Chapter 5 - LAS CONTRACCIONESDaniel condujo de regreso a la ciudad sintiendo que cada semáforo era una amenaza.

Elena estaba de siete meses. Era demasiado pronto. La caída había desatado el peligro que todos temían. Cuando llegó al hospital, la encontró sudando, con la mandíbula tensa y el rostro desencajado por el dolor.
La doctora explicó la situación con frialdad profesional.
—Estamos intentando detener las contracciones. El bebé todavía necesita más tiempo.
Daniel le besó la mano.
—Resiste. Por favor, resiste.
Elena lo miró con lágrimas contenidas.
—¿Encontraste algo?
Daniel dudó solo un segundo.
No quería cargarla con más miedo, pero sabía que ocultarle la verdad también era una forma de traición.
—Sí.
Le contó lo esencial.
La caída no había sido un arrebato. Había sido un intento calculado. La herencia del niño. La muerte de Lucía. El audio.
Elena cerró los ojos.
—Yo sabía que esto era más grande.
—No te van a tocar otra vez.
Ella apretó su mano.
—Prométeme otra cosa.
—Lo que quieras.
—No dejes que tu padre te manipule con la culpa.
Daniel no respondió de inmediato.
Porque, incluso después de todo, una parte de él seguía sintiendo vértigo al aceptar que Ernesto podía estar detrás de algo tan monstruoso.
Horas después, las contracciones disminuyeron.
Elena quedó en observación estricta.
Tomás llegó con copias escaneadas de todos los documentos y un borrador de denuncia penal. También informó que Sofía estaba fuera de peligro y había confirmado ante un escribano lo que sabía.
—Pero hay un problema —dijo.
Daniel levantó la vista.
—¿Cuál?
—Ramiro salió de la casa. Nadie sabe adónde fue.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Mi padre?
—Dice que no tiene idea.
Aquella respuesta era casi una confesión.
Daniel dejó a un guardia privado frente a la habitación de Elena y bajó a hablar con el director del hospital para reforzar seguridad. Cuando regresó, encontró a Bruno echado justo delante de la puerta.
—¿Cómo entró aquí?
El guardia señaló al final del pasillo.
—Una enfermera dijo que era suyo y que estaba inquieto. No dejó pasar a nadie desde entonces.
Daniel se inclinó y le acarició el cuello.
Bruno no apartaba la mirada de la puerta.
Esa misma noche, ya cerca de las dos de la mañana, Elena se despertó sobresaltada.
Había oído un ruido.
Daniel estaba dormitando en una silla. Bruno se incorporó al instante con un gruñido bajo.
La manija de la puerta se movió.
El guardia no estaba.
La puerta se abrió apenas.
Entró un hombre con bata quirúrgica, mascarilla y gorra.
Pero sus brazos tatuados asomaban bajo las mangas.
Elena dejó escapar un jadeo.
Ramiro cerró la puerta detrás de sí.
Tenía la mirada enloquecida.
—Vas a firmar una declaración.
Sacó una carpeta.
—Dirás que te caíste sola.
Daniel se puso de pie de golpe.
—Tú…
Ramiro retrocedió un paso, sorprendido de verlo allí.
—Esto sería más fácil si te quedaras quieto.
Bruno lanzó un ladrido feroz.
Ramiro intentó sacar algo del bolsillo, tal vez una jeringa, tal vez un cuchillo pequeño. No llegó a hacerlo. Bruno se abalanzó sobre él con la misma violencia de la escalera.
Ramiro chocó contra la pared, la carpeta salió volando y varias hojas cayeron al suelo.
El guardia irrumpió al fin, seguido por dos enfermeros y Daniel.
El hombre tatuado forcejeó desesperado, pero Bruno le mordió la muñeca y lo obligó a soltar el objeto metálico que llevaba.
Ramiro gritó como un animal acorralado.
—¡Saquen a este perro!
Daniel recogió la carpeta caída.
Dentro estaba la declaración falsa.
Y un teléfono.
La pantalla seguía encendida, reproduciendo un audio reciente.
Se escuchó primero la voz de Ramiro.
—Estoy entrando.
Después la de Ernesto.
—Haz que firme. Si ese bebé nace, perderemos todo.
Ramiro consiguió zafarse del perro lo suficiente para empujar a un enfermero y escapar al pasillo. Los guardias corrieron tras él.
Daniel apenas podía apartar la vista del teléfono.
Elena empezó a quejarse con una intensidad nueva.
La doctora entró corriendo.
Miró el monitor y no dudó.
—Llévenla a quirófano. El parto comenzó.
Daniel sintió que el mundo entero se reducía a una sola línea en su cabeza:
Ramiro había intentado obligarla a mentir.
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Ernesto había dado la orden.
Y ahora Elena estaba siendo llevada de urgencia a dar a luz antes de tiempo.
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