Chapter 3 - LA SALA PROHIBIDAAdrian abrió la puerta de golpe.

El corredor estaba vacío.
Solo una lámpara encendida al final del pasillo, el reflejo tenue de los ventanales sobre el suelo pulido y el eco de un silencio demasiado limpio. Nadie corría. Nadie se escondía a la vista. Pero alguien había estado allí. Alguien había sabido qué llevaba en la mano y qué pensaba hacer después.
Volvió al despacho con la sensación de que la mansión entera acababa de volverse un laberinto hostil.
Emily lo esperaba abrazada a un cojín, con los ojos enrojecidos.
—¿Era alguien malo?
Adrian cerró la puerta con llave.
—No lo sé todavía.
Se acercó, se agachó ante ella y le habló con una firmeza suave.
—Quiero que te quedes aquí con Martha.
Martha Doyle, la ama de llaves que había servido a Clara con lealtad durante años, entró pocos minutos después con el rostro pálido tras ver el estado de la niña. Adrian le explicó lo mínimo. Nada sobre la llave, nada sobre la Sala Azul. Solo que no dejara a Emily sola ni un segundo y que si alguien, fuera quien fuera, pedía entrar, ella no abriera.
Martha asintió con los ojos húmedos.
—Yo la protejo, señor Adrian.
Él apretó la pequeña llave en el puño y se dirigió al ala norte.
A medida que subía la escalera secundaria del servicio, la música y el murmullo de la recepción quedaban atrás. El corredor prohibido estaba tal como lo recordaba: papel tapiz descolorido, lámparas apagadas, puertas cerradas con fundas de lino sobre algunos muebles y la sensación de que allí el tiempo se había detenido. Al final del pasillo, una puerta azul más oscura que las demás lo esperaba como un recuerdo enterrado.
Junto a ella colgaba un retrato torcido de una mujer en gris.
Emily no había mentido.
Adrian levantó el cuadro. Detrás había una pequeña hendidura. Introdujo la llave. El mecanismo cedió con un clic seco.
La puerta se abrió.
Lo primero que lo golpeó fue el olor.
No a polvo.
A medicamento.
La Sala Azul seguía decorada como un salón íntimo de lectura: cortinas azul pálido, un sofá claro, una mesita con porcelana, estanterías y una antigua cuna vacía cubierta con una tela blanca. Pero había cosas que no pertenecían a aquel escenario detenido: un vaso de agua reciente, una bandeja con restos de comida, dos frascos de sedante sobre un aparador y una manta femenina doblada sobre el sofá.
Alguien había estado usando la habitación.
Muy recientemente.
Adrian avanzó despacio, sintiendo que cada objeto confirmaba una sospecha más terrible que la anterior.
Sobre el brazo del sofá encontró algo que le detuvo el pulso.
Un brazalete de plata.
Reconoció la pieza al instante. Era de Clara. Se lo había regalado él en su primer aniversario de boda. Clara lo llevaba el día que supuestamente murió en aquel incendio del pabellón del lago. Después del accidente, nunca apareció entre las pertenencias recuperadas. Theodore había dicho que probablemente se había perdido entre los escombros.
Pero estaba allí.
En una habitación cerrada de la mansión.
Adrian lo apretó entre los dedos cuando oyó un sonido suave al otro lado de la pared lateral.
No era crujido de casa vieja.
Era un golpe.
Luego otro.
Como si alguien hubiera intentado mover algo pesado.
Adrian corrió hacia la pared entelada. Apartó un biombo y descubrió una estrecha puerta interior, casi invisible, oculta tras el revestimiento. Probó el pomo. Cerrado.
—¿Hay alguien ahí? —preguntó con la voz tensa.
Nada.
Solo silencio.
Después, muy débil, una especie de respiración ahogada.
Adrian retrocedió un paso, dispuesto a forzar la puerta, cuando sonó un teléfono.
Giró bruscamente. Sobre una mesa auxiliar, tapado a medias por una revista, había un celular viejo. Vibraba con insistencia. En la pantalla no figuraba ningún nombre. Solo un número bloqueado.
Contestó de inmediato.
—¿Quién habla?
Hubo un par de segundos de estática.
Después una voz femenina, rota, cansada, irreconocible al principio y, aun así, extrañamente familiar, susurró al otro lado:
—Emily no miente.
Adrian dejó de moverse.
—¿Quién eres?
La respiración se agitó.
—No confíes en Beatrice. No confíes en tu padre. Si quieres encontrarme… busca San Jerónimo.
—¡Espera! ¿Dónde estás? ¿Clara?
Hubo un sollozo ahogado, como si la persona hubiera querido decir más.
Pero la llamada se cortó.
Adrian se quedó inmóvil, con el teléfono pegado al oído y el brazalete de Clara en la otra mano.
San Jerónimo.
Era el nombre de una antigua clínica privada que la familia Sterling había financiado años atrás para tratamientos exclusivos de salud mental y rehabilitación. Clara nunca estuvo allí. O al menos eso le habían asegurado.
Miró otra vez la puerta interior oculta.
Y entonces entendió algo peor.
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La habitación no había sido preparada para encerrar un recuerdo.
Había sido preparada para ocultar a una persona.
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