Chapter 4 - SAN JERÓNIMOAdrian salió de la mansión antes del amanecer.

No informó a Theodore.
No habló con Beatrice.
No pidió permiso a nadie.
Dejó a Emily bajo la vigilancia de Martha y de Marcus Hale, el único jefe de seguridad en quien confiaba desde la muerte de Clara. A Marcus le dio dos instrucciones claras: nadie sacaría a Emily de su vista, y si Theodore intentaba intervenir, él debía llamarlo de inmediato, aunque eso significara romper con el patriarca.
Luego condujo solo hasta las afueras de la ciudad.
La Clínica San Jerónimo estaba a cuarenta minutos de la mansión, escondida detrás de una arboleda y protegida por muros de piedra bajos, más elegantes que hospitalarios. Desde fuera parecía un lugar sereno, especializado en el descanso de familias ricas que preferían mantener sus dolores fuera del ruido público. Adrian había estado allí una sola vez, años atrás, para una donación benéfica organizada por Theodore.
Jamás imaginó volver buscando a su esposa muerta.
Entró con la determinación seca de quien ya no puede permitirse negarse la verdad. En recepción dio su nombre y exigió acceso a los registros archivados de pacientes asociados a la fundación Sterling. La recepcionista se tensó en cuanto lo oyó y le pidió que esperara.
No esperó.
Avanzó directo por el pasillo administrativo hasta que un médico y dos guardias internos le cortaron el paso. Adrian apenas contuvo las ganas de empujarlos.
—Busco a Clara Sterling.
El doctor parpadeó.
—Señor, no tenemos ninguna paciente con ese nombre.
—Entonces búsquenla con otro.
—No puedo divulgar información privada.
Adrian mostró el brazalete de plata.
—Esto estaba en una habitación secreta de mi casa. Mi hija escuchó la voz de su madre en un pasillo que mi padre mantiene sellado. Así que no vuelva a decirme que no hay información.
El médico tragó saliva, incómodo, pero mantuvo la negativa. Fue una mujer quien rompió el equilibrio.
Una enfermera pelirroja, de unos cincuenta años, que pasaba con una carpeta, redujo el paso apenas al escuchar el apellido Sterling. Sus ojos fueron del brazalete al rostro de Adrian, y luego a los guardias. No dijo nada. Siguió de largo.
Cinco minutos después, mientras el doctor fingía consultar “archivos inexistentes”, la misma enfermera dejó caer adrede una hoja doblada junto al pie de Adrian.
Él la recogió sin llamar la atención.
En el papel solo había una frase:
Sala de hidroterapia cerrada. Nivel -1. Siga la luz roja.
Adrian fingió guardar su paciencia y pidió usar el baño. Dos minutos más tarde bajaba solo por una escalera de servicio hacia el subsuelo.
La luz roja estaba al final de un corredor casi vacío.
La puerta de hidroterapia estaba cerrada con llave, pero no del todo. Entró.
La enfermera pelirroja lo esperaba allí.
—Mi nombre es Elena Brooks —dijo sin rodeos—. Y si alguien nos ve hablando, perderé el trabajo.
Adrian dio un paso.
—¿Clara está viva?
Los ojos de la mujer se llenaron de una tristeza incómoda.
—Lo estaba cuando la vi por última vez.
Adrian sintió el golpe como una corriente helada.
—¿Qué significa eso?
Elena miró hacia la puerta.
—Hace años trajeron a una mujer bajo el alias de Eva Collins. Estaba sedada, desorientada, pero lúcida a ratos. Repetía dos nombres todo el tiempo: “Adrian” y “Emily”. Se nos ordenó tratarla como paciente psiquiátrica de alto riesgo. Nunca presentaron una evaluación externa real. Solo documentos firmados por Theodore Sterling.
Adrian apretó los puños.
—¿Cuánto tiempo estuvo aquí?
—Intermitentemente, casi tres años. Luego dejaron de ingresarla oficialmente. Desde entonces la movían entre propiedades privadas y el pabellón clínico para revisiones breves. Hace dos meses se la llevaron definitivamente.
—¿A dónde?
Elena sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña tarjeta de memoria.
—No lo sé con certeza. Pero antes de que la trasladaran, logré grabarla cuando tuvo un momento de claridad.
Adrian tomó la tarjeta con dedos temblorosos.
—¿Por qué me ayudas?
—Porque tengo una hija de la edad de Emily —respondió Elena—. Y porque vi a Clara llorar pidiendo que protegieran a su niña.
Buscaron una sala vacía para reproducir el archivo en una tableta médica. La imagen era inestable, clandestina. Mostraba a una mujer delgada, pálida, con el cabello más corto y los ojos hundidos, sentada sobre una cama clínica.
Pero era Clara.
No había duda.
Adrian tuvo que agarrarse a la mesa para no caer.
Clara miró directamente a la cámara, como si supiera que aquel mensaje quizá fuera su única salida.
—Si esto llega a Adrian… —dijo con voz ronca— el incendio fue una mentira. Theodore me encerró cuando descubrí los documentos del fideicomiso. Emily no debe acercarse al ala norte ni quedarse sola con Beatrice. Si Emily encuentra la Sala Azul, buscarán sacarla de la familia antes de su cumpleaños… porque cuando cumpla ocho años… todo cambiará.
La imagen tembló. Clara respiró con dificultad y añadió algo más, casi un susurro:
—Si aún puedo ser encontrada… búsquenme donde Theodore guarda lo que no quiere enterrar.
El video terminó.
Adrian se quedó sin aire.
Elena bajó la pantalla.
—Eso fue hace trece días.
—¿Su cumpleaños? —preguntó Adrian, pensando en Emily.
—¿Perdón?
—Emily cumple ocho años mañana.
La enfermera palideció.
Antes de que Adrian pudiera formular la siguiente pregunta, el teléfono vibró en su bolsillo. Era Marcus.
Contestó de inmediato.
—¿Qué pasó?
La voz del guardaespaldas llegó tensa.
—Señor… acaban de intentar llevarse a Emily del despacho. Y dejaron un mensaje en la pared del corredor.
—¿Qué mensaje?
Hubo una pausa breve.
May you like
Luego Marcus leyó, con voz más dura todavía:
—“Si quieres volver a ver a tu hija, deja de buscar cadáveres que debieron quedarse muertos.”
Related Stories