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Chapter 2 - LA HABITACIÓN ROBADARichard llevó a Olivia al interior de la mansión sin permitir que nadie la tocara ni le dirigiera una sola palabra. La sostuvo de la cintura mientras subían la escalinata principal, cruzaban el gran vestíbulo y dejaban atrás el silencio tenso de familiares y empleados. Detrás de ellos, Ethan seguía gritando desde la jaula del jardín, exigiendo ser liberado, mientras Vanessa intentaba mantener la compostura con una expresión cada vez más frágil.

La llevaron al antiguo salón azul del ala este, una habitación privada que Olivia usaba de niña cuando necesitaba refugiarse del formalismo insoportable de las cenas familiares. Allí, por fin, Richard cerró la puerta y se giró hacia su hija.

—Ahora me vas a contar todo —dijo, y aunque hablaba con calma, había una violencia helada en cada sílaba.

Olivia tardó unos segundos en responder. Se dejó caer en un sillón, todavía con una mano sobre el vientre. El bebé se movió, como si también sintiera el pulso alterado de la noche.

—No empezó hoy —murmuró al fin—. Lleva meses.

Richard sintió que algo se cerraba dentro de su pecho.

—¿Meses?

Olivia asintió.

—Primero fueron cosas pequeñas. Decía que yo estaba sensible por el embarazo. Que dormía demasiado. Que olvidaba cosas. Que discutía sola. Luego comenzó a quitarme decisiones. Cambió al personal, interceptó mis llamadas, me dijo que tú estabas harto de mis “dramas” y que preferías mantener distancia hasta que yo me controlara.

Richard retrocedió un paso, incrédulo.

—Jamás recibí una sola llamada tuya en la que sonaras así.

Olivia soltó una risa rota.

—Porque nunca te las pasaron. O porque él siempre estaba cerca cuando yo hablaba.

La puerta se abrió de golpe antes de que Richard pudiera responder. Entró Mason Ward, jefe de seguridad de la familia y uno de los pocos hombres que Richard conservaba desde hacía años. Alto, serio y absolutamente leal, se detuvo en cuanto vio el estado de Olivia.

—Señor.

—Cierra toda la casa —ordenó Richard—. Nadie sale. Nadie llama a nadie sin que yo lo sepa. Y quiero un médico aquí en diez minutos.

Mason asintió.

—Ya viene el doctor Price. También he dejado a dos hombres custodiando la jaula.

—Bien. Ethan se queda ahí hasta que yo decida otra cosa.

Mason vaciló solo un segundo.

—Vanessa está muy alterada. Insiste en que ocupa la suite principal con permiso del señor Cole.

Richard giró lentamente la cabeza hacia Olivia.

—¿Tu habitación?

Los ojos de ella se humedecieron otra vez.

—Sí. Me mudó al cuarto de invitados de la planta baja hace tres semanas. Dijo que subir escaleras me hacía mal… y a los dos días ella ya estaba durmiendo en mi cama.

Aquella imagen fue incluso peor que la jaula. No solo había humillación. Había sustitución. Borrado. Un marido usurpando el lugar de su esposa embarazada en la propia casa de ella.

Richard salió del salón sin decir nada y caminó directamente a la suite principal con Mason siguiéndolo a un paso. Empujó la puerta.

Todo olía al perfume de Vanessa.

Sobre el tocador había maquillaje rubio, copas vacías, un camisón de seda champán y joyas que no pertenecían a su hija. En la mesita de noche, donde durante años Olivia guardó fotografías familiares y un libro de nombres para bebés, ahora reposaba una caja abierta con pendientes nuevos y una tarjeta escrita con letra masculina.

Para la verdadera señora de la casa. — E.

Richard apretó la tarjeta hasta arrugarla.

Mason apartó discretamente una botella sobre la cómoda.

—Esto estaba en el baño —dijo.

Era un frasco de vitaminas prenatales. A simple vista parecía normal. Pero el sello había sido manipulado.

El doctor Price llegó poco después. Revisó a Olivia en el salón azul mientras Richard esperaba de pie junto a la ventana. Cuando el médico salió, ya no parecía tranquilo.

—La presión está alta por el estrés —informó—, pero el bebé sigue bien por ahora. Sin embargo… —levantó el frasco de vitaminas en una bolsa de plástico— hay algo raro aquí. Estas no son solo vitaminas. A simple vista parece que alguien mezcló un sedante suave en varias cápsulas.

Richard sintió que la sangre se le congelaba.

—¿Podría haberla afectado durante el embarazo?

—Si ha estado tomándolas durante semanas, sí. Somnolencia, confusión, llanto fácil, desorientación… justo el tipo de síntomas que alguien podría usar para decir que una mujer está mentalmente inestable.

Richard cerró los ojos solo un segundo. Cuando los abrió, ya había tomado una decisión.

—Quiero todos los documentos médicos y legales de esta casa sobre mi hija. Esta noche.

Olivia, desde el sillón, levantó lentamente la mirada.

—Papá… hay más.

Él se acercó enseguida.

—Dilo.

Ella tragó saliva.

—Escuché a Ethan hablar por teléfono ayer. Dijo que mañana por la mañana todo iba a resolverse en “la sesión del consejo”. Que cuando firmaran la tutela temporal, yo no volvería a decidir nada sobre mi bebé ni sobre esta casa.

Richard se quedó inmóvil.

La sesión del consejo.

Solo un puñado de personas sabía que a la mañana siguiente se reuniría el pequeño comité fiduciario que supervisaba una parte crítica del patrimonio Sterling.

Y entre esas personas estaba Ethan.

Antes de que pudiera responder, Mason reapareció en la puerta con el rostro endurecido.

—Señor… hemos encontrado algo en la sala de control. Alguien borró las grabaciones del jardín y de la planta principal de esta noche.

Richard apretó la mandíbula.

—¿Se perdieron todas?

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Mason negó muy despacio.

—No. Una cámara secundaria del ala de servicio sigue intacta… y muestra a Vanessa entrando al dormitorio de Olivia con el frasco de vitaminas hace tres noches.

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