Chapter 4 - EL CUARTO SELLADO DE ELENAEl pasillo del ala norte estaba helado pese a la calefacción central.

Daniel se quedó inmóvil frente a la puerta entreabierta de la antigua habitación de Elena. El zapato infantil quemado seguía allí, torcido sobre la alfombra, demasiado real para ser una ilusión y demasiado oportuno para ser casual. Lo recogió con cuidado.
Era viejo.
Muy viejo.
Pero no tanto como para llevar veinte años allí.
Alguien lo había colocado recientemente.
Empujó la puerta despacio.
Un olor a madera cerrada, polvo y tela antigua lo golpeó de inmediato. La habitación permanecía casi intacta, como si el tiempo se hubiera detenido con violencia en el instante equivocado. Las paredes rosa pálido, los muebles blancos, una mesita baja con cuentos infantiles, una estantería y un pequeño piano de juguete cubierto por una sábana amarillenta. En un rincón, una cama individual con dosel.
Y sobre la almohada, una muñeca de trapo a medio quemar.
Daniel sintió un vuelco en el estómago.
Aquella muñeca era de Elena.
La había visto por última vez la noche del incendio.
—No puede ser... —murmuró.
Entró más.
Había polvo en la mayoría de las superficies, sí, pero también marcas recientes. Un cajón movido. Una cortina apenas corrida. Huellas tenues en el suelo. Aquello no había permanecido cerrado por completo.
Al fondo de la habitación, detrás del biombo blanco, descubrió algo más: una pequeña puerta interior que comunicaba con un armario vestidor. Recordaba su existencia, pero no su profundidad. Cuando abrió, el espacio resultó más grande de lo esperado y terminaba en una pared revestida de paneles antiguos.
Uno de esos paneles estaba mal encajado.
Daniel lo tocó.
Cedió.
Detrás apareció un hueco estrecho con una caja metálica, un reproductor digital viejo y un sobre atado con cinta azul. Tenía el nombre de Valeria en la portada, pero debajo, en letras apresuradas, añadía:
“Si Daniel llega primero, hazle escuchar la pista 3.”
El corazón le golpeó la garganta.
Sacó el reproductor y pulsó la pista señalada.
La voz de Valeria llenó el vestidor, suave pero tensa.
—Daniel, si estás oyendo esto, algo salió mal conmigo. Escúchame hasta el final. No apartes a Clara. No importa con qué nombre haya llegado a esta casa. Si escuchaste la canción, ya sabes que no es una coincidencia. Beatriz mintió sobre Elena. Y si yo desaparecí, fue porque empecé a acercarme demasiado a la misma verdad.
Daniel cerró los ojos un segundo.
La grabación continuó.
—Hace tres meses encontré documentos viejos en el despacho de tu padre. Mencionaban un traslado infantil después del incendio y pagos a una clínica privada. También encontré dibujos de tus hijos hechos por una mano que no era la suya. Clara ya estaba cerca, aunque yo aún no sabía cómo llegaría a ustedes. El cuarto de Elena guarda la primera prueba. La segunda está donde Beatriz nunca permitiría jugar a los niños: la capilla vieja.
La grabación se interrumpió abruptamente con un ruido metálico y una respiración ahogada. Luego silencio.
Daniel se quedó inmóvil, con el reproductor en la mano.
Beatriz había mentido sobre Elena.
Valeria lo sabía.
Y Clara formaba parte de esa verdad de alguna manera.
Entonces oyó un pequeño crujido a su espalda.
Se giró bruscamente.
Clara estaba en la puerta de la habitación.
Pálida.
Sin aliento.
Con el uniforme arrugado como si hubiera salido corriendo del cuarto del ala este.
—No debías entrar aquí sola —dijo Daniel.
Ella ignoró la reprimenda y miró la cama, la muñeca, el piano, la luz mortecina de aquella habitación detenida. Sus ojos se llenaron de algo mucho más peligroso que el miedo.
Reconocimiento.
Se llevó una mano a la boca.
—Yo... conozco este olor.
Daniel no dijo nada.
Clara avanzó muy despacio hacia la cama. Rozó con la punta de los dedos el dosel blanco. Luego se dirigió directamente al piano de juguete, levantó la sábana y pulsó una tecla rota.
Una nota desafinada sonó en el cuarto.
Clara se estremeció.
—Una mujer me escondió debajo de esta cama —susurró—. Había humo. Yo tenía mucho miedo. Ella lloraba y me dijo que no hiciera ruido.
Daniel sintió que la espalda se le helaba.
—¿Quién era esa mujer?
—No veo su cara —dijo Clara, llevándose la mano a la sien—. Solo su voz... me decía “Lena, no salgas, no mires atrás”.
Lena.
El apodo que solo su madre usaba para Elena.
Antes de que Daniel pudiera responder, sonaron pasos rápidos en el pasillo. Beatriz irrumpió en la habitación con Marta detrás, descompuesta.
—¡Aléjate de ahí! —gritó.
La violencia del tono hizo que Clara retrocediera instintivamente. Daniel se colocó delante de ella.
—Basta.
Beatriz clavó la mirada en el reproductor de audio que él aún sostenía.
—¿Qué escuchaste?
—Lo suficiente.
—Valeria estaba enferma, Daniel. Te llenó la cabeza de obsesiones.
—No uses esa palabra otra vez.
Marta, que había permanecido callada demasiado tiempo, alzó de pronto la voz.
—La señora Valeria no estaba enferma cuando me pidió que escondiera ese panel.
El silencio cayó como un ladrillo.
Beatriz giró la cabeza muy despacio hacia la anciana.
—¿Qué dijiste?
Marta tragó saliva, pero ya no retrocedió.
—Dije la verdad.
Clara la miró, sorprendida.
Daniel también.
La anciana juntó valor.
—La señora Valeria me pidió ayuda porque creía que iban a hacerle algo. Dijo que, si alguna vez la canción volvía a sonar en esta casa, el señor Daniel debía mirar la capilla vieja antes del amanecer.
Beatriz dio un paso brusco.
—¡Cállate, Marta!
Pero ya era demasiado tarde.
Daniel guardó el reproductor, tomó la mano temblorosa de Clara sin siquiera pensarlo y la condujo fuera del cuarto.
—Vamos a la capilla.
Ella no discutió.
Sin embargo, al llegar al final del pasillo, uno de los gemelos apareció allí, solo, pálido y descalzo.
Era Tomás.
Llevaba un dibujo en la mano.
—Papá... lo encontré debajo de mi almohada.
Daniel lo tomó.
Era el dibujo de una mujer castaña rodeada por dos niños y, abajo, con letra infantil temblorosa, una frase escrita por otra mano, adulta:
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“Si quieren encontrar a mamá viva, no dejen sola a Clara.”
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