Chapter 7 - LA MUJER QUE SABÍA DEMASIADOLa mansión Valmont parecía tranquila cuando Adrian regresó.

Demasiado tranquila.
Lucy jugaba en la sala infantil con bloques de madera. Martha estaba con ella, sentada en un sillón, exactamente como debía estar. Al ver entrar a Adrian, la ama de llaves se puso de pie con una mezcla visible de alivio y nerviosismo.
Lucy corrió hacia él.
—¿Encontraste a la mamá de Eva?
Adrian la alzó en brazos.
—Todavía no.
Luego miró a Martha.
—Necesito hablar contigo. Ahora.
Martha palideció.
Lucy notó la tensión enseguida.
—¿Estoy en problemas?
Adrian besó su frente.
—No, cariño. Ve con la señora Beatrice un rato, ¿sí?
Cuando la niña salió, Pierce cerró la puerta del salón.
Martha empezó a temblar antes incluso de que le mostraran la nota.
—¿Reconoce esto?
La mujer la miró y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí.
Adrian se quedó inmóvil.
—Entonces tú escribiste esto.
Ella asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
Martha se llevó ambas manos al rostro.
—Porque no sabía cuánto más tiempo podía callar.
Adrian sintió una furia fría, más peligrosa que un grito.
—Empieza.
Martha tardó unos segundos en poder hablar.
—Yo conocí a Elena.
El nombre cayó entre ellos con el peso de todo lo que había faltado.
—¿Cuánto sabías?
—No todo al principio. Julian me pidió hace años que llevara comida y ropa a la casa del lago. Dijo que ayudaba a una amiga con problemas. Después vi a Elena. Vi al bebé. Y entendí que no era una amiga cualquiera.
Adrian apretó la mandíbula.
—¿Y aun así no me lo dijiste?
Las lágrimas de Martha rodaron.
—Intenté decírselo dos veces. La primera, Julian me amenazó. La segunda, fue Vivienne. Me dijo que si abría la boca, me culparía de robo y haría que perdiera a mi nieto, que estaba bajo custodia compartida.
Pierce tomó nota sin interrumpir.
Martha continuó:
—Cuando trajeron a Eva a la mansión, pensé que sería por poco tiempo. Dijeron que Elena estaba enferma y que la niña estaría segura aquí. Después dejaron de subirla al ala de servicio y oí los golpes detrás de la pared. Quise sacarla... pero tuve miedo.
Adrian la miró con un dolor casi insoportable.
—Lucy la encontró antes que tú te atrevieras.
Martha bajó la cabeza.
—Sí.
Aquello era cierto y cruel.
La bondad de una niña de cuatro años había hecho lo que los adultos no hicieron.
—¿Dónde está Elena? —preguntó Adrian.
Martha negó.
—No lo sé con certeza. Pero hace tres noches oí discutir a Vivienne por teléfono. Dijo: “Si Julian la mueve otra vez, yo ya no podré controlar a Adrian”.
Pierce levantó la vista.
—¿La mueve otra vez?
Martha asintió.
—Eso dijo.
—¿Algún lugar mencionado?
—Solo “la clínica vieja”.
Adrian y Pierce se miraron.
—¿Qué clínica? —preguntó el detective.
Martha respiró hondo.
—Había una antigua clínica de reposo en terrenos de la familia Wescott, al otro lado del condado. Cerró hace años tras una investigación.
Adrian sintió que, por primera vez, la pista tenía dirección.
Pero antes de salir, algo más ocurrió.
Lucy entró corriendo en la sala sin permiso, con los ojos abiertos por el miedo.
—Papá.
Adrian se agachó enseguida.
—¿Qué pasa?
La niña levantó un sobre pequeño.
—Lo encontré en mi cama.
Pierce se acercó de inmediato.
Dentro había solo una fotografía.
Mostraba a Lucy dormida, tomada esa misma mañana desde la puerta de su habitación.
En el reverso, una frase escrita con tinta negra:
“Una niña ya salió de la pared. No fuerces a otra a desaparecer.”
Martha soltó un gemido ahogado.
Adrian apretó los dedos hasta casi romper el borde de la foto.
Quien había huido de la casa del lago sabía ya demasiado.
Y estaba dispuesto a acercarse a Lucy.
Pierce llamó a refuerzos de inmediato.
Adrian se incorporó con una calma tan helada que asustó incluso al detective.
—Llévense a mi hija a un lugar seguro.
—¿Y usted?
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Adrian miró la foto otra vez.
—Voy a encontrar a Julian antes de que él decida convertir esta amenaza en una tumba.