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Chapter 9 - EL CAMERINO DE CELESTECeleste tenía un pequeño camerino privado junto a su suite.

No era un simple vestidor, sino una habitación completa dedicada a espejos, joyeros, vestidos, cajas de maquillaje y estanterías donde guardaba todo aquello que consideraba parte de su imagen. Durante años, la familia bromeó con que el cuarto era un santuario de vanidad. Esa noche dejó de parecer gracioso.

Arturo ordenó abrirlo de inmediato.

Celeste intentó impedirlo, primero con firmeza, después con nerviosismo, y finalmente con una desesperación que ya nadie se molestó en interpretar favorablemente.

—No tienen derecho a revolver mis cosas.

—Tú revolviste la medicación de tu madre y la vida de mi hija —respondió Daniel—. Ya no hables de derechos.

La puerta del camerino se abrió.

El olor a perfume denso llenó el aire.

Lucía encendió las luces mientras Arturo, Daniel y un guardia comenzaban a revisar cajones, cajas y armarios. No era un saqueo desordenado. Era una búsqueda guiada por la intuición de Beatriz.

“Donde Celeste guarda lo que me quitó.”

Daniel pensó en aquello mientras revisaba una cómoda llena de sobres antiguos y recibos. Arturo abrió un joyero. Nada. Lucía, con una precisión casi humilde, se fijó en lo que otros habrían ignorado: una caja de sombreros demasiado pesada para estar vacía.

La bajó.

Dentro, bajo varias piezas de seda doblada, había una cartera de cuero marrón atada con una cinta.

—Señor...

Daniel se acercó.

La abrió.

Dentro encontró una cadena fina rota, un pendiente que reconoció de inmediato como de Marina, varias fotografías impresas y, al fondo, un teléfono antiguo con la pantalla rota.

Sintió que el cuerpo entero se le endurecía.

—Ese era el teléfono de Marina.

Celeste dejó escapar un pequeño sonido, mitad rabia, mitad derrota.

Arturo se volvió hacia ella.

—¿Qué hace eso aquí?

Ella apretó los labios.

Daniel encendió el teléfono con manos temblorosas.

No respondió al primer intento.

Al segundo, la pantalla iluminó débilmente.

Había archivos aún guardados.

Notas de voz.

Mensajes.

Un video.

Daniel abrió primero una grabación de audio fechada el día del accidente.

La voz de Marina llenó la habitación.

Temblaba, pero era clara.

—Daniel, si escuchas esto y yo no llego a casa, no fue casualidad.

Daniel dejó de respirar.

Marina continuó:

—Tu hermana descubrió que hablé con Beatriz. Tiene acceso a cosas del trust de Emma que no debería tocar. También cambió algo en la medicación de tu madre, estoy segura. Voy a ver a Beatriz ahora mismo. Si me sigue llamando, no contestaré.

La grabación se cortó.

Nadie habló.

Lucía tenía lágrimas en los ojos.

Arturo parecía haberse quedado sin edad.

Daniel abrió el video.

Aparecía Marina dentro de su coche, estacionada, con el rostro desencajado. Grababa con la cámara frontal.

—Celeste vino a buscarme al estacionamiento. Me dijo que si cuento lo que sé, Emma crecerá sin padre. No sé si es una amenaza vacía o no, pero no pienso callarme.

Entonces alguien golpeaba la ventana del conductor.

La imagen se movía.

Por un segundo se veía el perfil de Celeste.

El video terminaba.

Daniel bajó muy despacio el teléfono.

Todo el cuarto quedó en silencio.

Por fin ya no se trataba solo de indicios o de sospechas indirectas.

Era la voz de Marina.

Era su miedo.

Era su conciencia de estar siendo amenazada.

Arturo se giró hacia su hija.

—¿La perseguiste ese día?

Celeste no contestó.

—¡Respóndeme! —rugió Arturo.

Ella finalmente se quebró.

No en un llanto noble.

No en una confesión limpia.

Sino en un estallido amargo.

—¡Sí! ¡Fui a verla!

Daniel avanzó un paso.

—¿Y después?

—Quería asustarla. Solo eso. Quería que dejara de meter las manos donde no entendía nada.

—¿La sacaste de la carretera?

—¡No!

La respuesta salió rápida, salvaje.

Daniel la sostuvo con la mirada.

—Entonces alguien más lo hizo. Alguien que tú pusiste en movimiento.

Celeste respiró agitadamente.

—Yo llamé a Héctor. Le dije que Marina iba a hablar. Él dijo que lo arreglaría. Eso es todo. ¡Eso es todo!

No era una absolución.

Era otra pieza de condena.

Arturo cerró los ojos un segundo, devastado por lo que estaba oyendo.

Lucía encontró entonces otro objeto en la cartera: una pequeña libreta con la letra de Beatriz. Dentro, solo una anotación subrayada.

“Celeste guardó el teléfono porque no pudo desbloquearlo. Nunca supo que Marina dejó copias automáticas.”

Daniel miró a Celeste con una frialdad total.

—No protegías el jarrón por amor a mamá. Protegías una cadena de mentiras que empezó con ella y siguió con Marina.

Celeste ya no encontró cómo defenderse.

Y en ese momento, uno de los guardias asomó a la puerta.

—Señor Arturo... ya viene la policía. Pero hay una urgencia.

Daniel giró.

—¿Qué pasó?

El hombre tragó saliva.

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—La niña no está en su habitación otra vez.

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