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Chapter 4 - LA MUERTE QUE TODOS LLAMARON ACCIDENTE.La memoria USB contenía documentos.

Mapas.

Contratos.

Correos.

Fotografías.

Y un archivo de audio.

Daniel lo abrió en su despacho privado mientras Ethan dormía finalmente en una habitación cercana con una enfermera y dos guardias.

La voz de Laura llenó la habitación.

—Daniel, si estás escuchando esto, necesito que sepas que quizá me equivoque. Ojalá me equivoque.

Daniel cerró los ojos.

No había escuchado su voz desde el funeral.

—Mara Hayes trabaja para una empresa llamada Greenfield Development. Su hermano, Colin, está intentando adquirir varias propiedades de esta zona. Encontré estudios geológicos que nunca nos entregaron. Bajo la zona norte hay depósitos minerales y acceso potencial a un acuífero privado. El terreno vale varias veces más de lo que ofrecen.

Daniel frunció el ceño.

Laura continuó:

—Alguien ha estado intentando convencerme de vender. Cuando me negué, empezaron las amenazas. No quiero asustarte hasta tener pruebas. Pero si algo me pasa, no vendas. Y no dejes que Ethan firme nada cuando sea mayor.

La grabación terminó.

Daniel quedó inmóvil.

Mara no había entrado casualmente en su vida.

Se había acercado a él meses después de la muerte de Laura.

Había sido amable con Ethan delante de él.

Comprensiva.

Paciente.

Y ahora descubría que ya estaba vinculada al mismo grupo que presionó a Laura.

Llamó a su abogado, Samuel Price, y le pidió revisar toda la estructura patrimonial de la propiedad.

Dos horas después, Samuel regresó con una respuesta inquietante.

—Laura dejó la tierra en un fideicomiso mixto.

—¿Qué significa?

—Tú administras mientras Ethan sea menor. Pero al cumplir cierta edad, él debe ratificar cualquier venta total.

Daniel comprendió.

—Entonces Ethan también es un obstáculo.

Samuel asintió.

—Legalmente, sí.

Daniel sintió una oleada de rabia.

Mara no solo castigaba al niño.

Intentaba quebrarlo.

Hacerlo obediente.

Temeroso.

Fácil de manipular.

Quizá prepararlo para firmar en el futuro sin cuestionar nada.

—¿Qué edad?

—Diez años para ciertas modificaciones preliminares. Dieciocho para venta completa.

Ethan tenía ocho.

Dos años.

Daniel recordó una frase del niño:

“Ella dice que mamá dejó algo escondido y que tengo que decirle dónde está.”

Mara estaba buscando documentos.

Pero también estaba moldeando a Ethan.

Daniel bajó a la habitación donde ella permanecía vigilada.

Mara se puso de pie cuando entró.

—Por fin.

—Conocías a Laura.

Ella se quedó inmóvil.

—La conocí superficialmente.

—Mentiste.

—Nunca me preguntaste.

Daniel dejó la carta sobre la mesa.

Mara la vio.

Y palideció.

—¿Dónde encontraste eso?

—No es la pregunta correcta.

—Daniel—

—¿Tu hermano trabaja para Greenfield?

Mara cerró los ojos un instante.

—Sí.

—¿Tú también?

—Trabajé.

—¿Cuándo?

—Hace años.

—Cuando Laura estaba viva.

Silencio.

Daniel sintió que cada respuesta la hundía más.

—¿La amenazaste?

—No.

—¿La seguiste?

—No.

—¿Sabías que investigaba el valor real de la tierra?

Mara no respondió.

Daniel dio un paso.

—¿Sabías?

—Sí.

El aire cambió.

—¿Y sabías que murió después?

—Todos lo sabíamos.

—¿Fue un accidente?

Mara levantó la mirada.

Por primera vez, pareció genuinamente aterrada.

—Yo no la maté.

Daniel no había dicho que alguien la matara.

Se quedó completamente quieto.

Mara comprendió su error.

—Daniel...

Él retrocedió un paso.

—No vuelvas a hablarme sin un abogado presente.

Salió.

Afuera, Samuel esperaba.

—¿Qué pasó?

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Daniel cerró la puerta.

—Acaba de responder una pregunta que todavía no le había hecho.

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