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Chapter 2 - LA VOZ DETRÁS DE LA PAREDAdrian apartó suavemente a Lucy de su pecho, aunque mantuvo un brazo protector alrededor de ella.

—Quédate detrás de mí.

La niña obedeció sin discutir, todavía sollozando.

Vivienne dio otro paso, demasiado rápido, demasiado nerviosa.

—Adrian, no abras eso.

Él se volvió hacia ella con una mirada que la detuvo.

—¿Qué hay detrás de esta pared?

Vivienne tardó apenas un segundo en responder, pero ese segundo fue suficiente para condenarla.

—Nada.

Adrian volvió la vista hacia la rejilla.

La pequeña mano seguía allí.

Aferrada a las barras.

Como si del otro lado alguien temiera que, si la soltaba, desaparecería otra vez en la oscuridad.

—Nada no me llama papá —dijo Adrian, con una voz peligrosamente baja.

Vivienne alzó la barbilla.

—Lucy ha debido enseñarle esa palabra a algún niño del personal. Te juro que esto no es lo que parece.

—¿Algún niño del personal? —repitió él—. ¿Encerrado dentro de una pared?

Vivienne abrió la boca, pero no encontró respuesta.

Adrian dejó a Lucy junto a una consola de mármol y se acercó a la rejilla. Se agachó despacio. La mano infantil retrocedió un poco al verlo tan cerca, pero no desapareció.

—Oye —dijo él, muy suave—. No tengas miedo. ¿Puedes decirme tu nombre?

Silencio.

Después una respiración temblorosa.

La voz volvió a salir, muy baja, como si cada palabra costara un esfuerzo enorme.

—No... no abras cuando ella está cerca.

Adrian sintió un golpe seco en el pecho.

—¿Quién eres?

Antes de que la voz pudiera responder, Vivienne se abalanzó.

—¡Basta!

Adrian se puso de pie de golpe y se interpuso entre ella y la rejilla.

—Ni un paso más.

—No entiendes —dijo Vivienne, ahora casi sin control—. Ese lugar es peligroso. El mecanismo está dañado. Podría lastimar a Lucy.

—A Lucy la lastimaste tú.

Él señaló el pan aplastado en el suelo.

Vivienne respiraba cada vez más deprisa.

—Adrian, te estoy diciendo la verdad.

Él giró apenas la cabeza, sin apartarla del todo de su esposa.

—Llama a la seguridad del ala oeste —ordenó a Lucy con suavidad, señalando el teléfono del pasillo.

La niña se quedó quieta.

—¿Puedo ayudar?

Adrian la miró.

—Sí. Haz exactamente eso.

Lucy fue hacia el teléfono interno con pasos vacilantes.

Vivienne dio un nuevo paso hacia Adrian, bajando la voz a un susurro urgente.

—No hagas esto aquí.

—¿Aquí dónde? ¿En mi casa? ¿Frente a una pared de la que sale una mano y una voz de niño?

—No sabes lo que estás abriendo.

Él la miró fijamente.

—Entonces dímelo.

Pero Vivienne no podía.

O no quería.

En apenas dos minutos llegaron dos hombres de seguridad. Adrian los conocía desde hacía años. Eran de su confianza.

—Cierren el corredor —ordenó—. Nadie entra ni sale.

Los hombres obedecieron de inmediato.

Vivienne los miró como si acabara de comprender que ya no controlaba nada.

—Adrian, estás siendo irracional.

Él se arrodilló otra vez ante la rejilla y examinó los bordes metálicos. No era una simple ventilación. Había un marco más profundo, un diseño extraño oculto bajo molduras decorativas, como si formara parte de una compuerta disimulada dentro del revestimiento de la pared.

—Traigan herramientas —dijo a seguridad—. Y llamen al administrador de mantenimiento. Ahora.

Uno de los guardias salió de inmediato.

Detrás de la rejilla se oyó un leve sollozo.

Adrian apoyó la mano sobre las barras.

—Voy a sacarte de ahí.

Silencio.

Después la voz respondió, tan débil que apenas fue un hilo:

—Prométemelo.

Adrian cerró los ojos un segundo.

—Te lo prometo.

Vivienne soltó una risa corta, rota por los nervios.

—No puedes prometer cosas sin saber a quién se las prometes.

Adrian se giró.

—Empiezo a pensar que tú sí lo sabes demasiado bien.

Lucy regresó al lado de su padre y se aferró a su chaqueta.

—Papá... yo le llevaba pan desde ayer.

Adrian la miró sorprendido.

—¿Ayer?

La niña asintió, avergonzada por no haber contado antes algo tan grave.

—La oí llorar. Mami dijo que era una tubería, pero no era una tubería.

Vivienne cerró los ojos con rabia contenida.

—Lucy no entiende lo que escucha.

Adrian ya no parecía escucharla.

—¿La escuchaste más veces? —preguntó a su hija.

—Sí.

—¿Y siempre aquí?

Lucy volvió a asentir.

—A veces golpeaba.

Un silencio helado cayó sobre el pasillo.

Entonces llegó el administrador de mantenimiento con herramientas y un plano digital de la estructura del ala este. Era un hombre mayor llamado Garrick, que palideció apenas al ver a Vivienne.

Adrian lo notó.

—Muéstreme qué hay detrás de esta pared.

Garrick tragó saliva.

—Señor... oficialmente, solo conductos y un espacio técnico antiguo.

—¿Oficialmente?

El hombre dudó.

Vivienne dio un paso.

—Garrick, no hace falta—

Adrian la cortó sin mirarla.

—Si vuelve a hablar antes que él, la sacaré yo mismo de este pasillo.

Vivienne enmudeció.

Garrick se humedeció los labios.

—Hay un plano más viejo —dijo al fin—. De antes de la remodelación.

—Quiero verlo.

—No está en el sistema principal.

—Entonces tráigalo.

Garrick se quedó quieto.

Adrian lo miró directamente.

—Ahora.

El hombre salió casi corriendo.

Detrás de la rejilla, la mano desapareció otra vez.

Adrian sintió un miedo irracional a que la niña se hubiera desmayado o apartado para siempre.

—¿Sigues ahí?

Tras unos segundos llegó la respuesta.

—Sí.

—¿Estás sola?

No hubo respuesta inmediata.

Y cuando la voz volvió, lo hizo con algo más que miedo.

Con vergüenza.

—Ya no sé.

Adrian levantó la vista muy lentamente.

Vivienne estaba blanca como el mármol del pasillo.

Y por primera vez él sintió que aquello no escondía un error doméstico, ni un castigo cruel, ni siquiera un secuestro improvisado.

Escondía una historia mucho más antigua.

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Mucho más sucia.

Y que probablemente empezaba con alguien a quien él había dejado entrar en su vida.

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