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Chapter 7 - LA MUJER QUE QUERÍA ENTRAR A MATERNIDADDavid salió de la habitación como un disparo.

Encontró a dos guardias del hospital y a un agente de seguridad privada reteniendo a Margaret en un corredor lateral del área de maternidad. No llevaba la bata de seda verde esta vez, sino un traje beige perfecto y una expresión de indignación aristocrática, como si la ofensa fuera haberla detenido y no haber intentado colarse con un pase falso en la planta donde su nuera embarazada acababa de ser ingresada por estrés.

—Suéltenme —dijo con voz helada—. Solo vine a ver a mi familia.

David se detuvo frente a ella.

—No vuelves a acercarte a Elena.

Margaret lo miró con desprecio cansado.

—Todavía no entiendes nada.

—Entiendo lo suficiente. El token robado. La revisión genética falsa. El borrador de custodia. Los sedantes. La primera pérdida.

Margaret no parpadeó al oír la última frase.

Eso, más que cualquier confesión, heló a David.

—¿Hasta dónde pensabas llegar? —preguntó.

—Hasta donde tú me obligaras.

La respuesta lo dejó inmóvil un segundo.

—Yo.

—Sí —replicó ella—. Siempre fuiste débil cuando se trataba de esa mujer. Tu padre lo era conmigo. Los hombres de esta familia siempre creen que el amor los hace nobles, cuando en realidad los vuelve ciegos.

David dio un paso más.

—¿Drogaste a Elena en su primer embarazo?

Margaret sonrió apenas. No por placer. Por superioridad.

—Haces preguntas demasiado grandes para un pasillo de hospital.

—Respóndeme.

Ella inclinó la cabeza.

—¿Y si la respuesta no cambia nada? ¿Resucitarás al primero? ¿Evitarás que el segundo nazca con una madre incapaz de sostener la presión?

David sintió que algo oscuro quería arrancarle la garganta. Contuvo la mano solo por Elena, por el hospital, por el hijo que aún no nacía.

—Te voy a sacar de cada rincón de mi vida.

Margaret lo estudió con atención, como si por fin viera al hombre que su hijo podía haber sido si ella no lo hubiera educado en obediencia.

—Hazlo —susurró—. Pero no podrás borrar lo que ya empezó.

—¿Qué empezó?

Margaret no respondió.

Miró hacia el final del corredor, donde una enfermera empujaba un carro de medicamentos.

—¿De verdad crees que yo era la única persona con acceso a ella?

David sintió un vacío instantáneo.

Se volvió de inmediato hacia la habitación de Elena.

Corrió.

La encontró bien, pero alterada. Nora estaba junto a la cama. Peter revisaba el pasillo con el personal del hospital.

—¿Qué pasó? —preguntó David.

Elena respiraba rápido.

—Entró una enfermera que yo no había visto antes. Quería ponerme una inyección “para las contracciones”. Nora pidió identificación. La mujer salió diciendo que volvía enseguida… y no regresó.

Peter levantó la vista.

—No existe orden de medicación nueva para ella.

David se quedó helado.

Nora habló con rabia poco habitual en ella:

—Era demasiado joven, demasiado nerviosa y no llevaba insignia correcta. Yo no la dejé acercarse.

El hospital entró en protocolo de seguridad. Una revisión rápida mostró que nadie con ese nombre figuraba en el turno. Alguien había intentado entrar disfrazado.

David volvió a sentir el corredor girando bajo sus pies.

Margaret lo había distraído afuera mientras otra persona intentaba medicar a Elena adentro.

Peter hizo una llamada inmediata a la policía.

Ya no era solo un asunto de familia poderosa, herencia torcida o guerra doméstica.

Era un posible intento de daño directo contra una embarazada hospitalizada.

Más tarde, mientras dos agentes tomaban declaración, Peter recibió un mensaje de una fuente del despacho de Charles Heller.

—Hay un contrato que no habíamos visto —dijo, mostrando la pantalla a David.

Era un borrador de acuerdo de confidencialidad preparado para una mujer llamada Megan Ross. En la nota de asunto se leía:

“Incentivo para intervención temporal en planta médica si M.V. lo solicita.”

David frunció el ceño.

—¿Quién es Megan Ross?

Peter respondió, grave:

—Una exauxiliar de enfermería despedida hace un año por alterar medicación en un centro privado.

Elena cerró los ojos, devastada.

David miró hacia la puerta y comprendió que su madre no solo manipulaba papeles y médicos.

También seguía teniendo gente dispuesta a ensuciarse las manos por dinero.

Y si Margaret aún no había aceptado que había perdido, significaba que todavía estaba intentando ganar la única batalla que le importaba:

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llegar al parto con suficiente poder para separar a Elena del bebé.

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