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Chapter 2 - LAS CÁMARAS QUE CLAIRE CREÍA CONTROLAREvelyn fue llevada a una habitación privada y examinada por el médico de guardia de la familia.

Amelia insistió en quedarse hasta saber que la anciana estaba estable.

Alexander no se lo permitió.

—Primero tu brazo.

—Estoy bien.

—No lo estás.

La condujo a la pequeña sala médica del ala oeste, donde una enfermera aplicó hielo y comprobó que no había fractura. El golpe era fuerte, pero superficial.

Mientras la atendían, Amelia permanecía nerviosa.

Miraba constantemente la puerta.

Alexander lo notó.

—Claire no entrará.

—No es solo Claire.

Aquella respuesta lo hizo fruncir el ceño.

—Entonces empieza desde el principio.

Amelia respiró hondo.

—Hace cuatro meses, su madre empezó a decirme que algunas de sus medicinas tenían sabor diferente.

Alexander levantó la cabeza.

—¿Medicinas?

—Sí. Pensamos que quizá habían cambiado la marca. Pero luego comenzó a dormir demasiado. A confundirse. A olvidar cosas.

—Tiene setenta años.

—Lo sé, señor. Por eso nadie sospechaba.

Alexander se quedó quieto.

—¿Tú sí?

Amelia asintió.

—Una noche encontré una caja de pastillas distinta en el cubo de basura del despacho de la señora Claire. Tenía el mismo color que las de su madre, pero otra dosis.

El aire de la sala pareció enfriarse.

—¿La enfrentaste?

—No. Guardé la caja.

Alexander la miró de inmediato.

—¿Dónde está?

—Escondida.

—¿Dónde?

Amelia dudó.

—No puedo decirlo mientras ella tenga acceso al sistema de seguridad.

Alexander sacó el teléfono.

—Yo soy dueño de la empresa que contrató ese sistema.

Amelia lo miró con una tristeza extraña.

—Entonces debería saber que su contraseña maestra fue cambiada hace tres meses.

Él no dijo nada.

Sacó el móvil.

Abrió la aplicación.

Intentó entrar.

Acceso denegado.

Volvió a intentarlo.

Denegado otra vez.

Alexander se quedó mirando la pantalla.

—¿Quién autorizó esto?

—Claire dijo al personal que usted quería reforzar privacidad.

Él levantó lentamente los ojos.

No recordaba haber dado ninguna orden semejante.

Amelia siguió:

—También cambió las cerraduras del ala de su madre.

—Eso sí lo sabía. Dijo que Evelyn empezaba a entrar en habitaciones equivocadas por la noche.

—No era verdad.

Alexander apretó la mandíbula.

—¿Cómo puedes estar segura?

—Porque la señora Evelyn me pidió ayuda para entrar en su propio despacho después de que la llave dejara de funcionar.

Aquello lo golpeó de una manera distinta.

Su madre había dirigido durante veinte años la fundación familiar. Su despacho era una extensión de su identidad. Claire había logrado convencerlo de que Evelyn necesitaba menos responsabilidades para “descansar”.

Y él lo había aceptado.

No por maldad.

Por comodidad.

Por confianza.

Amelia bajó la voz.

—Hace dos semanas, la señora Evelyn encontró un documento en el escritorio de Claire.

—¿Qué documento?

—Una petición de incapacidad legal.

Alexander quedó inmóvil.

—¿Sobre quién?

Amelia lo miró directamente.

—Sobre su madre.

El silencio se hizo espeso.

Alexander tardó varios segundos en reaccionar.

—Eso no puede presentarse sin evaluación médica.

—Ya había un informe.

—¿Firmado por quién?

Amelia apretó los labios.

—El doctor Malcolm Reed.

Alexander lo conocía demasiado bien.

Médico de la familia desde hacía nueve años.

Amigo de Claire desde antes del matrimonio.

La enfermera terminó de vendar el brazo de Amelia y se retiró discretamente.

Alexander esperó hasta que la puerta se cerró.

—¿Qué más?

Amelia respiró hondo.

—La señora Evelyn creyó que Claire estaba intentando quitarle control sobre la fundación y el fideicomiso. Me pidió que hiciera copias de algunos documentos antes de que desaparecieran.

—¿Las hiciste?

—Sí.

—Necesito verlas.

Amelia dudó otra vez.

—También grabé algo.

La mirada de Alexander cambió.

—¿Qué?

—Una conversación entre Claire y el doctor Reed.

Antes de que pudiera decir más, la puerta se abrió.

Claire apareció.

Ya no llevaba la fregona.

Ya no levantaba la voz.

Sonreía.

—Alexander, tu madre está estable. Creo que todos estamos demasiado alterados. Deberíamos hablar solos.

Él la miró sin responder.

Claire dirigió una mirada breve hacia Amelia.

—Puedes retirarte.

La joven no se movió.

Alexander tampoco.

Claire volvió a hablar:

—Dije que puedes irte.

Alexander la interrumpió.

—Se queda.

La sonrisa de Claire desapareció.

—¿Perdón?

—Amelia se queda.

Luego tomó el teléfono y llamó a su jefe de seguridad.

—Marcus, cambia el sistema completo de cámaras a protocolo de propietario. Ahora.

La voz del otro lado respondió algo.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir con que no puedes?

Pausa.

Su rostro se endureció.

—¿Quién revocó mi autorización?

Claire dejó de respirar normal.

Alexander bajó lentamente el teléfono.

—Mi esposa.

Amelia cerró los ojos un instante.

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Porque por fin él estaba viendo la primera pieza de algo que llevaba meses ocurriendo frente a todos.

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