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Chapter 7 - LA MARINA VIEJA Y EL TESTAMENTO ROBADOLa marina vieja quedaba al extremo sur del complejo, más allá de las villas cerradas y del embarcadero principal para huéspedes. Era una zona que Arthur Bellmont había dejado casi intacta: viejas estructuras de madera, almacenes pequeños, una rampa de mantenimiento y un hangar náutico que ya casi no se usaba.

Justamente por eso era perfecta para una huida.

Cuando Clara y Ethan llegaron con el equipo, encontraron el lugar medio desierto y azotado por el viento. Las luces de seguridad oscilaban sobre el agua negra. Una lancha rápida esperaba encendida al final del muelle lateral.

Malcolm Reeves estaba allí.

Cincuenta años. Traje oscuro arrugado, el rostro pulido de ejecutivo respetable deformado por el miedo y la codicia. Sostenía un maletín metálico con ambas manos.

A su lado, Logan Cross apuntaba con una pistola hacia la mujer rubia vestida de blanco.

Vanessa.

La tenía agarrada del brazo.

Por primera vez, ella no parecía soberbia ni cruel.

Parecía presa.

—No den un paso más —gritó Logan al verlos.

Ethan se adelantó ligeramente.

—Suéltala.

Logan soltó una risa áspera.

—¿Y perder mi única garantía?

Malcolm miró a Clara con una mezcla de rabia y desesperación.

—No tenías derecho a volver.

Clara lo sostuvo con una frialdad que ya no necesitaba esfuerzo.

—Eso es exactamente lo que dicen los ladrones cuando reaparece el dueño.

Malcolm apretó el maletín.

—Ese resort iba a hundirse con tu sentimentalismo. Yo lo convertí en una estructura rentable.

—Lo convertiste en un cadáver financiero —dijo Valeria desde atrás.

Vanessa intentó soltarse, pero Logan la zarandeó.

—¡Quieta!

Clara la observó.

No sentía compasión.

No todavía.

Pero sí veía algo útil: terror real.

—Vanessa —dijo sin apartar los ojos de Logan—. Si quieres salir viva, empieza a hablar.

La rubia respiró agitadamente.

—El testamento... en el maletín... Arthur cambió las cláusulas tres meses antes de morir...

Malcolm le clavó una mirada de odio.

—Cállate.

Vanessa no obedeció.

Quizá porque ya no creía que Malcolm o Logan la salvaran.

Quizá porque al fin comprendió que solo era una aliada temporal en un plan que la devoraría igual.

—Arthur dejó escrito que, si Clara sufría una desaparición sospechosa, Bellmare completo quedaba bloqueado para venta y pasaba a una auditoría criminal.

Clara sintió un vuelco.

Malcolm apretó el arma que llevaba oculta junto al costado, pero Logan fue más rápido al notarlo y lo empujó.

—No la arruines más.

Así que incluso entre ellos había grietas.

Ethan habló con la calma peligrosa de quien ya eligió cuándo golpear.

—Logan, suelta el arma. Malcolm ya no puede protegerte.

Logan sonrió sin humor.

—No necesito que me proteja él. Necesito tiempo.

—¿Para qué?

—Para salir con el disco y el testamento. Después, que el resto se hunda.

Clara dio medio paso adelante.

—¿Tú me tiraste al agua?

Logan la miró fijamente.

No se molestó en fingir.

—Sí. Pero fuiste demasiado terca para morir.

La frase le golpeó el pecho como una piedra.

No por sorpresa.

Por la brutalidad desnuda con que confirmaba el horror.

Vanessa cerró los ojos un segundo, como si incluso ella necesitara distanciarse de esa verdad.

—Yo no ordené eso —murmuró.

Clara la miró.

—No. Solo ordenaste las cadenas.

Vanessa no pudo responder.

Un ruido de sirenas lejanas empezó a acercarse desde la carretera de acceso al sur. La policía marítima y la unidad económica venían ya en camino por orden de Valeria.

Malcolm lo escuchó y perdió la poca compostura que le quedaba.

—¡Nos vamos ahora!

Intentó correr hacia la lancha, pero Ethan hizo un gesto y dos agentes le cerraron el paso. En la tensión del movimiento, Logan arrastró a Vanessa más cerca del borde del muelle y apuntó esta vez directamente a Clara.

—Atrás.

Ethan se detuvo de inmediato.

Clara no.

—Si querías matar un obstáculo —dijo con voz baja—, debiste asegurarte de que yo no supiera nadar.

Algo cambió en la mirada de Logan.

Ira.

Ese pequeño desequilibrio bastó.

Vanessa aprovechó para clavarle el tacón en el empeine. Logan soltó una maldición. Ethan se lanzó, pero Logan consiguió disparar al aire y empujar a Vanessa contra él antes de correr hacia el hangar con el maletín que le había arrebatado a Malcolm en medio del caos.

Malcolm, abandonado, cayó al suelo reducido por los agentes.

Vanessa, jadeando, se agarró a una baranda.

Clara corrió instintivamente hacia el hangar, ignorando el dolor.

—¡Clara! —gritó Ethan.

Demasiado tarde.

Ella ya estaba dentro.

El hangar olía a combustible, cuerda húmeda y metal viejo. Las sombras eran profundas. Al fondo, Logan avanzaba hacia una puerta lateral con el maletín en una mano y la pistola en la otra.

Se giró al oírla.

—Siempre fuiste peor problema viva.

Clara se detuvo a unos metros.

No tenía arma.

Solo su voz.

Y el hecho de que ya no estaba dispuesta a ser arrastrada.

—¿Sabes qué es lo más irónico? —dijo—. Todo esto empezó porque me encadenaron como a un animal. Y ahora eres tú el que corre como una rata con papeles robados.

Logan sonrió, pero la sonrisa estaba rota.

—No entiendes. El testamento no es lo único. En ese maletín está la llave para vaciar Bellmare antes de que se cierre del todo.

La puerta del hangar empezó a abrirse detrás de Clara.

Ethan entraba.

Pero Logan alzó el arma una vez más y dijo algo que dejó a Clara helada:

—Si quieres recuperar lo que es tuyo, tendrás que elegir entre atraparme... o salvar a Ethan.

Antes de que pudiera entender a qué se refería, Logan pulsó un pequeño detonador que llevaba escondido en la manga.

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Y una serie de luces rojas se encendió bajo la estructura del hangar.

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