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Chapter 5 - LA NIÑERA DESAPARECIDATeresa salió de entre las estanterías como si emergiera de una tumba de archivos.

Tenía treinta y pocos años, el cabello oscuro recogido sin cuidado, ropa sencilla y el rostro consumido por el miedo y el insomnio. Gabriel la reconoció enseguida, aunque tardó un segundo en aceptar lo imposible: Teresa había trabajado en la mansión durante más de tres años cuidando a Nicolás, y supuestamente se había marchado meses antes de la muerte de Lucía para atender a una tía enferma en el interior.

—Teresa… —murmuró Gabriel—. ¿Dónde has estado?

La mujer miró primero a Beatriz y a Ferrán antes de atreverse a responder.

—Escondida.

Nicolás soltó la mano de su padre y se lanzó hacia ella con un llanto nuevo, más quebrado, más infantil.

—Tere…

Teresa lo abrazó de inmediato.

—Perdóname, mi cielo. Perdóname por no poder llevarte conmigo.

Gabriel sintió una mezcla de alivio y rabia.

—Explícate ahora mismo.

Teresa asintió, todavía abrazando al niño.

—No me fui. Me hicieron desaparecer de la casa.

Ferrán quiso intervenir:

—Eso es ridículo.

—Cállate tú —replicó Teresa con una dureza nacida del terror acumulado—. Ya me callé suficiente.

Mauro cerró la puerta del archivo y se colocó cerca, como si entendiera que nadie podía permitirse perder a esa testigo.

Teresa señaló el cuaderno negro.

—Él lo usaba para anotar las dosis que no podía poner en el sistema oficial.

Gabriel sintió el pulso en la garganta.

—¿Las dosis de qué?

—Sedantes. Hipnóticos. Algunas mezclas herbales que la señora Beatriz prefería administrar en infusiones para no dejar marca inmediata.

Nicolás levantó el rostro, llorando todavía.

—La bebida marrón.

Teresa asintió con tristeza.

—Sí.

Gabriel miró a su madre.

Beatriz seguía altiva, aunque cada vez más blanca.

—Lucía empezó a sospechar —continuó Teresa— porque varias noches despertaba aturdida, con la boca seca y sin recordar discusiones enteras. Usted viajaba mucho por el trabajo y la señora Beatriz aprovechaba para decir que eran ataques nerviosos.

Gabriel apretó los dientes hasta sentir dolor.

—¿Por qué?

Teresa vaciló.

Miró a Beatriz otra vez.

—Porque Lucía descubrió algo sobre la herencia.

Aquella palabra reorganizó el horror en una nueva forma.

Gabriel había sabido siempre que la fortuna Arizmendi era compleja. Tras la muerte de su padre, gran parte del capital quedó blindada por fideicomisos, inversiones familiares y cláusulas antiguas. Pero él nunca pensó que el dinero pudiera llegar hasta allí.

—Habla claro —dijo.

Teresa tragó saliva.

—La participación mayoritaria de la fundación y de dos empresas inmobiliarias no iba a pasar a la señora Beatriz cuando muriera don Ernesto. Iba a quedar bajo administración de Lucía hasta que Nicolás cumpliera diez años. Usted figuraba como cotutor, pero la firma operativa principal era de ella, no de su madre.

Gabriel sintió que el sótano entero se encogía.

Ahora sí había móvil.

Poder.

Control.

Miedo a perderlo.

Beatriz soltó una risa seca y amarga.

—¿Y de verdad creen que todo esto es por dinero? Qué simplista.

Teresa la miró con lágrimas rabiosas.

—Usted dijo que Lucía “no había nacido para gobernar esta casa”.

El silencio fue absoluto.

Ferrán dio un paso hacia la puerta.

Mauro se interpuso.

—Ni lo sueñe.

Gabriel volvió a Teresa.

—¿Qué le hicieron exactamente a Lucía?

La mujer acarició el cabello de Nicolás antes de responder.

—Al principio solo la sedaban. Querían firmar documentos cuando estaba confundida. Después ella empezó a esconder muestras, a escribir notas, a llamarme para que vigilara a Nicolás. Una noche escuchó al doctor y a la señora Beatriz discutir porque los análisis de Lucía mostraban restos de una benzodiacepina no prescrita.

Clara empezó a hiperventilar suavemente.

Beatriz se sostuvo con más fuerza del borde de una mesa.

—Todo eso son inferencias.

Teresa la ignoró.

—Lucía quiso llevar esos resultados a un abogado. Al día siguiente “se descompensó”. Esa fue la noche que Nicolás recuerda.

Gabriel sintió un escalofrío.

—La del video.

—Sí. Después de eso, no volví a verla despierta más de diez minutos seguidos.

Nicolás enterró la cara en el hombro de Teresa.

Ferrán habló al fin, pero ya sin serenidad.

—Lucía estaba delicada. Un tratamiento sedante no es asesinato.

Gabriel avanzó hacia él.

—¿Y sedar a mi hijo también formaba parte del tratamiento?

Ferrán retrocedió.

—Solo en situaciones extremas.

Nicolás levantó la cabeza.

—Él me dormía cuando preguntaba por mamá.

La verdad cayó con un peso insoportable.

Gabriel notó de pronto que Teresa llevaba algo colgado bajo el suéter, como un cordón con objeto metálico escondido. Ella misma lo sacó antes de que él preguntara.

Era una pequeña llave.

—Lucía me pidió que la guardara si algo pasaba. Abre el archivador gris del cuarto de costura del ala vieja. Allí escondió una carpeta con copias de laboratorios y un audio.

Beatriz perdió el control por primera vez.

—¡Eso no existe!

Teresa dio un paso atrás, protegiendo a Nicolás.

—Existe. Y usted lo sabe.

Mauro ya tenía el teléfono en la mano.

—Voy a llamar a la policía ahora.

Pero en ese momento la luz del sótano parpadeó una vez.

Luego dos.

Y finalmente se apagó por completo.

La linterna de Mauro fue la única luz en la habitación durante un segundo de caos.

Nicolás gritó.

Teresa también.

Se oyó un forcejeo, un golpe seco, pasos apresurados y el sonido de botellas cayendo al suelo.

Cuando Mauro enfocó de nuevo, la puerta lateral estaba abierta.

Ferrán había desaparecido.

Y Beatriz, respirando agitadamente en la oscuridad, susurró algo que no debía sonar a amenaza y sin embargo lo fue:

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—Si él llega primero al cuarto de costura… ninguno de ustedes querrá escuchar lo que dejó Lucía.

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