Chapter 6 - LA CASA EN NEGROEl apagón cayó sobre la mansión como una emboscada.

Durante un segundo, todo desapareció: los contornos del pasillo secreto, el rostro agotado de Alicia, la expresión animal de Verónica, la maleta de Salas abierta en el suelo.
Mateo gritó.
Ramona también.
Adrián reaccionó por instinto. Rodeó a Alicia y a su hijo con el cuerpo, guardó la tarjeta de memoria en el bolsillo de su camisa y estiró una mano a ciegas para evitar que cualquiera se acercara.
Se oyó un forcejeo.
Un golpe.
La puerta del pasillo interior contra la pared.
Y luego la voz de Verónica, ya sin máscara alguna:
—¡Ahora!
Había alguien más en la casa.
No podía ser de otro modo.
Adrián apretó los dientes.
—Ramona, quédate con ellos.
Encendió la linterna de su teléfono. El haz de luz cortó la oscuridad justo a tiempo para ver a Salas intentando recoger la libreta de las dosis del suelo y a Verónica buscando a tientas la jeringa que había caído antes.
Adrián se abalanzó sobre el médico primero.
Lo empujó contra la pared metálica del pasillo. La maleta se abrió, tirando al suelo ampollas, documentos y un pequeño frasco sin etiqueta.
Salas jadeó de dolor.
—¡Estás empeorando todo!
Adrián le dio un golpe seco en la mandíbula.
—Tú ya lo empeoraste bastante.
Verónica consiguió tomar algo del suelo, pero no era la jeringa.
Era un llavero electrónico.
Corrió hacia la salida del pasillo secreto.
—¡Se va! —gritó Ramona.
Adrián quiso seguirla, pero en ese mismo instante oyó a Alicia ahogar un gemido.
Se volvió.
Ella intentaba incorporarse demasiado rápido de la cama, luchando contra meses de debilidad, pura adrenalina y terror a ser dejada atrás otra vez.
Mateo la sujetaba como podía.
—Mamá…
Adrián tomó una decisión inmediata.
Ató a Salas con el cable de un monitor arrancado y lo lanzó al suelo. No era una solución elegante, solo suficiente por unos minutos. Luego fue hacia Alicia.
—Vamos a sacarte de aquí.
Afuera, en la casa oscura, comenzaron a oírse puertas golpeando, pasos apresurados y un sonido más inquietante: el sistema de cerraduras automáticas activándose.
Verónica estaba cerrando la mansión por sectores.
—No puede salir nadie —murmuró Alicia, horrorizada—. Cuando activa el bloqueo, también corta la señal móvil del ala este.
Adrián miró su teléfono.
Sin señal.
Maldijo por lo bajo.
Ramona ayudó a Alicia a ponerse de pie. Ella apenas podía sostenerse, pero no estaba dispuesta a quedarse.
—Hay una salida secundaria —dijo—. Detrás del cuarto de máquinas del ala vieja.
Adrián tomó a Mateo con un brazo y sostuvo a Alicia con el otro lado del cuerpo.
—Muéstramela.
Empezaron a avanzar por el pasillo secreto guiados solo por la linterna.
Salas, tirado en el suelo, soltó una risa dolorida.
—No llegarán lejos. Ella no planeó esto para perder.
Adrián no se giró.
Pero las palabras quedaron vibrando.
Esa misma idea se confirmó al entrar de nuevo al corredor principal del ala este. Dos hombres de seguridad los esperaban al final del pasillo.
No eran empleados habituales de la casa.
Eran desconocidos. Más corpulentos. Más duros. Claramente contratados para algo que iba mucho más allá de proteger un patrimonio familiar.
Uno de ellos dio un paso al frente.
—La señora dijo que el niño vuelve a su habitación.
Mateo se aferró al cuello de su padre con pánico instantáneo.
Adrián avanzó despacio, dejando a Alicia apoyada en Ramona.
—Apártense.
El hombre sonrió con desgano.
—No.
La pelea fue rápida y brutal.
Adrián lanzó primero a Mateo hacia Ramona y se abalanzó sobre el guardia más cercano antes de que pudiera sacar la defensa retráctil. Lo golpeó en el cuello, lo empujó contra la pared y le arrebató el brazo cuando quiso responder.
El segundo se lanzó hacia Alicia.
Ella apenas pudo apartarse.
Ramona gritó.
Pero Mateo, con una lucidez nacida del puro miedo, le arrojó su peluche a la cara al hombre justo lo suficiente para distraerlo. Adrián giró y le dio un golpe en el estómago seguido de un empujón violento que lo hizo caer sobre una consola de vidrio.
El ruido del cristal resonó por la casa a oscuras.
No había tiempo para respirar.
—¡Rápido! —dijo Alicia—. Antes de que Verónica cierre el ala vieja.
Corrieron hacia la parte más antigua de la mansión, donde el mármol moderno cedía paso a paneles de madera y corredores menos reformados. La oscuridad era casi total allí.
Al doblar la esquina del salón de invierno, Adrián vio una figura quieta en el umbral de la biblioteca.
Era Lorenzo Funes, el abogado de la familia.
Traje impecable. Linterna en mano. Ninguna sorpresa en su rostro.
Solo una especie de resignación amarga.
—Sabía que tarde o temprano esto ocurriría —dijo.
Adrián sintió que el mundo se cerraba otra vez.
Otro nombre en la libreta.
Otra pieza de la red.
—¿También trabajas para ella? —preguntó.
Lorenzo miró a Alicia.
Luego a Mateo.
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Y por primera vez en toda la noche, alguien inesperado dijo algo que no sonó a mentira.
—No exactamente —respondió—. Y si quieren salir vivos, tendrán que escucharme ahora mismo.
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