Chapter 4 - LA CASA DEL LAGOSofía no murió aquella noche por centímetros.

Tomás logró apartarla con un tirón brutal del brazo, y el automóvil negro pasó rozando su cuerpo antes de desviarse y chocar contra una jardinera de piedra. El conductor no se detuvo. Metió reversa, dio la vuelta y desapareció entre los árboles.
Daniel corrió hacia Sofía.
Tenía el codo rasgado y un golpe fuerte en la cadera, pero estaba viva.
—¿Lo viste? —preguntó Tomás.
Sofía negó con lágrimas en los ojos.
—Los vidrios eran polarizados.
Daniel apretó los dientes.
—Sabían que ibas a hablar.
Sofía asintió.
—Por eso tienen que ir a la casa del lago cuanto antes.
La subieron al coche de Tomás y la enviaron con un conductor de confianza al hospital, con instrucción de no registrarla a nombre completo hasta avisar a Daniel.
Antes de irse, Sofía le agarró la muñeca con fuerza.
—Si llegan tarde, lo van a quemar todo.
Esa misma madrugada Daniel y Tomás condujeron hasta la casa del lago, una propiedad a cuarenta minutos de la ciudad, rodeada de pinos y con un muelle privado. Hacía años que casi no se utilizaba.
El lugar estaba oscuro.
Demasiado oscuro.
Daniel abrió con su llave.
El interior olía a humedad y a encierro, pero había huellas recientes sobre el polvo del vestíbulo.
—Alguien vino antes —murmuró Tomás.
Revisaron el estudio principal.
Los cajones estaban abiertos.
Papeles en el suelo.
Un cuadro torcido.
Pero el escritorio antiguo del abuelo seguía allí, con una cerradura lateral.
Tomás probó la llave pequeña encontrada dentro del archivador de Lucía.
Funcionó.
Dentro del compartimento secreto había un sobre grueso, una libreta notarial y un expediente médico.
Daniel abrió el sobre.
Era el testamento auténtico.
Intacto.
Firmado y sellado.
La cláusula sobre el primer nieto biológico de Daniel aparecía con claridad, sin modificaciones, sin añadidos ambiguos, sin posibilidad de interpretación.
—Aquí está el motivo —dijo Tomás.
Pero el expediente médico llamó más la atención de Daniel.
En la portada ponía su nombre.
Daniel Salvatierra — análisis genético.
—¿Qué demonios es esto?
Lo abrió.
La primera página parecía una prueba de paternidad antigua.
Según ese documento, Daniel no era hijo biológico de Ernesto.
Daniel retrocedió un paso.
—No.
Tomás le quitó el informe de las manos y lo examinó.
—Esto está manipulado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tiene fechas cruzadas y el sello del laboratorio no coincide. Alguien fabricó esto.
Daniel entendió entonces la segunda parte del plan.
No solo querían impedir que naciera su hijo.
También querían destruir su legitimidad como heredero.
—Si logran instalar la idea de que no soy hijo de Ernesto, mi hijo tampoco tendría derecho.
Tomás asintió.
—Y Ramiro se queda con todo.
Daniel siguió buscando en el compartimento.
Encontró una carta de Lucía dirigida a él.
Si algún día intentan decirte que no eres hijo de Ernesto, no les creas. Él mismo ordenó esa falsificación para tenerte sometido y recordarte que todo podía quitártelo cuando quisiera.
Daniel apretó la mandíbula con rabia.
—Mi propio padre.
Tomás guardó los documentos en una carpeta.
—Tenemos suficiente para denunciar, pero quiero una copia digital de todo antes de movernos.
En ese momento, desde afuera, se oyó un gruñido.
Ambos se giraron.
Bruno estaba en el porche.
Jadeando.
Solo.
Daniel abrió la puerta.
—¿Qué haces aquí?
El perro entró de inmediato y fue directo al fondo del estudio. Empezó a rascar el piso junto a la chimenea de piedra.
Tomás se agachó.
—Está marcando algo.
Movieron una alfombra pequeña.
Debajo había una tabla suelta.
La levantaron.
Dentro encontraron una caja metálica.
En la tapa, escrito con marcador negro, había una sola palabra:
LUCÍA
Daniel abrió la caja.
Dentro había fotografías, recibos, copias de transferencias ilegales y un pequeño grabador digital.
Tomás pulsó reproducción.
Primero se oyó ruido estático.
Después, la voz de Ramiro.
—Si ese niño nace, todo se nos cae.
La respuesta fue de Ernesto.
—Entonces asegúrate de que no nazca.
Daniel sintió que el mundo se congelaba.
Pero el audio no terminaba ahí.
Ramiro volvió a hablar.
—Como con Lucía.
Hubo un silencio corto.
Luego la voz de Ernesto, baja y helada:
—Con más cuidado esta vez.
Daniel dejó caer el brazo.
Tomás lo miró.
—Esto los hunde.
Antes de que pudiera decir algo más, el teléfono de Daniel sonó.
Era el hospital.
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Y la voz de la doctora no sonaba tranquila.
—Señor Salvatierra, su esposa acaba de empezar con contracciones.
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