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Chapter 1 - LA CAÍDALa casa Salvatierra era moderna, amplia y silenciosa de una manera casi intimidante.

Los enormes ventanales dejaban entrar una luz natural brillante que caía sobre los pisos de madera clara y sobre la gran escalera central, una estructura elegante y sólida que conectaba la planta alta con el vestíbulo principal. Todo en aquella casa hablaba de dinero, control y autoridad.

Pero ese mediodía, la calma se rompió en lo alto de la escalera.

Elena subía despacio, con una mano apoyada en la baranda y la otra sosteniendo un cesto de ropa. Su camiseta blanca se pegaba levemente a su vientre de siete meses. Estaba cansada, sensible y nerviosa desde que Daniel había salido temprano a resolver unos papeles de la empresa familiar. No le gustaba quedarse sola con Ramiro en la casa. Mucho menos con Don Ernesto, que siempre fingía no ver nada.

Ramiro la esperaba en el rellano superior.

Era un hombre musculoso, de brazos tatuados, camiseta verde ajustada y una expresión que mezclaba desprecio y seguridad. A pocos pasos de él estaba Don Ernesto, inmóvil, observando con los labios apretados como si no quisiera ensuciarse participando, pero tampoco tuviera intención de detenerlo.

Elena frenó en seco.

—Déjame pasar, Ramiro.

Él miró el cesto de ropa y luego su vientre.

La sonrisa que apareció en su rostro fue cruel.

—No.

Elena apretó el cesto con más fuerza.

—No quiero problemas.

Ramiro dio un paso al frente y le arrancó el cesto de las manos con violencia. La ropa limpia cayó desordenada sobre la madera.

Elena retrocedió un pequeño paso, asustada.

Entonces él escupió las palabras con un odio que ya no intentó disimular.

—¡Lárgate! ¡Tú y ese bastardo que llevas dentro no pertenecen aquí!

Elena miró a Don Ernesto, esperando una reacción.

No la hubo.

Eso la asustó más que los gritos.

—Este bebé es hijo de Daniel —dijo, temblando—. También es parte de esta familia.

Ramiro soltó una risa seca.

—Ese es exactamente el problema.

Elena apenas tuvo tiempo de entender lo que quería decir.

Ramiro extendió las dos manos y la empujó con toda su fuerza.

Elena lanzó un grito ahogado.

Su cuerpo perdió el equilibrio de inmediato.

Golpeó el primer escalón con la cadera. Luego el hombro. Después rodó con un sonido brutal de carne y huesos contra la madera. Su cabeza rozó la baranda, una pierna se dobló de manera dolorosa y finalmente terminó en el suelo del vestíbulo, torcida, jadeando, con el rostro desencajado por el dolor.

Sus manos fueron de inmediato a su vientre.

—¡Mi bebé! ¡Que alguien me ayude!

La luz brillante del mediodía hacía que la escena resultara todavía más cruel. La sangre empezó a asomar en un fino hilo por su labio. Su respiración era irregular. Intentó incorporarse, pero un espasmo la obligó a quedarse en el suelo.

Ramiro se asomó desde arriba.

Tenía el pecho agitado, pero sonreía.

En ese momento, Daniel apareció corriendo desde el pasillo lateral, atraído por el ruido.

Se quedó paralizado al ver a Elena en el suelo.

—¡Elena!

Corrió hacia ella y cayó de rodillas a su lado.

—Mírame. Mírame. Estoy aquí.

Elena lo agarró del brazo con desesperación.

—El bebé… Daniel, el bebé…

Desde arriba, Ramiro apoyó una mano en la baranda y miró hacia abajo con arrogancia.

—Mira a tu patético marido... ¡ahora no puede salvarte!

Daniel levantó la cabeza.

El horror de su expresión se convirtió en una furia helada.

—¿Qué hiciste?

Ramiro abrió los brazos.

—Se cayó.

Don Ernesto seguía a su lado, silencioso.

Fue entonces cuando un sonido seco de uñas corriendo sobre el piso se escuchó por el pasillo.

Bruno.

El gran Rottweiler irrumpió como una flecha negra y marrón, con el cuerpo en tensión y los ojos clavados en Ramiro. El perro no se detuvo ni un segundo. Cruzó el vestíbulo, subió la escalera a toda velocidad y se abalanzó sobre él con una violencia que nadie esperaba.

Ramiro soltó un grito de auténtico pánico.

El impacto lo hizo caer contra la pared.

Bruno gruñó, mostró los dientes y lo derribó, mordiéndole la manga de la camiseta verde mientras Ramiro intentaba apartarlo a golpes.

Toda la arrogancia desapareció de su rostro.

—¡Quítenme a esta bestia de encima! ¡Háganla parar!

Don Ernesto retrocedió, por primera vez claramente alarmado.

Daniel protegió a Elena con su cuerpo, pero no apartó la mirada de la escena arriba. Bruno seguía encima de Ramiro, inmovilizándolo con una furia casi humana, como si supiera exactamente a quién debía castigar.

Elena, temblando, aferró la camiseta de Daniel.

—No me dejes…

—Nunca.

Daniel miró a Don Ernesto.

—Llama a una ambulancia.

El viejo tardó un segundo de más.

—¡Ahora!

Don Ernesto sacó el teléfono.

Arriba, Bruno seguía forcejeando con Ramiro. En medio de la lucha, algo salió despedido del bolsillo del hombre tatuado y cayó rodando escalón por escalón hasta detenerse cerca del pie de Daniel.

Era una llave antigua de bronce con una pequeña placa metálica.

Daniel la miró sin comprender.

Luego leyó lo grabado.

ARCHIVO DE LUCÍA

Lucía.

El nombre de su madre muerta.

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Y en ese instante Daniel comprendió que la caída de Elena no era solo un ataque de furia.

Era el principio de algo que su familia llevaba demasiado tiempo ocultando.

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