Chapter 8 - EL VIDEO DE MICHAEL Y LA NOCHE EN QUE TODO CAMBIÓLa pantalla del despacho de invierno emitía una luz azulada y siniestra en la penumbra del cuarto.

Adrian se quedó inmóvil.
Elena, a su lado, sintió el impulso de cerrar la puerta, como si la habitación pudiera estar respirando.
Sobre el escritorio estaba abierta una laptop antigua conectada a un sistema interno de cámaras. El mensaje seguía allí:
“SI ESTÁN VIENDO ESTO, YO TAMBIÉN LOS ESTOY VIENDO.”
No era la voz de Michael.
Era la de Victor.
Adrian se acercó primero y revisó el teclado. Había una carpeta de reproducción automática. Al abrirla encontraron varias cámaras activas de la mansión: el vestíbulo, el corredor de retratos, la escalera oeste... y una imagen fija del invernadero pequeño.
Vacío.
Elena sintió un golpe de pánico.
—Sarah y Nora.
Adrian abrió la puerta y gritó por el pasillo, pero no había respuesta inmediata. Volvió a la pantalla, frenético, y detectó movimiento en otra cámara: el pasillo de servicio del ala este. Dos hombres cargaban algo o a alguien envuelto en una manta.
—Maldita sea.
Iban a correr cuando Elena vio, debajo de la laptop, un disco duro externo medio arrancado del sistema. Lo tomó.
—Espera.
Había un archivo único con fecha de nueve años atrás:
M_Ashcroft_Private_Statement.mp4
Adrian contuvo el aire.
—Ese es.
Elena lo abrió.
La imagen tardó un segundo en aparecer.
Michael Ashcroft, mucho más joven, cabello oscuro y mirada cansada, estaba sentado en aquel mismo despacho de invierno. Detrás se veía la ventana que daba al jardín norte. Hablaba a cámara sin titubear.
—Si esta grabación llega a alguien después de mi muerte, significa que mi padre hizo exactamente lo que temía.
Elena y Adrian se miraron.
Michael continuó:
—Me llamo Michael Ashcroft. Estoy casado con Sarah Collins. Sí, casado. Legalmente. Mi madre, Beatrice, lo sabe y la apoya. Sarah está embarazada de mi hija. Mi padre, Victor Ashcroft, ha descubierto documentos que prueban que no puede usar el fondo de tutela como pretende. Si me ocurre algo, quiero que quede claro que él amenazó con “limpiar” cualquier obstáculo, incluida mi familia.
Adrian se llevó una mano a la boca.
Elena sintió que todo su cuerpo se enfriaba.
Michael seguía:
—También dejo constancia de que he encontrado transferencias ilícitas realizadas por Victor a través de Ashcroft Holdings hacia cuentas vinculadas a Blackmere Realty y dos sociedades instrumentales. Copias de esas pruebas están con mi madre. Y si Sarah o mi hija desaparecen, no fue una decisión suya. Fue él.
El archivo se cortaba abruptamente.
No mostraba una confesión completa de asesinato.
Pero era suficiente.
Más que suficiente.
Adrian apretó el borde del escritorio con rabia helada.
—Con esto se acabó.
Elena ya estaba guardando el disco duro bajo su vestido.
—Si Sarah y Nora siguen en la mansión, esto no se ha acabado todavía.
Un ruido metálico sonó desde el pasillo.
Luego un golpe.
Después, la voz de Nora.
Muy lejos.
Muy pequeña.
—¡Elena!
Ambos salieron corriendo.
Siguieron el sonido hacia la escalera de servicio del ala este. Allí encontraron al médico inconsciente en el suelo, una puerta batiente abierta y la manta gris tirada junto al umbral. No había rastro de Sarah ni de Nora.
Evelyn apareció desde el final del pasillo, llorando.
—Se los llevaron. Apagaron las luces del invernadero y pensé que eran refuerzos de Adrian. Cuando encendí la linterna... ya habían golpeado al doctor.
Adrian maldijo entre dientes.
—¿Viste hacia dónde?
Evelyn asintió, temblando.
—Hacia la capilla privada. La vieja del ala oeste.
Elena lo entendió al instante.
La capilla.
El lugar más aislado de la mansión.
Con acceso por pasillo interior y por el patio cubierto.
Y, sobre todo, con un sótano sellado que casi nadie visitaba.
Victor no huía todavía.
Se estaba reagrupando.
Buscaba un último acto de control.
Adrian miró a Elena.
—Lleva el disco. Si nos separan, no dejes que lo recuperen.
Ella asintió.
Corrieron por el corredor de servicio, atravesaron una galería oscura y llegaron al ala oeste justo cuando el reloj de pared marcaba las once. La música de la recepción ya se había detenido. El silencio de la casa era otro: expectante, tenso, demasiado grande.
La capilla privada estaba iluminada.
Las puertas, abiertas.
Dentro, sobre el pequeño altar familiar, ardían varias velas.
Y en el centro de la nave, con Nora retenida por un hombre de seguridad y Sarah de rodillas contra un banco, estaba Victor Ashcroft.
No parecía derrotado.
Parecía un juez dispuesto a pronunciar sentencia.
Y al ver entrar a Elena, sonrió con una frialdad insoportable.
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—Has llegado a tiempo —dijo—. Ahora decidiremos quién merece de verdad llevar mi apellido.
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