Sabía que la clínica cerraba archivos físicos de madrugada y que la familia Valdés tenía acceso privilegiado allí. Sabía también que, si Salas acababa de descubrir que él contestó la llamada, podía intentar borrar pruebas en cualquier momento.

Miró a Lucía.

Miró al bebé.

Miró la llave.

Tomó una decisión.

—Nos vamos ahora mismo a la clínica.

Pero antes de que pudieran avanzar hacia la puerta, el mismo guardia regresó corriendo, pálido, con una noticia que cambió otra vez el rumbo de la noche:

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—Señor... la señora Beatriz ya no está en el salón azul.

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