Chapter 8 - LA CAJA DE MÚSICATodo ocurrió a la vez.

Emily gritó.
Clara intentó soltarse.
El guardaespaldas de la sombra alzó el arma.
Y Beatrice apuntó primero hacia Adrian, luego hacia la estantería donde descansaba la vieja caja de música del pabellón.
Adrian se movió por puro instinto.
Se lanzó hacia un costado justo cuando sonó el disparo. El cristal del ventanal estalló detrás de él. Marcus irrumpió al mismo tiempo por la puerta lateral con dos hombres más, empujando a uno de los guardias hacia el suelo. El salón se convirtió en un caos de gritos, órdenes y muebles arrastrados.
—¡Emily! —rugió Adrian.
La niña se echó a un lado con la silla aún atada cuando Clara, reuniendo una fuerza casi imposible, empujó a la enfermera y se arrojó hacia ella. Ambas cayeron al suelo. Adrian aprovechó la distracción, alcanzó a Emily y cortó las ataduras con una navaja que Marcus le lanzó desde la entrada.
Beatrice volvió a disparar, esta vez hacia la estantería.
La bala rozó la madera y tiró al suelo varios libros y la caja musical.
—¡No! —gritó Clara.
Theodore trató de abalanzarse sobre el aparato, pero Marcus lo interceptó de un golpe seco en el pecho y lo inmovilizó contra la chimenea. Los demás guardaespaldas, al ver que los hombres de Adrian controlaban ya la sala, vacilaron. Aquello ya no era una orden del patriarca en una casa sometida. Era una escena criminal demasiado evidente para seguir fingiendo lealtad ciega.
Adrian tomó a Emily con un brazo y con el otro ayudó a Clara a incorporarse.
—¿Estás herida?
Ella negó, respirando con dificultad.
—La caja… ábrela.
La recogió del suelo. La madera estaba agrietada por el golpe, pero el mecanismo seguía entero. Adrian forzó el pequeño compartimento inferior y encontró dentro una tarjeta de memoria envuelta en tela.
Beatrice lo vio.
Su rostro cambió del odio al pánico desnudo.
—¡Dámela!
Se lanzó hacia él, pero Marcus la detuvo antes de llegar. La mujer forcejeó como una fiera. Theodore, aún retenido, dejó de mantener siquiera la compostura.
—¡No sabes lo que estás destruyendo! —bramó—. ¡Todo ese patrimonio, todo ese nombre, todo ese imperio existe porque yo lo sostuve!
Adrian lo miró con una frialdad devastadora.
—No. Existe a pesar de ti.
Minutos después, ya con Theodore y Beatrice controlados por los hombres de Marcus, Adrian reprodujo el contenido de la tarjeta en el monitor portátil que uno de sus guardaespaldas llevaba en el vehículo.
La imagen mostró a Theodore en aquel mismo salón del pabellón, tres noches antes. Clara estaba sentada frente a él, débil pero consciente. La grabación era algo temblorosa, como si hubiera sido activada a escondidas.
La voz de Theodore sonó clara.
—Firmas mañana, Clara. Después Emily será declarada menor bajo tutela especial y el consejo me entregará el control hasta su mayoría de edad. Es lo más simple.
Clara respondía con un hilo de fuerza:
—Emily es la heredera. Y Adrian sabrá lo que hiciste.
Theodore se inclinaba hacia ella.
—Adrian sabrá lo que yo le diga, igual que cuando creyó en tu incendio.
La grabación continuaba.
—Secuestraste mi vida —decía Clara.
—Evité que arruinaras la familia —respondía Theodore.
Luego Beatrice entraba en plano y preguntaba:
—¿Y si la niña habla antes del cumpleaños?
Theodore respondía, impaciente:
—Entonces la apartamos. Pero sin escándalo.
Beatrice sonreía con frialdad.
—Yo me encargo.
La grabación se cortó allí.
El salón quedó en silencio.
Incluso algunos de los hombres de seguridad de Theodore bajaron la mirada.
Clara se abrazó a Emily con tanta fuerza como podía. La niña lloraba hundiendo el rostro en su pecho, como si por fin el cuerpo reconociera que aquello que llevaba años llorando en sueños estaba ahí, vivo, real, aunque roto.
Adrian guardó la tarjeta.
—Esto irá al consejo y a la policía esta misma noche.
Theodore alzó la cabeza con una mezcla de rabia y desesperación.
—No llegarás a tiempo. La sesión se adelantó. Empieza en una hora, en la mansión.
Adrian se quedó quieto.
—¿Qué?
Clara palideció.
—Quiere aprobar la tutela antes de que el consejo vea otra cosa.
Marcus miró el reloj.
—Si salimos ya, quizá lleguemos.
Beatrice, todavía retenida, soltó una risa áspera.
—Llegarán. Pero no tendrán idea de quién más está comprado ahí dentro.
Adrian tomó a Emily de la mano y sostuvo a Clara por los hombros.
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No tenían una hora.
Tenían una guerra final.
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