Chapter 3 - CELIA SOBREVIVIÓ, PERO SU RELATO ABRIÓ EL INFIERNO

El hospital del condado olía a desinfectante, lluvia arrastrada por zapatos y café recalentado. Abram pasó las puertas de urgencias como si aún siguiera corriendo hacia el cobertizo. Sus manos no dejaban de temblar.
Encontró a Celia en una sala privada, conectada a suero, con mantas hasta el pecho y el rostro ligeramente más limpio, aunque igual de pálido. A su lado estaba Nora, sentada con una libreta, pero sin presionarla. La oficial comprendió enseguida que la primera necesidad de Celia no era hablar con la ley, sino ver a su esposo.
—Tienes diez minutos —dijo Nora—. Luego necesito una declaración formal.
Abram se acercó a la cama y tomó con cuidado la mano de Celia.
Estaba helada.
Ligerísima.
Demasiado frágil.
Ella abrió los ojos al sentir el contacto y sonrió apenas, una curva dolorosa que casi lo destruyó.
—Pensé que no ibas a encontrarme a tiempo.
Él cerró los ojos para contenerse.
—Lo hice tarde. Lo siento.
Celia negó con un movimiento mínimo.
—Llegaste.
Esa misericordia le dolió todavía más.
Se sentó junto a ella y acarició los nudillos marcados de sus manos. Había heridas pequeñas, uñas rotas, la piel reseca de la deshidratación.
—¿Qué te hizo? —preguntó con la voz rota.
Celia tragó saliva. Miró de reojo a Nora y luego volvió a Abram.
—Me golpeó la noche del viernes con un jarrón en la cocina. Yo había encontrado una llave escondida en su cárdigan. Le dije que sabía que abría algo detrás del cobertizo. Ella sonrió... y me dijo que las mujeres curiosas de esta familia no duraban mucho.
Abram sintió náuseas.
Celia siguió:
—Cuando desperté, estaba allí. En el suelo. Atada de una mano a una tubería vieja. No me daba más que agua sucia, y a veces ni eso. Decía que si moría despacio parecería que me había ido por voluntad propia después de “un episodio”.
Nora intervino con suavidad:
—¿Mencionó a alguien más?
Celia cerró los ojos por un segundo.
—Sí. Dos veces me llamó por otro nombre.
Abram frunció el ceño.
—¿Qué nombre?
—Helen.
El nombre golpeó el cuarto con una extrañeza inmediata. Abram no lo reconocía como familiar, pero algo en la manera en que Celia lo dijo lo volvió importante.
Nora anotó.
—¿Algo más?
Celia asintió, muy despacio.
—En una de las noches oí golpes detrás de la pared del fondo. Pensé que eran ratas. Luego una voz... muy débil. No sé si era real o si estaba delirando. Pero una voz de mujer dijo: “No le digas dónde está la libreta.”
Abram se quedó inmóvil.
—¿Había alguien más vivo ahí?
—No lo sé —susurró Celia—. Cuando intenté arrastrarme hacia las cajas, tu madre entró corriendo y me pateó en el costado. Después movió muchas cosas. Como si escondiera algo.
Nora se volvió hacia Abram.
—¿Conoce usted a alguna mujer llamada Helen relacionada con su madre?
Él negó.
—No.
Pero justo cuando lo dijo, un recuerdo antiguo pinchó en su memoria. Una discusión de sus padres, cuando él tenía quizá doce años. Gritos detrás de una puerta cerrada. Su madre diciendo: “No vuelvas a pronunciar el nombre de esa loca.” Y su padre respondiendo algo que entonces no entendió: “La ayudaste a desaparecer.”
Abram había olvidado aquella escena durante años.
O quiso hacerlo.
Nora notó el cambio en su cara.
—Recordó algo.
—Tal vez —dijo él, aturdido—. No sé si importa.
—Ahora todo importa.
Celia soltó un pequeño gemido cuando trató de girarse. La enfermera entró para revisar signos vitales y confirmó que el embarazo seguía siendo viable, aunque necesitaban estudios urgentes por la desnutrición y el trauma. Cuando la puerta volvió a cerrarse, Celia tomó aire con dificultad.
—Hay una libreta azul —murmuró—. La vi en el compartimento la primera noche, antes de que me arrastrara al otro lado. Tenía fechas y nombres de mujeres. Tu madre la escondía cada vez que entraba.
Nora levantó la vista.
—Eso coincide con lo que encontramos.
Abram apretó la mano de su esposa.
—Vamos a sacarlo todo.
Celia lo miró fijo, con un terror profundo que aún no se había ido.
—No subestimes a tu madre. Ella ya hizo esto antes.
La frase quedó suspendida en el cuarto como un cuchillo.
Abram quiso negar. Quiso resistirse al abismo final que aquella idea abría. Pero no pudo. Demasiadas piezas empezaban a apuntar al mismo lugar.
Nora guardó la libreta y se puso de pie.
—Hay alguien más que quiere hablar con usted, señor Mercer.
—¿Quién?
La oficial dudó apenas.
—Su vecina de la infancia. La señora Lorraine Wilkes. Llamó a la comisaría en cuanto escuchó de la detención. Dice que si Doreen volvió a encerrar a una mujer... entonces ya es hora de hablar de lo que pasó hace veinte años.
Abram se levantó lentamente de la silla.
El pasado acababa de abrir una puerta.
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Y estaba claro que detrás no esperaba nada bueno.
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