Chapter 4 - LA HABITACIÓN DETRÁS DE LA PUERTA DE ACEROAdrián se quedó inmóvil apenas oyó los golpes.

No eran imaginaciones.
No eran caños ni corrientes de aire.
Era alguien.
Alguien vivo.
El pasillo secreto estaba impecablemente limpio, con una frialdad quirúrgica que hacía aún más monstruosa la idea de tenerlo oculto dentro de una mansión familiar. A un lado había un pequeño armario médico. Al otro, una mesa con vendas, jeringas, sueros y una libreta abierta con anotaciones que él no alcanzó a leer aún.
Los golpes volvieron a sonar.
Tres.
Después dos más, más débiles.
—¡Alicia! —gritó Adrián, avanzando hasta la puerta de acero—. ¡Alicia!
No obtuvo respuesta.
Solo una respiración agitada al otro lado.
Buscó la manija.
No cedió.
La puerta tenía teclado numérico y cerradura magnética.
Detrás de él, oyó pasos apresurados.
Se giró.
Verónica estaba a pocos metros, sosteniendo algo en la mano.
No era un arma de fuego.
Era una jeringa.
—No la toques —dijo con voz extrañamente serena—. Si la sacas ahora, podría morir.
La frase le produjo náuseas.
—¿La sedaste?
—La mantuve estable.
—La mantuviste prisionera.
Verónica apretó la jeringa hasta poner blancos los nudillos.
—No entiendes el cuadro completo. Si sale de aquí y habla, todo se cae.
—Entonces que se caiga.
Ella soltó una risa rota.
—Qué fácil es decirlo ahora. Hace un año no decías eso. Hace un año firmabas lo que te ponían delante mientras llorabas a una mujer que tú mismo dejaste sola demasiado tiempo.
La culpa quiso abrirse paso en él, pero ya no podía permitir que ella usara esa herida como arma.
—Dame el código.
—No.
—Dámelo, Verónica.
—No.
Él avanzó.
Ella levantó la jeringa como si realmente fuera a usarla.
—Si das otro paso, lo haré peor.
Adrián no se detuvo.
La inmovilizó de un golpe en la muñeca. La jeringa cayó al suelo y se deslizó hasta la pared. Verónica forcejeó con furia desesperada, pero él la sujetó con ambas manos y la empujó contra el mueble médico.
—¡El código!
Ella respiraba a sacudidas.
—Nunca debiste volver antes.
La frase lo golpeó como una confirmación espantosa: si él no hubiese regresado esa noche, algo iba a ocurrir. Algo definitivo.
De pronto una voz temblorosa sonó detrás de ellos.
—Señor.
Ramona estaba allí. No sola. Traía a Mateo agarrado a su falda.
—Le pedí que esperara, pero dijo que conocía el número.
Adrián se giró, alarmado y desconcertado al mismo tiempo.
—¿Qué número?
Mateo, pálido pero firme dentro de su miedo, señaló el teclado de la puerta.
—Lo vi una vez. Ella lo marcó delante de mí para entrar con el doctor.
Verónica empalideció de una manera nueva.
—No.
Mateo tragó saliva.
—Siete… nueve… cero… cuatro… uno.
Adrián introdujo la secuencia.
La luz roja del panel titiló.
Luego cambió a verde.
El cierre magnético se abrió con un clic seco.
Verónica soltó un sonido ahogado.
Adrián abrió la puerta de golpe.
La habitación interior era más grande de lo que esperaba.
Una cama clínica.
Monitores apagados.
Cortinas grises.
Un armario metálico.
Y en la cama, semincorporada con esfuerzo, estaba Alicia.
Más delgada.
Pálida.
Con el cabello castaño más corto y desordenado.
El rostro afilado por el encierro y la medicación.
Pero viva.
Absolutamente viva.
Mateo se quedó sin aire.
—Mamá…
Alicia levantó la cabeza al oír la voz de su hijo y luego la de Adrián.
Por un segundo, en sus ojos apareció incredulidad pura. Después, una emoción tan feroz que casi la quebró.
—Adrián…
Él cruzó la habitación como si todo lo demás dejara de existir. Se arrodilló junto a la cama. No se atrevió a tocarla enseguida, como si aún temiera que fuera un espejismo construido para destruirlo del todo.
—Dios mío.
Alicia alzó una mano débil y le rozó la mejilla.
—No estoy muerta.
Adrián soltó una risa rota que se mezcló con lágrimas que ni siquiera sintió llegar.
Mateo se lanzó hacia la cama, aún con el conejo apretado contra el pecho. Se abrazó a su madre con cuidado, temiendo romperla. Alicia lloró en silencio al sentirlo sobre ella.
La escena duró apenas segundos antes de que la realidad volviera a irrumpir.
Verónica habló desde la puerta con una desesperación fría.
—No tienen idea de lo que acaban de hacer.
Adrián se levantó lentamente.
—Se terminó.
Alicia, aún sosteniendo a Mateo con un brazo, alzó la mirada hacia Verónica. No había miedo puro en sus ojos. Había cansancio. Rabia. Y algo peor: certeza.
—No —susurró—. Apenas empieza.
Adrián la miró.
—¿Qué quieres decir?
Alicia respiró hondo, como si llevara demasiado tiempo guardando energía solo para ese momento.
—Verónica no trabajó sola.
El aire de la habitación se hizo más pesado.
—¿Quién más? —preguntó Adrián.
Alicia miró hacia el pasillo secreto.
Luego hacia la libreta abierta en la mesa auxiliar.
Y cuando volvió a mirarlo, su rostro se llenó de una urgencia terrible.
—Busca la libreta. Antes de que llegue Salas.
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Como si el nombre lo hubiera invocado, el sonido de un motor se oyó afuera.
Un coche acababa de entrar en la mansión.
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