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Chapter 3 - EL PLANO QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIRGarrick regresó con un tubo de planos polvoriento y las manos visiblemente temblorosas.

Adrian lo tomó sin esperar invitación. Desenrolló el documento sobre una consola del pasillo mientras los guardias apartaban adornos y lámparas para hacer espacio.

Lucy miraba en silencio.

Vivienne ya no fingía calma.

El plano era viejo, anterior a la última gran reforma de la mansión Valmont. Adrian reconoció la firma de su difunto padre en la esquina inferior. El ala este, donde estaban, figuraba con varios pasillos de servicio, cámaras de almacenamiento y una pequeña habitación sin ventanas oculta detrás del revestimiento del corredor principal.

Una habitación.

No un conducto.

No un hueco técnico.

Una estancia entera.

Camuflada.

Adrian sintió náuseas.

—¿Qué es esto?

Garrick bajó la mirada.

—Antes se llamaba cuarto de aislamiento.

Vivienne cerró los ojos como si quisiera desaparecer.

—¿Aislamiento para qué? —preguntó Adrian.

—Hace décadas se usaba para... para niños enfermos. Al menos eso decían.

—¿Quiénes?

Garrick vaciló.

—La familia original.

Adrian apartó la vista del plano y lo miró con dureza.

—Mi familia original.

Garrick no respondió.

La pequeña voz volvió a salir desde detrás de la rejilla.

—Tengo frío.

Aquello bastó.

Adrian no quiso seguir preguntando antes de abrir. Ordenó a seguridad retirar el marco de la rejilla. Tardaron menos de un minuto en descubrir que estaba fijada con tornillos nuevos, mucho más recientes que el resto de la estructura, como si alguien hubiera querido asegurarla con prisa... o con miedo.

Cuando cayó el panel metálico, apareció una pequeña cavidad de servicio y, al fondo, una segunda puerta de madera oculta tras el muro decorativo.

Lucy soltó un pequeño jadeo.

Adrian avanzó un paso.

La puerta tenía un cerrojo exterior.

Vivienne intentó hablar otra vez.

—Adrian, si abres eso, no podrás deshacerlo.

Él la miró con una furia helada.

—Esa es exactamente la idea.

Quitó el cerrojo con sus propias manos.

Empujó.

La puerta se atascó un poco, como si llevara demasiado tiempo cerrada. Luego se abrió con un gemido áspero.

Un aire húmedo, rancio y frío salió del interior.

El cuarto era más grande de lo que parecía, pero seguía siendo pequeño.

No tenía ventanas.

Solo una manta vieja en el suelo.

Un balde.

Una bandeja vacía.

Y, pegada al rincón más oscuro, una niña.

Tendría unos seis años.

Estaba delgada, descalza, con un vestido demasiado fino para aquella temperatura. Su cabello oscuro caía en mechones enredados sobre el rostro. Parpadeaba con la expresión dolorida de quien ya no está acostumbrada a la luz.

Lucy apretó la mano de Adrian.

—Es ella.

Adrian no pudo responder enseguida.

La niña del cuarto alzó los ojos lentamente.

Tenía la cara pálida.

Ojeras profundas.

Y una mezcla insoportable de esperanza y terror.

—Papá... —susurró otra vez.

Vivienne emitió un sonido ahogado.

Adrian sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies.

Se acercó despacio, muy despacio, como si temiera asustarla o descubrir que todo era una pesadilla. Se arrodilló a una distancia prudente.

—Yo soy Adrian —dijo con voz rota—. ¿Cómo te llamas?

La niña tragó saliva.

—Eva.

—Eva... —repitió él, como si el nombre pudiera explicarlo todo por sí solo—. ¿Quién te encerró aquí?

La niña bajó la mirada inmediatamente.

No hizo falta oír la respuesta.

La respuesta ya estaba de pie detrás de él, vestida de burdeos y convertida en piedra.

Lucy soltó la mano de Adrian y dio un paso hacia la puerta del cuarto.

—Le traje pan.

Eva la miró como si aquello fuese el gesto más maravilloso que había visto en semanas.

Adrian se quitó la chaqueta y se la puso alrededor de los hombros a la niña. Al tocarla, notó que estaba helada.

Se volvió hacia los guardias.

—Llamen a un médico. Y a la policía.

Vivienne reaccionó entonces, como si ese segundo nombre hubiera roto por fin el hechizo.

—¡No!

Adrian se incorporó despacio.

—¿No?

—Podemos arreglar esto.

—¿Arreglar? —Su voz era apenas un cuchillo—. ¿Hay alguna versión de esto que se arregle?

Vivienne respiraba con dificultad.

—No es lo que parece.

Adrian la señaló con una precisión casi tranquila.

—Esa frase dejó de servirte hace veinte minutos.

Eva se encogió dentro de la chaqueta, mirando a Vivienne con terror puro.

Adrian lo vio.

Y ese detalle terminó de destruir lo poco que quedaba del hombre sereno que había sido al empezar la tarde.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

Vivienne no respondió.

Adrian avanzó hacia ella.

—¿Cuánto tiempo?

Los guardias se tensaron.

Lucy empezó a llorar otra vez, asustada por la furia contenida de su padre.

Entonces Eva dijo algo desde el cuarto, con una voz tan débil que casi se perdió.

—Desde mi cumpleaños.

Adrian se giró.

—¿Qué cumpleaños?

La niña levantó la mirada.

—El de cinco.

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El pasillo entero quedó en silencio.

Eva tenía seis años.

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