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Chapter 6 - EL DESPACHO DE ERNESTO ESCONDÍA EL ORIGEN DEL MONSTRUOLa mansión estaba casi a oscuras cuando regresaron.

Ramona los esperaba en la entrada con los ojos llenos de terror.

—La señora Beatriz volvió hace veinte minutos —dijo—. Entró por la terraza del ala oeste. Fue directo al despacho del señor Ernesto.

Sebastián le entregó a Ramona la carpeta roja y le pidió que llamara discretamente a su abogado de confianza y a la policía, sin usar la línea principal de la casa. Luego tomó a Lucía del brazo con delicadeza.

—Tú no subes sola.

Lucía asintió, agotada pero firme, con Mateo dormido otra vez entre sus brazos.

El despacho viejo de Ernesto Valdés seguía casi intacto desde la muerte del padre de Sebastián. Paredes de madera oscura. Libros jurídicos. Un reloj antiguo. Un escritorio pesado de nogal. Beatriz odiaba esa habitación porque, según decía, “olía demasiado a hombres muertos y secretos sin utilidad.”

Aquella noche, sin embargo, era justo allí donde había corrido.

La puerta estaba entornada.

Dentro se oía el sonido apurado de cajones abriéndose y papeles siendo arrancados.

Sebastián empujó la puerta.

Beatriz estaba frente al escritorio, despeinada, temblando, con varias carpetas abiertas alrededor. Al verlos entrar, se congeló.

—Sal de ahí —dijo Sebastián.

Ella apretó un sobre grueso contra el pecho.

—Todavía puedo arreglar esto.

Lucía soltó una risa incrédula.

—¿Vendiéndonos a todos?

Beatriz clavó los ojos en el bebé.

—No entiendes lo que significa no tener salida.

Sebastián avanzó un paso.

—Dame el sobre.

—No.

Por primera vez, la mujer no parecía altiva. Parecía acorralada. Y eso la volvía más peligrosa.

—Mi padre sabía algo, ¿verdad? —preguntó Sebastián—. Algo sobre tus deudas.

Beatriz respiró con dificultad.

—Tu padre no sabía “algo”. Tu padre sabía todo.

La frase lo golpeó de lleno.

—¿Qué quieres decir?

Ella soltó el sobre sobre el escritorio y abrió con torpeza un cajón lateral.

—Que Ernesto fue el primero en cubrirme. El primero en pagar. El primero en enseñarme que esta familia no sobrevive por moral, sino por dinero.

Lucía dio un paso atrás, horrorizada.

Beatriz sacó por fin una carpeta negra y la lanzó sobre la mesa.

—Ábrela. Ya que tanto quieres verdad.

Sebastián la tomó con manos tensas.

Dentro había préstamos firmados a nombre de Beatriz, pagarés saldados parcialmente por Ernesto y cartas bancarias donde se detallaba que, en secreto, el patrimonio personal del viejo Valdés había rescatado a su esposa de pérdidas enormes durante años. Había también una carta manuscrita de Ernesto, fechada seis meses antes de morir.

Sebastián la leyó en silencio.

“Beatriz: esta es la última vez que cubriré tus deudas. Si vuelves a poner en riesgo la seguridad del patrimonio o de la familia, informaré a Sebastián y bloquearé todo acceso a las reservas. No permitiré que toques lo que le corresponde a su futuro hijo.”

Lucía se llevó una mano a la boca.

Beatriz rió con amargura.

—¿Lo ves? Él me dejó sin salida. Me cercó. Me condenó a caer sola mientras protegía a un niño que ni siquiera había nacido.

Sebastián levantó la vista lentamente.

—No te condenó él. Te condenaste tú.

Beatriz lo miró con un odio seco.

—Hablas porque todavía no entiendes. Después de la muerte de tu padre, los acreedores ya no querían promesas. Querían pago. Y cuando Lucía quedó embarazada, todos esos papeles dejaron claro que el bebé era la llave. Para el fideicomiso. Para el dinero. Para todo.

Lucía abrazó a Mateo con más fuerza, como si quisiera borrar del aire la sola idea de que alguien lo hubiera visto como una “llave”.

Sebastián apretó la carta en la mano.

—Así que decidiste venderlo.

—Decidí sobrevivir.

Ramona apareció en la puerta, pálida.

—Señor... la policía está en camino. Pero hay dos hombres preguntando por la señora Beatriz en la entrada de servicio.

Beatriz cerró los ojos un segundo.

—Ya vienen por su pago.

El aire de la habitación se volvió glacial.

Lucía palideció.

Sebastián comprendió de inmediato lo que eso significaba: no solo había documentos y planes legales. Había gente real esperando llevarse al niño.

Y el sonido que llegó desde el piso de abajo confirmó que el tiempo ya se había terminado.

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La puerta principal acababa de abrirse.

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