Chapter 2 - EL SOBRE TENÍA EL NOMBRE DEL NIÑOSebastián abrió el sobre con dedos rígidos.

Lucía seguía sentada en el suelo, abrazando al bebé contra el pecho mientras intentaba recuperar el aliento. Una empleada del servicio, Ramona, apareció al fondo del corredor al oír el escándalo, pero se quedó inmóvil al ver la escena.
Dentro del sobre había varios documentos oficiales.
Lo primero que Sebastián reconoció fue una copia del certificado de nacimiento de Mateo.
Luego apareció algo peor.
Un formulario de tutela temporal a nombre de una supuesta fundación pediátrica, con una firma falsificada de Lucía y otra que imitaba, de manera grotesca, la suya. Debajo, sujetos con un clip metálico, había dos recibos por transferencias bancarias, una reserva de vuelo para el día siguiente y una hoja con la fotografía del bebé pegada en una esquina.
Sebastián sintió que la sangre se le congelaba.
—¿Qué es esto? —preguntó sin levantar la voz.
La calma de esa pregunta resultó más aterradora que un grito.
Beatriz tragó saliva.
—No es lo que parece.
Lucía soltó una risa rota, desesperada.
—¡Claro que es lo que parece! ¡Ibas a entregarlo!
Sebastián se volvió hacia ella.
—¿Tú sabías esto?
Lucía asintió con lágrimas en los ojos.
—La escuché en su despacho. Hablaba con alguien sobre “el niño”, “el precio” y “el vuelo”. Cuando entré, escondió todo. Luego me siguió hasta el vestíbulo y trató de quitármelo de los brazos.
Beatriz dio un paso adelante.
—¡Miente! Es una mujer inestable. El parto la dejó alterada.
Lucía apretó al bebé todavía más fuerte.
—¡No vuelvas a llamarme loca!
Sebastián bajó la vista al segundo documento. Era una autorización médica de traslado de un recién nacido. El nombre de Mateo estaba escrito con claridad. Y al pie figuraba la firma del doctor Salas, el médico privado que había atendido a Beatriz durante años.
—¿Salas está metido en esto? —preguntó.
Beatriz guardó silencio.
Ese silencio fue una confesión.
Ramona, desde el umbral, se llevó una mano a la boca.
—Dios mío...
Sebastián levantó la mirada.
—Ramona, trae a alguien para ayudar a Lucía a levantarse. Y llama a seguridad. Mi madre no sale de esta casa.
Beatriz reaccionó de inmediato.
—¡No te atrevas!
—Ya me atreví.
Lucía trató de ponerse de pie. Sebastián corrió a ayudarla, primero a ella, luego al bebé. El recién nacido seguía llorando con pequeños espasmos frágiles. Sebastián revisó con manos temblorosas que estuviera bien, que no se hubiera golpeado.
Lucía le susurró, aún estremecida:
—Tenía escondida también la pulsera del hospital. La verdadera. Temía que cambiara algo en sus papeles.
Sebastián la miró, confundido y alarmado.
—¿Qué pulsera?
Lucía respondió, casi sin voz:
—La de identificación que le pusieron al nacer.
Beatriz intervino con dureza.
—¡Basta!
Todos la miraron.
La mujer estaba más pálida que nunca.
—No tienen derecho a registrar mis cosas sin un abogado presente.
Sebastián volvió la vista a los recibos del sobre. Uno de ellos tenía un concepto que le heló la sangre: “anticipo confirmado”.
—¿Anticipo de qué?
Beatriz apretó la mandíbula.
—De una deuda. Solo eso.
—¿Y por qué la foto de mi hijo estaba junto al pago?
No respondió.
Seguridad llegó al vestíbulo: dos hombres corpulentos, confundidos, aún sin comprender el tamaño del escándalo. Sebastián les habló sin vacilar.
—La señora Beatriz permanece en el salón azul. No teléfono. No bolso. No visitas. Si intenta salir, me llaman a mí antes que a nadie.
Beatriz soltó una carcajada amarga.
—¿Vas a tratar a tu propia madre como a una criminal?
Sebastián la sostuvo con la mirada.
—Si hace falta, peor.
Los guardias la escoltaron con cautela. Ella no protestó más, pero al pasar junto a Lucía le lanzó una mirada cargada de odio puro.
Ramona ayudó a la joven a sentarse en un sillón cercano. Sebastián volvió a revisar los papeles. Entre los documentos encontró una tarjeta de presentación con un nombre que no reconocía: “Eduardo Bianchi — intermediación privada”.
En ese preciso momento, el teléfono que Sebastián había sacado del bolso de su madre comenzó a sonar.
La pantalla iluminó el nombre del contacto entrante.
DR. SALAS
Lucía palideció de inmediato.
—Contesta —dijo.
Sebastián miró el teléfono, luego los documentos, luego a su esposa aún abrazando al bebé.
Aceptó la llamada.
Y la primera frase que oyó terminó de confirmar que aquella noche recién comenzaba:
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—Beatriz, el sedante para la madre ya está listo. ¿A qué hora recogemos al niño?
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