Chapter 2 - EL NOMBRE DE LA MUERTAVerónica tardó unos segundos en incorporarse entre los cristales rotos.

No se movió con pánico.
Se movió con la clase de frialdad de alguien que siempre confiaba en poder volver a tomar el control, incluso después de caer.
—El niño está confundido —dijo, tocándose el brazo con gesto dramático—. Lo has asustado.
Adrián apenas la escuchó.
Toda su atención estaba en Mateo.
Sostenía a su hijo tan fuerte que el niño podía sentir el temblor de su pecho.
—Mírame —dijo Adrián, apartándose unos pasos de Verónica—. Mírame, Mateo. ¿Qué acabas de decir?
Mateo tragó saliva.
Las lágrimas seguían cayendo, pero en su rostro también había otra cosa: la tensión de un niño que había guardado un secreto enorme por demasiado tiempo.
—Mamá nunca murió —repitió—. Ella la escondió.
Verónica soltó una risa breve, falsa.
—Basta. Está delirando.
Adrián giró hacia ella con una mirada que la hizo callar.
—No digas una palabra.
Fue hacia el salón principal, aún con Mateo en brazos, y lo sentó en el sofá grande junto a la chimenea moderna. Se arrodilló frente a él. Tenía el rostro pálido, el corazón disparado y la mente retrocediendo a un año atrás.
Alicia.
Su esposa.
Oficialmente muerta en una clínica privada después de una hemorragia masiva tras un accidente de carretera.
El ataúd estuvo sellado.
El funeral fue rápido.
Verónica apareció entonces como amiga de la familia, supuesta mano de apoyo, mujer organizada y compasiva que ayudó a cuidar a Mateo mientras él se hundía en el duelo y en los problemas empresariales que vinieron después.
Ahora su hijo decía que Alicia nunca murió.
Adrián sentía ganas de negar la posibilidad solo para no volverse loco, pero algo en la voz de Mateo sonaba demasiado real.
—Cuéntamelo todo —dijo.
Mateo abrazó el peluche con más fuerza.
—Ella me dijo que si hablaba, tú desaparecerías también.
—No voy a desaparecer. Te lo juro.
El niño levantó los ojos.
—Una noche escuché a mamá.
Adrián sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Dónde?
Mateo señaló hacia el ala este de la mansión.
—Atrás de la pared. Donde no me dejan entrar.
Verónica apareció en el umbral del salón con el vestido todavía manchado por el vino y los restos de cristal.
—Adrián, eso es absurdo. Mateo ha estado soñando con Alicia desde hace meses. Te lo dije.
Él se puso de pie lentamente.
—¿Y también soñó que lo encerraste en un compartimento?
Ella abrió la boca, pero Adrián no le dio tiempo.
—Fuera.
—Esta es mi casa también.
—No hoy.
El tono de su voz dejó claro que no estaba discutiendo.
Verónica se irguió, intentando recuperar superioridad.
—Si sigues alterándote así delante del niño, llamaré a un médico.
Mateo se estremeció al oír la palabra.
Adrián lo notó al instante.
—¿Por qué te asusta eso?
El niño apretó la mandíbula.
—Porque ella trae al doctor Salas cuando yo digo cosas.
El nombre encajó en la memoria de Adrián como una pieza maldita.
Dr. Salas.
El médico de la clínica que certificó la muerte de Alicia.
El mismo que, en los meses siguientes, insistió varias veces en que Mateo estaba “expresando fantasías compensatorias por duelo no resuelto”.
De pronto, lo que antes parecía un tratamiento psicológico torpe empezó a oler a encubrimiento.
Verónica dio un paso atrás, percibiendo que la conversación se le estaba escapando de las manos.
—No voy a quedarme aquí para que me humillen con delirios infantiles.
Giró para marcharse.
Adrián la detuvo con una sola frase.
—Si cruzas esa puerta, llamaré a la policía antes de que llegues al jardín.
Verónica se quedó quieta.
No se giró enseguida.
Cuando lo hizo, ya no quedaba dulzura fingida.
Solo cálculo.
—Entonces llámala.
Aquella respuesta le resultó demasiado segura.
Como si ella creyera que aún tenía algo con qué sostenerse.
Adrián no reaccionó de inmediato. Volvió junto a Mateo.
—Hijo, necesito que me cuentes lo de mamá. ¿La viste?
Mateo asintió, muy poco.
—No bien… no siempre. Pero la escuché llorar. Y una vez vi su mano.
El aire de la sala se volvió helado.
—¿Dónde?
—En el pasillo del ala este. Detrás de la puerta gris. Verónica me dijo que eran tuberías.
Adrián conocía esa puerta gris.
Una puerta de servicio empotrada casi al final del corredor este, cerca del antiguo despacho de su abuelo. Siempre permanecía cerrada y, en teoría, conducía a una zona de mantenimiento sin uso.
Nunca le prestó atención.
Ahora cada detalle de la casa se volvía sospechoso.
Ramona, la ama de llaves, apareció en el salón con el rostro blanco.
Era una mujer de sesenta años, discreta, que servía a la familia desde antes incluso de que Adrián se casara.
Vio el desastre del corredor, a Mateo llorando y a Verónica rígida junto a la puerta.
—Señor… ¿qué ha pasado?
Adrián la miró.
—¿Sabías lo del compartimento?
Ramona palideció aún más.
Su silencio bastó para despertar otra capa de horror.
—Hable —ordenó Adrián.
La mujer empezó a temblar.
—Yo… yo solo vi una vez que el niño salía de ahí llorando. La señora Verónica dijo que era un castigo. Quise avisarle cuando estaba de viaje, pero el teléfono desapareció de mi habitación dos veces.
Adrián sintió rabia, culpa y vergüenza al mismo tiempo.
—¿Y lo de la puerta gris?
Ramona bajó la mirada.
—Antes llegaban bandejas de comida allí. Dos veces al día. Me dijeron que era para un fisioterapeuta de la señora.
Verónica intervino con brusquedad.
—Basta, Ramona.
Pero la mujer ya había cruzado un punto del que no podía volver.
—También oí… una mujer cantar una vez.
El corazón de Adrián dio un vuelco.
Alicia cantaba siempre la misma nana a Mateo cuando era pequeño. Una melodía suave, vieja, que él podía reconocer entre cien.
Mateo alzó la cabeza con los ojos muy abiertos.
—La misma canción del conejo.
Entonces, como si el destino necesitara clavar aún más profundo el cuchillo, una vibración apagada surgió del bolsillo del peluche que el niño seguía abrazando.
Todos se quedaron inmóviles.
Mateo frunció el ceño.
—No sabía que estaba ahí.
Adrián tomó con cuidado el conejo y encontró, escondido en un bolsillo cosido en el forro, un pequeño dispositivo de grabación del tamaño de una llave.
Parpadeaba en rojo.
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Y en su pantalla solo aparecían tres palabras:
“PARA ADRIÁN — URGENTE.”
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