Chapter 6 - LAKEVIEW OLÍA A CLORO, MADERA HÚMEDA Y MIEDO VIEJO

La propiedad de Lakeview quedaba al borde de un lago abandonado, detrás de una carretera secundaria cubierta de niebla y árboles flacos. A primera vista parecía una simple casa rural vacía: tejado bajo, porche hundido, persianas cerradas y una cerca medio caída. Pero al acercarse, Nora notó detalles que no cuadraban con el abandono: huellas recientes de camioneta, una bombilla encendida en el cobertizo lateral y bidones de agua apilados junto a la puerta trasera.
—No está vacía —murmuró.
Félix pidió apoyo por radio y levantó la mano indicando silencio.
Abram iba detrás, incapaz de quedarse en el coche como le pidieron. Llevaba la mandíbula rígida y la fotografía de Helen en el bolsillo interior de la chaqueta. No sabía por qué la había traído, solo que necesitaba sentir físicamente el peso del pasado mientras entraban en otro posible escondite de su madre.
La puerta principal estaba cerrada, pero la trasera cedió con una simple patada de Félix.
El olor fue lo primero.
Cloro barato.
Madera húmeda.
Comida enlatada.
Y ese aire inmóvil de los lugares donde la vida sigue, pero sin dignidad.
La cocina estaba casi vacía. Solo una mesa, dos sillas, un refrigerador antiguo con cerradura externa y una alacena llena de productos secos. Nora revisó rápido y encontró medicamentos sedantes, guantes desechables y varias jeringas nuevas.
—Dios.
Félix avanzó hacia el pasillo. Había tres puertas. Una daba a un baño. Otra, a un dormitorio mínimo con cama de hierro y ventana enrejada. La tercera estaba cerrada con cerrojo.
Abram lo supo antes de que la abrieran.
La respiración le cambió.
La piel se le erizó.
Había alguien adentro.
Se oía un roce.
Muy leve.
Como de tela contra pared.
Félix abrió de golpe.
Dentro encontraron a una mujer de unos cincuenta años, extremadamente delgada, sentada en un colchón bajo, con una manta hasta la cintura y los ojos agrandados por una mezcla de terror y acostumbramiento. No parecía desmayada ni recién encerrada, sino alguien que llevaba tanto tiempo contenida que ya medía cada reacción antes de mostrarla.
—No se acerquen de golpe —susurró Nora.
La mujer los miró a todos y finalmente su vista se clavó en Abram.
Entonces empezó a llorar.
—Thomas...
Abram sintió un vuelco brusco.
—No. Yo soy Abram.
La mujer cerró los ojos con una sacudida de dolor.
—Claro... claro... te pareces tanto...
Félix se arrodilló a una distancia prudente.
—Señora, somos policía. Está a salvo. ¿Cómo se llama?
Ella tardó un segundo.
—Eleanor Price.
Nora y Félix intercambiaron una mirada.
La libreta azul tenía esa inicial: E. Price.
Abram dio un paso más cerca.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
Eleanor soltó una risa hueca.
—No sé si aquí exactamente... o en otros sitios. Tu madre me movía cuando se asustaba. A veces el cobertizo. A veces la cabaña. A veces el sótano de la iglesia vieja cuando Earl la ayudaba.
El estómago de Abram se cerró.
No era una sola víctima histórica.
Era una superviviente arrastrada de un escondite a otro durante años.
—¿Por qué? —preguntó él, incapaz de formular algo mejor.
Eleanor lo miró largamente.
—Porque vi lo que le hizo a Helen.
La casa entera pareció detenerse.
Félix levantó la vista.
Nora activó discretamente la grabadora.
Abram sintió un zumbido ensordecedor en los oídos.
—¿Helen Voss estuvo aquí? —preguntó Nora.
Eleanor tragó saliva.
—No aquí. Primero en el cobertizo viejo, el de la casa principal. Luego Earl la llevó en camioneta a una cantera. Yo trabajaba entonces limpiando para tu madre. Oí demasiado. Ella dijo que Helen no debía seguir hablando del dinero y de la niña. Que si no firmaba, ambas dejarían de ser un problema.
Abram apoyó una mano en la pared.
—¿La niña?
Eleanor asintió lentamente.
—La pequeña sobrevivió.
El mundo se inclinó.
—¿Qué?
—Tu padre no soportó eso —dijo ella con voz cada vez más temblorosa—. Llegó antes de que Doreen decidiera qué hacer con la niña. La entregó en secreto a una pareja del condado vecino. Dijo que era lo único decente que haría en su vida después de callar lo de la madre.
Abram dejó de respirar por un instante.
Su padre, entonces, no solo sabía.
También intervino, tarde y a medias.
Félix habló con tono práctico para sostener la escena.
—Señora Price, ¿sabe dónde está Earl Benton?
Eleanor bajó la vista.
—Si Doreen cayó, irá por los archivos. Siempre dijo que, si alguna vez la policía abría Lakeview, el anexo del molino no debía caer intacto.
Nora frunció el ceño.
—¿Qué molino?
Eleanor levantó una mano temblorosa y señaló hacia el bosque.
—El viejo molino de agua. Detrás del lago. Ahí guardan las cajas. Fotografías. Papeles. Y... cosas de las mujeres.
Félix pidió de inmediato otra unidad al lugar.
Mientras los paramédicos asistían a Eleanor, Abram se quedó quieto, procesando demasiado a la vez: Celia viva, otra mujer rescatada, Helen probablemente muerta, su padre cómplice y a la vez incapaz de irse del todo, una niña salvada en secreto hace veinte años y un molino lleno de archivos que podían terminar de hundir o explicar todo.
Entonces Eleanor volvió a hablar, casi en un susurro.
—Si llegan al molino y encuentran la habitación roja... entenderán por qué Doreen prefería matar de hambre.
Abram giró la cabeza hacia ella lentamente.
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Y comprendió que el verdadero centro del horror todavía no había aparecido.
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