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Chapter 3 - LA VOZ DENTRO DEL CONEJOAdrián sintió un vértigo casi físico al sostener el pequeño grabador entre los dedos.

Lo volvió entre las manos, incrédulo. No pertenecía a ningún objeto de la casa. Alguien lo había escondido dentro del peluche de Mateo con intención clara de que, tarde o temprano, él lo encontrara.

Verónica dio un paso.

—Dámelo.

Él levantó la mirada.

—Ni te acerques.

Mateo retrocedió en el sofá, todavía asustado pero ahora atento a cada movimiento. Ramona permanecía junto a la puerta, como si hubiera comprendido que la noche había dejado de ser recuperable.

Adrián pulsó el botón.

Al principio solo se oyó estática.

Luego, una respiración temblorosa.

Y finalmente una voz que le arrancó el aire del pecho.

—Adrián… si estás escuchando esto, sigo viva.

Era Alicia.

No un recuerdo.

No una alucinación.

Su voz.

Más débil. Más cansada. Pero inconfundible.

Mateo soltó un pequeño sollozo.

Ramona se cubrió la boca con ambas manos.

Verónica cerró los ojos un segundo, como si hubiera esperado ese momento y aun así no pudiera soportarlo.

La grabación siguió.

—No sé cuánto tiempo podré seguir dejando mensajes. Verónica me tiene encerrada. No estoy muerta. El accidente fue real, pero después del hospital me sedaron y me trajeron de vuelta a la casa. Si Mateo te entrega el conejo, significa que aún no ha logrado sacarme de aquí… o que ya viene por mí.

Adrián se dejó caer en el brazo del sofá, sin apartar la vista del grabador.

La voz de Alicia seguía, ahora más urgente.

—No confíes en Salas. Él falsificó los certificados. Y no entres solo por la puerta gris. Detrás hay más de un cierre. Busca el interruptor escondido detrás del cuadro de la mujer azul en el ala este. Y si Verónica te dice que perdí la razón… no le creas.

La grabación terminó con un chasquido seco.

El silencio posterior fue insoportable.

Adrián tardó varios segundos en poder respirar otra vez.

Verónica ya no tenía salida verbal sencilla. Su rostro, antes siempre controlado, mostraba por primera vez una grieta auténtica.

—Eso puede ser una grabación vieja —dijo al fin—. No prueba que siga aquí.

Adrián la miró como si no la reconociera.

—¿La tuviste encerrada en esta casa?

—No entiendes nada.

—Explícamelo, entonces.

Verónica apretó la mandíbula.

—Ella no estaba bien. Después del accidente se volvió inestable. Violenta. El médico recomendó aislarla mientras tú viajabas y cerrabas los asuntos de la empresa.

Ramona soltó un gemido horrorizado.

Mateo empezó a llorar otra vez, no de miedo inmediato, sino del peso insoportable de escuchar a aquella mujer hablar de su madre como de un objeto almacenado.

Adrián se acercó a Verónica un paso.

—¿Y fingiste su muerte?

—Era la única manera de protegerlo todo.

La frase salió demasiado rápido.

Demasiado verdadera.

Adrián la oyó.

Ramona también.

Mateo no entendió del todo el sentido de “todo”, pero entendió suficiente para abrazar sus piernas y esconderse tras él.

—¿Proteger qué? —preguntó Adrián.

Verónica se irguió, fría otra vez, pero ya sin la máscara de inocencia.

—Tu apellido. La empresa. A Mateo. A ti.

—¿De ella?

—De lo que descubrió.

Aquella respuesta abrió otro abismo.

No era solo celos, obsesión o locura.

Había algo más grande.

Alicia había descubierto algo.

Adrián sintió que la noche crecía a su alrededor con nuevas paredes.

—¿Qué descubrió?

Verónica sonrió muy levemente.

—Eso tendrías que preguntárselo a ella… si llegas a encontrarla a tiempo.

La amenaza apenas disfrazada hizo que Ramona retrocediera un paso.

Adrián no respondió.

Volvió junto a Mateo, lo tomó de la mano y miró hacia el ala este.

El cuadro de la mujer azul.

Sí, sabía cuál era. Un retrato moderno colgado cerca de la puerta gris, resto de una colección que Alicia había reorganizado meses antes.

—Ramona —dijo—. Llévate a Mateo a la sala pequeña. Cierra con llave. No abras a nadie salvo a mí.

Mateo apretó su mano con desesperación.

—No me dejes.

Adrián se arrodilló.

—No voy a irme de la casa. Solo voy a buscar a mamá.

Los ojos del niño se llenaron de una esperanza aterrada.

—¿De verdad?

—De verdad.

Mateo lo abrazó con fuerza. Adrián sintió la delgadez del cuerpo de su hijo, el temblor todavía corriendo por él, y todo se redujo a una sola certeza: ya había perdido demasiado tiempo.

Ramona se llevó al niño.

Verónica aprovechó ese instante.

Corrió.

No hacia la puerta principal, sino hacia el corredor opuesto, probablemente buscando ganar tiempo, destruir pruebas o activar a alguien más.

Adrián reaccionó enseguida. La siguió por el pasillo, la alcanzó antes de que doblara la esquina y la sujetó del brazo.

Ella giró con furia animal y le clavó las uñas.

—¡Suéltame!

—No hasta que me digas dónde está.

—¡No lo entenderías!

—Haz la prueba.

Verónica se debatió, jadeando.

Sus ojos brillaron con una mezcla de odio y miedo.

—Está viva porque yo decidí que lo estuviera.

Aquella frase heló la sangre de Adrián.

No era una negación.

Era una confesión cruelmente orgullosa.

La soltó de golpe, no por clemencia, sino porque ya no podía soportar tocarla.

Fue hacia el ala este.

El corredor parecía distinto ahora, más largo, más frío, como si cada paso lo acercara a una verdad capaz de destrozar el pasado completo.

Encontró el cuadro de la mujer azul.

Lo arrancó de la pared.

Detrás había un pequeño interruptor metálico empotrado en la madera.

Lo pulsó.

Se oyó un sonido interno.

Un mecanismo escondido.

La puerta gris se entreabrió apenas.

Adrián la empujó.

Dentro había un pasillo estrecho, luces tenues y olor a desinfectante.

No parecía una zona de mantenimiento.

Parecía una clínica improvisada.

Y al fondo, detrás de una segunda puerta de acero, algo golpeó desde dentro.

Tres veces.

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Secas.

Humanas.

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