Chapter 3 - LA SALA DE COSTURA NO ESTABA VACÍAAdrian corrió de vuelta al gran salón con las cartas de Laura apretadas dentro de la chaqueta.

Emma seguía en el mismo lugar, pero ahora estaba envuelta en la manta, temblando y aferrada a Martha. Del otro lado del espacio, Beatriz discutía con uno de los guardias porque le habían quitado el teléfono móvil. Su voz sonaba crispada, más alta de lo habitual, y eso bastó para alterar a la niña.
Adrian tomó a Emma en brazos otra vez.
—Estoy aquí.
Ella respiró con dificultad, enterrando la cara en su hombro.
—Pensé que te habías ido.
La frase le hizo daño.
Demasiado tiempo había significado ausencia para aquella niña.
—No me voy a ir.
Howard Pierce se acercó con cautela.
—Señor Holloway, quizá sea prudente suspender formalmente la recepción.
Adrian ni siquiera dudó.
—Está suspendida. Que todos los invitados se retiren. Pero el personal principal se queda.
Beatriz dio un paso hacia él.
—No puedes humillarme de esta manera.
—Lo que te humilla es lo que ya hiciste.
Emma se tensó al oírla.
Adrian decidió no perder más tiempo en el salón. Si Laura había escondido algo en el ala norte, era mejor llegar antes de que Beatriz encontrara una forma de destruirlo.
Llamó a Martha, Ramona y a los dos guardias de seguridad. También pidió que uno de sus abogados, Daniel Ross, lo acompañara como testigo. Luego, con Emma todavía en brazos, subió la gran escalera hacia el ala norte de la mansión.
Beatriz intentó seguirlos.
—No vas a entrar sola a mis habitaciones privadas —le advirtió Adrian.
—No son privadas. Son parte de la propiedad cuyo control ya recuperé. Quédate donde estás.
La voz cortante de su hijastro la dejó inmóvil.
El ala norte olía a polvo, madera encerada y abandono. Aquel sector había quedado casi fuera de uso tras la muerte de Evelyn Holloway, la abuela de Adrian, y Beatriz aprovechó siempre la decadencia del lugar para mantenerlo cerrado. Emma miraba todo con una atención nerviosa.
—Mamá venía aquí a veces —susurró—. Me dijo que en las habitaciones viejas las paredes escuchan mejor que las personas.
Adrian tragó saliva.
La antigua sala de costura estaba al final del pasillo, junto a un ventanal cubierto con cortinas gruesas. La puerta tenía un candado sencillo y una capa fina de polvo que fingía años de olvido. Ramona señaló una pequeña moldura suelta en la pared.
—Laura escondió aquí la llave.
Adrian la encontró.
Al abrir la puerta, un olor a tela vieja y humedad escapó de la habitación. Había maniquíes cubiertos con sábanas, cajas de hilos, una máquina de coser antigua y un gran armario blanco contra la pared. A primera vista parecía solo un cuarto cerrado. Pero Laura no habría mencionado aquel lugar por nada.
Emma alzó una mano.
—Ahí.
Señalaba el maniquí del rincón, el único sin funda. Llevaba puesto un vestido infantil incompleto, también crema, y del bolsillo colgaba un pequeño alfiletero rojo.
Adrian se acercó.
Dentro del bolsillo encontró una llave diminuta y un papel enrollado.
El papel decía:
“Armario blanco. Falso fondo. Si Emma sigue con Beatriz, date prisa.”
Daniel Ross soltó un suspiro tenso.
Adrian probó la llave en el cajón inferior del armario blanco. El primer compartimento parecía contener solo retazos y revistas viejas. Al retirar la tabla del fondo encontró una caja metálica, un sobre sellado y un pendrive.
El corazón le golpeó en la garganta.
Abrió primero el sobre.
Dentro había una copia del certificado de nacimiento de Emma, el acta matrimonial de Adrian y Laura —que Beatriz siempre minimizó como una unión “sin efectos sobre el patrimonio”— y un informe firmado por el antiguo abogado de su padre. El documento explicaba que, según el testamento original de Leonard Holloway, una parte sustancial de la finca principal debía quedar protegida para Adrian y sus descendientes directos, sin intervención de ningún cónyuge superviviente del segundo matrimonio.
Beatriz había estado peleando contra algo que nunca le perteneció del todo.
Pero el hallazgo más inquietante estaba en la caja metálica.
Había fotografías.
En varias de ellas aparecía Emma llorando en la cocina, en el pasillo o sentada en el suelo del cuarto de servicio. En otras se veía a Laura discutiendo con Beatriz. Y en dos imágenes especialmente claras, un médico de mediana edad, el doctor Kenneth Hale, sostenía una jeringa junto a Emma mientras Beatriz observaba.
Emma al verlas empezó a temblar.
—Ese hombre... me dormía.
Adrian sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué dices?
La niña apretó los dedos en la manta.
—Cuando lloraba por mamá, la abuela decía que estaba malcriada. Luego él venía. Me pinchaba el brazo. Yo dormía mucho y después no me acordaba de cosas.
Ramona se tapó la boca.
Daniel Ross sacó el teléfono.
—Esto ya es un asunto criminal.
Adrian tomó entonces el pendrive.
—Necesito un ordenador.
Ramona señaló la mesa lateral.
Aún quedaba allí una vieja computadora de costura conectada al sistema interno de la casa. Tardó casi un minuto en encender. Emma no apartaba los ojos de la pantalla. Adrian insertó el pendrive. Solo había una carpeta: “Si Beatriz niega todo.”
Abrió el archivo principal.
La pantalla mostró un video doméstico de Laura.
Estaba sentada justo en aquella misma sala, mucho más pálida y delgada de lo que él la recordaba, pero completamente consciente. Miró a cámara y empezó a hablar.
—Adrian, si ves esto, significa que no me dejaron salir antes de que pudieras volver. Beatriz está intentando declararme inestable y quedarse con Emma. Si yo desaparezco, no busques solo la escritura. Busca el libro rojo del despacho de Leonard. Ahí está el registro de pagos al doctor Hale.
Emma dejó escapar un pequeño gemido al reconocer la voz de su madre.
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Y en ese instante, el pomo de la puerta giró con violencia desde afuera.
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