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Chapter 2 - LA VOZ QUE QUISO CALLARLADurante un segundo, nadie entendió de dónde había salido aquella voz.

El grito se extendió por el salón con la fuerza suficiente para romper el hechizo que mantenía inmóviles a los invitados. Varias personas se giraron al mismo tiempo. Algunas mujeres retrocedieron. Un camarero dejó caer una bandeja, y el cristal al romperse contra el suelo hizo que la niña se encogiera aún más sobre sí misma.

Eleanor no apartó la mirada de ella.

Solo levantó una mano con el relicario todavía entre los dedos.

—Cierren las puertas.

Su orden sonó tranquila, casi glacial, pero quienes conocían a Eleanor Whitmore sabían que aquella voz era la más peligrosa de todas.

Dos miembros del personal obedecieron de inmediato.

Sin embargo, cuando alcanzaron la entrada lateral, vieron a un hombre desaparecer por el corredor que llevaba a los jardines traseros. Vestía un traje oscuro y había permanecido mezclado entre los invitados. Nadie logró detenerlo.

Amelia se arrodilló junto a la niña.

—No tengas miedo.

La pequeña se apartó al instante, arrastrándose torpemente hacia atrás sobre el mármol.

Eleanor sintió una punzada extraña al ver aquella reacción. No hacia Amelia, sino hacia cualquier mano adulta que se acercara demasiado rápido.

La anciana miró a su alrededor.

—Todos los invitados permanecerán en el salón hasta que yo diga lo contrario.

El juez Barnett se aclaró la garganta.

—Eleanor, quizá esto deba manejarlo la policía.

Ella giró apenas la cabeza.

—La policía será llamada. Pero antes quiero saber quién ha traído a esta niña a mi casa y quién acaba de intentar silenciarla.

La niña seguía en el suelo. Tenía la mejilla enrojecida por la bofetada, el pecho agitándose con dificultad.

Amelia volvió a intentarlo, esta vez con más cuidado.

—Voy a ayudarte a levantarte.

No la tocó.

Esperó.

La pequeña alzó la vista. Sus pupilas estaban dilatadas por el miedo. Después de unos segundos, tomó impulso sola y se puso de pie con una torpeza lastimosa.

Eleanor no pudo evitar fijarse mejor en su rostro.

La boca era distinta.

La nariz también.

Pero los ojos…

Esos ojos pertenecían a Sarah.

O a la memoria que ella aún conservaba de Sarah antes de que el orgullo, los secretos y la tragedia devoraran todo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Eleanor.

La niña dudó.

Miró de nuevo a la puerta.

Luego respondió muy despacio.

—Lily.

Amelia inhaló con fuerza.

Era el nombre de la abuela de Sarah. Un nombre del árbol familiar. Otra coincidencia imposible.

Eleanor lo sintió también.

—¿Quién te trajo aquí, Lily?

La niña tragó saliva.

—Nadie.

—Entonces, ¿cómo entraste?

—Me dijeron que viniera.

La frase alteró el salón.

Eleanor estrechó la mirada.

—¿Quién te lo dijo?

Lily abrazó su propio cuerpo.

—Un hombre.

—¿Qué hombre?

La niña cerró los ojos como si intentara recordar instrucciones.

—Dijo que buscara a la señora Eleanor Whitmore. Dijo que usted tenía que verme. Me dijo que no hablara con nadie más.

Eleanor apretó los labios.

—¿Conocías mi nombre?

Lily negó con timidez.

Amelia intervino.

—¿Ese hombre era tu padre?

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que todos comprendieran que la pregunta había alcanzado algo doloroso.

Lily respondió con una voz diminuta.

—No sé quién es mi papá.

Un temblor sutil recorrió la expresión de Eleanor.

La anciana miró otra vez el relicario y, casi sin querer, abrió la tapa.

Dentro había una fotografía antigua.

No la de Sarah adulta.

La de Sarah a los diecisiete años, sonriendo en los jardines de la mansión, con el cabello suelto y la misma mirada obstinada que hacía enfurecer a Eleanor en otros tiempos.

Al otro lado del relicario, donde antes había otra miniatura, solo quedaban restos de pegamento. La segunda fotografía había sido retirada.

—¿Tu madre te dio esto? —preguntó Eleanor.

Lily asintió.

—Antes de irse.

—¿Irse adónde?

La niña se echó a llorar otra vez.

—No lo sé.

Amelia miró a su abuela.

—Tenemos que sentarla. Está exhausta.

Eleanor no respondió.

Su mente iba demasiado deprisa.

Sarah había desaparecido veinte años atrás, sí, pero no exactamente como se decía en sociedad. La versión oficial era que se había marchado con un hombre del que Eleanor desaprobaba todo, y que había muerto años después de una fiebre en el oeste. Esa historia nunca fue confirmada por un cuerpo, solo por una carta y por el testimonio de Victor, el hijo mayor de Eleanor, que había sido quien se encargó del asunto entonces.

Victor.

El pensamiento llegó con una nitidez incómoda.

Victor no estaba en el salón.

Debería haber estado allí desde el principio. Aquella noche era importante para la familia, y sin embargo había dicho que un asunto de negocios lo retrasaría.

Eleanor miró a su mayordomo, Harold.

—¿Ha llegado mi hijo?

Harold, un hombre de setenta y cinco años que servía a la familia desde antes del nacimiento de Sarah, pareció sorprenderse por la pregunta.

—No, señora.

—¿Ha llamado?

—No, señora.

Eleanor sintió un frío recorrerle la espalda.

Amelia acompañó a Lily hasta una silla cercana. Esta vez la niña se dejó guiar, pero no dejó de mirar la puerta.

Un inspector local, amigo de la familia, acababa de ser llamado y ya iba en camino.

Mientras esperaban, Eleanor observó a los invitados.

Había shock.

Murmullos sofocados.

Escándalo.

Pero detrás de todo eso también había curiosidad. Y eso le disgustaba profundamente. Aquella noche ya no le pertenecía. La historia había escapado de su control.

—Llévenla a la sala azul en cuanto llegue el inspector —dijo Eleanor.

Lily reaccionó con inmediato terror.

—No.

Eleanor la miró.

—¿Qué has dicho?

La niña sacudió la cabeza con desesperación.

—No quiero ir a otra habitación.

—¿Por qué?

Lily comenzó a llorar de nuevo.

—Porque la última vez que me llevaron a una habitación sola… ella nunca volvió.

Todo el salón quedó inmóvil.

Amelia llevó la mano a los labios.

Eleanor sintió un nudo áspero subiéndole por la garganta.

—¿Quién no volvió, Lily?

La niña respiró con dificultad.

—Mi mamá.

El inspector llegó diez minutos después, pero la situación se complicó antes incluso de que pudiera formular la primera pregunta.

Uno de los mozos entró corriendo desde la entrada de servicio, pálido.

—Señora Whitmore.

Eleanor se volvió con irritación.

—¿Qué ocurre?

El muchacho tragó saliva.

—Encontramos algo en los jardines.

—¿Qué cosa?

El mozo miró a Lily, luego a Eleanor.

—Una maleta vieja.

Eleanor sintió que el aire del salón se espesaba.

—¿Y?

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El muchacho respondió con voz temblorosa.

—Tiene el nombre de Sarah Whitmore escrito en la etiqueta.

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