Chapter 4 - LA CAJITA AZUL Y EL SÓTANO SIN LUZLa mansión, de pronto, parecía demasiado grande.

Demasiados pasillos. Demasiadas puertas. Demasiados secretos.
Gabriel apretó la mano de Nicolás y salió del despacho de seguridad con paso rápido. Mauro fue tras ellos. Clara dudó apenas un instante antes de seguir también. Beatriz quiso avanzar por otro corredor, pero Gabriel se giró con una ferocidad contenida que la inmovilizó.
—No te mueves sola.
Ferrán intentó sostener la compostura.
—Todo esto es absurdo. Bajar al sótano ahora no resolverá nada.
Gabriel lo miró.
—Sube otro peldaño y te saco yo mismo de esta casa esposado a una silla.
Nicolás, pálido y aún tembloroso, apretó más fuerte el brazo de su padre. La presencia del médico lo alteraba demasiado como para dudar ya de su temor.
Primero fueron al antiguo dormitorio de Lucía, un cuarto que Gabriel apenas había podido pisar desde su muerte. Al abrir la puerta lo golpeó el olor a madera, perfume leve y ausencia. Las cortinas claras seguían abiertas como a ella le gustaba. Los libros infantiles de Nicolás continuaban en una estantería baja junto a una mecedora.
—Detrás de los cuentos —susurró el niño.
Gabriel apartó los libros uno por uno.
Allí estaba.
Una pequeña caja azul forrada en tela, del tamaño de un joyero sencillo. No tenía candado. Solo una cinta blanca enrollada alrededor.
Gabriel la abrió con dedos tensos.
Dentro encontró tres cosas.
Una memoria USB plateada.
Una nota doblada con la letra de Lucía.
Y una bolsita con tiras reactivas médicas.
Sintió un vuelco en el pecho.
Abrió primero la nota.
“Gabriel: si alguna vez Nicolás te lleva hasta esto, ya es demasiado tarde para mis sospechas y demasiado pronto para rendirte. No confíes en mi suegra. No confíes en Ferrán. He estado guardando muestras del sedante que creo que me dan. Si desaparezco o muero de forma repentina, analiza lo que hay aquí y revisa los videos del ala sur. Nicolás no imagina todo, aunque lo intenten convencer de lo contrario.”
Gabriel leyó dos veces, incapaz de respirar bien.
La carta seguía:
“También hay nombres en la memoria. Si decides abrirla, prepárate para descubrir que esto no empezó conmigo.”
El suelo pareció volverse más frío.
Beatriz, desde la puerta, se mantenía rígida como una estatua. Ferrán ya no intentaba hablar. Clara se tapó la boca con una mano al ver la nota.
—Ella… ella sabía… —murmuró.
Gabriel guardó la carta y la memoria en el bolsillo interior de la camisa. Tomó las tiras reactivas y miró a Mauro.
—Necesito que ese vaso del jardín no lo toque nadie.
Mauro asintió enseguida.
—Lo acordonaré ahora mismo.
Pero la alarma del sótano seguía zumbando en la radio interna.
—Lo de abajo no puede esperar —dijo el jefe de seguridad.
Gabriel asintió.
—Vamos.
Bajaron al sótano por la escalera de servicio. Nicolás se negó a quedarse solo arriba y Gabriel no quiso apartarlo de sí. El niño caminaba pegado a su costado. El sótano de la mansión mezclaba una bodega amplia, un archivo doméstico y una pequeña despensa médica que Ferrán usaba cuando atendía en casa a Beatriz o a los empleados. Olía a cemento frío, vino y productos de limpieza.
Dos de las luces estaban apagadas.
Mauro encendió una linterna.
La puerta de la despensa médica permanecía entreabierta.
Gabriel avanzó primero.
Adentro había estanterías con cajas rotuladas, un refrigerador pequeño y un armario metálico. Varias cosas estaban fuera de lugar. Alguien había abierto cajones y dejado frascos movidos. Y sobre la mesa central, como si lo hubieran abandonado a toda prisa, había un cuaderno negro.
—Yo no lo dejé así —dijo Mauro.
Ferrán palideció otra vez.
Gabriel lo notó.
—¿Qué hay en ese cuaderno?
—No lo sé.
La respuesta sonó demasiado rápida.
Gabriel tomó el cuaderno.
Era un registro clínico manuscrito. No oficial. No con membrete. Solo fechas, iniciales y observaciones breves.
L.A. — agitación posterior a dosis.
N.A. — somnolencia inducida / borrar episodio.
B.A. — ajuste por presión arterial.
Dosis entregadas a B. por indicación.
Gabriel sintió que las letras se le clavaban en la piel.
L.A. podía ser Lucía Arizmendi.
N.A. podía ser Nicolás Arizmendi.
Miró a Ferrán con un desprecio que ya rozaba el odio absoluto.
—¿Qué significa N.A.?
—No necesariamente son iniciales de ustedes.
Nicolás se echó a llorar, no por confusión sino por reconocimiento.
—Él me dio una inyección cuando dije que mamá estaba viva en mis sueños.
El aire se heló.
Gabriel se volvió de golpe.
—¿Qué?
Nicolás estaba pálido, temblando de pies a cabeza.
—La abuela dijo que yo estaba inventando. El doctor vino a mi cuarto. Me pinchó el brazo. Después dormí mucho. Cuando desperté, no me acordaba bien.
Ferrán dio un paso atrás.
Clara rompió a llorar en silencio.
—Dios mío.
Beatriz por fin alzó la voz con dureza.
—El niño necesitaba tranquilidad. Estaba incontrolable.
Gabriel dejó el cuaderno sobre la mesa con tanto fuerza que uno de los frascos vibró.
—Lo drogaban.
—Lo calmábamos.
—¡Era un niño!
El grito resonó contra el concreto.
Mauro tomó su radio.
—Voy a llamar a la policía.
Beatriz giró como una serpiente.
—Si haces eso, destruyes a esta familia.
Mauro la miró fijamente.
—Creo que ya la destruyeron ustedes.
Antes de que marcara, se oyó un ruido metálico al fondo del sótano. Una puerta secundaria, la del archivo doméstico, acababa de cerrarse de golpe.
Todos se quedaron quietos.
Gabriel pasó la linterna hacia ese lado.
Alguien estaba allí.
—¿Quién hay? —preguntó Mauro.
No hubo respuesta.
Solo un roce.
Un paso apenas.
Gabriel avanzó dos metros.
La puerta del archivo estaba entornada. Del otro lado se veía oscuridad y estanterías altas llenas de cajas antiguas.
Entonces una voz femenina, quebrada por el miedo, salió desde dentro:
—No enciendan toda la luz… si me encuentran hablando, me matan.
Nicolás se pegó a su padre.
Gabriel respiró hondo.
—¿Quién eres?
Hubo una pausa.
Y luego la respuesta cayó como otra grieta en aquella noche sin fondo:
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—Soy Teresa… la antigua niñera de Nicolás. Y sé qué le hicieron realmente a Lucía.
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